Muchos años después, treinta y siete, recordó a Ignacio Sánchez Mejías cuando lo vio en Santander, en uno de sus penúltimos festejos de alabanza y triunfo antes de la tragedia definitiva. En la escalinata del hotel se despidió para tomar el coche que habría de llevarle a La Coruña: «No olvido que estoy en deuda con vosotros», les dijo a Diego y su esposa. «Cuando concluya esta temporada, os enviaré mi regalo de boda». Germaine y Gerardo se casaron en 1934. Estas fueron las últimas palabras que escucharon antes del abrazo que iba a ser, sin saberlo, el último que recibieron.
Si nuestra memoria no falla, cuando Gerardo Diego ve a Ignacio Sánchez Mejías, transcurre el 5 de agosto de 1934. Se dirige a La Coruña para alternar con Belmonte y Domingo Ortega el 6 de agosto. Hay un intermedio de cuatro días hasta llegar a Huesca el 10 de agosto, y de allí a Manzanares, el día 11. Son los últimos días.
El artículo de Diego reflexionaba sobre la consideración del vocablo penultimidad, que derivaba de penúltima. Recordaba que los filósofos y algunos teólogos habían reflexionado sobre la ultimidad. Se consideraba el inventor de penultimidad. Nombre que había utilizado en uno de sus poemas que había dedicado a Manolete. Y lo había hecho sobre días anteriores a su muerte, o a la muerte misma, en tono elegíaco.
Contaba también, a la luz de su elegía, que siempre es la hora penúltima en España. Pero creía que también en los demás pueblos y naciones. En su caso, como poeta, consideraba que la hora esencial de la poesía de todos los tiempos es la poesía efímera y eterna.
Concluyó con un libro de prosas, que eran poéticas, de Pedro Salinas, Víspera del gozo, como una espera o anuncio del final; como un sábado augurio de fiesta. En definitiva, penultimidad.
Ignacio Sánchez Mejías, dibujo publicado en El Clarín, Valencia, 18-08-1934
Si miramos hacia Agustín de Hipona, san Agustín, no sabemos cuándo moriremos, pero moriremos. En estos días recordamos la prefiguración o premonición de la muerte que tuvieron los amigos de Sánchez Mejías. Y si profundizamos en esta dirección un poco más, sabemos que el tiempo pasa. Que la vida es fugaz.
Creemos que Heidegger decía que la muerte estructura nuestra existencia desde ahora, sabiendo que tu existencia no es infinita. Es el recuerdo de esa premonición o predisposición lo que pudo, treinta y siete años después, provocar en Gerardo Diego la sensación y nombrarla como penultimidad. Tal vez elucubremos en exceso, o no. Tempus fugit.
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Referencias consultadas:
- DIEGO, G.: Obras completas. Tomo V. Penultimidad, artículo escrito en Arriba, 7-02-1971. Edición e introducción de Francisco Javier Díez de Revenga. Alfaguara y herederos de Gerardo Diego. Madrid. 1997. Nota 27-04-2024 y 8-08-2026, Archivo Museo Sánchez Mejías.
- SÁNCHEZ MECA, D.: Historia de la filosofía moderna y contemporánea. Dykinson. Madrid. 2010. «La muerte es una posibilidad de ser que ha de tomar sobre sí en cada caso el ser ahí mismo. Con la muerte es inminente para el ser ahí él mismo en su poder ser más peculiar. Su muerte es la posibilidad del ya no poder ser ahí», según Heidegger, M., El ser y el tiempo.
El nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) fue poeta,
periodista y diplomático. Está considerado uno de los padres de la poesía española
contemporánea por la creación del Modernismo hispánico, influido por la
poesía francesa, sobre todo el parnasianismo y el simbolismo. En su segundo
viaje a España, 1898, concitó la adhesión de jóvenes poetas que buscaban
renovar una poesía poseída de un realismo prosaico. Su estética de brillante
ornamentación, sugestivo orientalismo, variedad métrica y reivindicación de lo
hispánico fue muy apreciada por sus seguidores, que consolidaron Azul
(1888) y Prosas Profanas y otros poemas (1896), destacando Juan Ramón Jiménez,
los hermanos Machado, Valle-Inclán y Emilio Carrere. En las
siguientes generaciones mantuvo su influencia al iniciar en la poesía a grandes
poetas como Salinas, García Lorca o José Hierro.
Juan Ramón
Jiménez decía en 1952 que el modernismo fue una tendencia general que alcanzó
todo, que venía de Alemania por un movimiento reformador de curas llamados
modernistas. Para el poeta de Moguer, el modernismo era una actitud que se
reencontraba con la belleza que había sido sepultada en el siglo XIX por el
tono general de la poesía burguesa. Era un movimiento de entusiasmo y libertad
hacia la belleza.
Como
indicaba Juan Ramón, al modernismo lo definían la libertad y la originalidad.
No había cánones fijos y sí un espíritu regenerador. Sus fuentes eran eclécticas:
Hojas de hierba (1855) de Whitman como poema épico y cívico; el aire
misterioso de El cuervo de Poe; la perfección formal y la serena objetividad
del Parnasianismo francés; la interpretación del mundo del Simbolismo; el
ataque a la ética burguesa, o la evasión de la realidad circundante.
Sus límites
cronológicos no son claros. Hay quien lo sitúa entre la publicación de Azul,
1888, y la muerte de Darío, 1916. Juan Ramón habla de un siglo modernista.
Otros, dicen que la primera mitad del siglo XX fue modernista. En un primer momento, se llegó a hablar de la antinomia existente entre el modernismo y la
generación del 98, pero desde un ensayo de Ferreres, 1974, se entendió que,
aunque cada escritor seguía un derrotero estilístico distinto, todos ellos se
preocupaban de la hondura, fantasía, decadentismo y musicalidad de su creación.
Su esplendor, es cierto, se enmarca por las dos fechas citadas, 1888 y 1916, de Azul
al giro intimista de Cantos de vida y esperanza.
La estética
modernista se define por su cualidad individual, su sincretismo que conserva a
veces lo tradicional, pero se abre a las corrientes universales, como bien
señalaba Juan Valera en su carta prólogo de la segunda edición, 1890, de Azul
de Darío. Busca, asimismo, formas literarias renovadas, ávidas de mundos
nuevos, con novedosos medios, y se recrea en la imagen de poeta maldito y
decadente.
Los rasgos
definitorios modernistas serían el esmero en la elaboración de la forma; la
búsqueda de nuevos metros, o su renovación, que permiten al poeta mayor
libertad creadora, y generalizadora del uso de sinestesias; el amor a la elegancia
y guerra al prosaísmo de léxico y de intención; el exotismo en el paisaje,
remarcado aún más con la revitalización del indigenismo en Hispanoamérica; y la
recuperación de los mitos clásicos, que, en Rubén Darío serían Venus, el
centauro y el cisne como signos de la belleza absoluta, la mezcla del hombre
bestia con la sabiduría y la pureza del ave.
Rubén
Darío tuvo una existencia, 1867-19126, marcada entre su seguridad creadora
y su inseguridad existencial. Inseguridad debida a la embriaguez sensual y alcohólica
que le caracterizó. Sergio Ramírez[i]
lo describe al final de su carrera en decadencia.
La poesía
fue su forma de expresión desde su juventud. Expresión de la que fue
consciente, omnisciente, que envolvió de nutridas lecturas, que dignificaron la
labor de poeta. Mentor de sus contemporáneos españoles, aceptando su lugar como
maestro de la lira, en búsqueda de la belleza, como absoluto.
El periodismo
le sirvió de sustento alimenticio desde los catorce años. La colaboración en La
Nación de Buenos Aires le ayudó a vivir más allá de sus avatares literarios
y diplomáticos.
Por el
contrario, la inestabilidad de su existencia está marcada por la pronta muerte
de su mujer, Rafaela Contreras, y sus tormentosas relaciones siguientes que le
hicieron abandonar Nicaragua. Su vida bohemia se controló, en cierto modo, con
la relación con la abulense Francisca Sánchez, en 1899. Su vida es reflejo de un
hombre de varias patrias y constantes viajes entre los dos mundos atlánticos.
De su obra
vamos a destacar Azul, de 1888. Presenta dos partes claramente
diferenciadas: Cuentos, en prosa; y El Año lírico, en verso, con otros poemas
añadidos, destacando sus Sonetos y sus Medallones, de la segunda edición. Desde
Valera, la crítica subraya su valor como prosista, la riqueza de sus ideas, el
intento de crear una literatura cosmopolita, el ser un renovador, las formas
afrancesadas, su elegancia versallesca, el gusto por los elementos irreales y
fantásticos, y, del mismo modo, la predilección por el mundo oriental.
En El Año
lírico presenta cuatro formas o visiones poéticas, correspondientes a las
estaciones del año, definidas por estados o grados amorosos. Inicia el tema
amoroso, en su vertiente erótica, que será principal en Prosas profanas.
En Azul comienza la renovación métrica, llegando a los alejandrinos o a su
soneto en versos de diecisiete sílabas, Venus.[ii]
En la
década de 1960, Gerardo Diego escribió un artículo en Cuadernos Hispanoamericanos
titulado Ritmo y espíritu en Rubén Darío[iii].
Cuenta su rezumante, su jugosa sensualidad. Y habla de sus contradicciones: sus
pasiones eróticas, sensuales, los demonios azulencos del alcohol…, con su carácter
libertador al aceptar la miseria y la derrota en la lucha cotidiana. Diego se
deja llevar por la riqueza del lenguaje de Darío y utiliza azulenco, por
azulado, y lo califica de liróforo, poeta.
E incide en
la singularidad del soneto Venus. Para su época, desconcertante. Muchos
no admitían su armonía. Sus 17 versos, divididos en hemistiquios desiguales. La
combinación silábica y acentual, además, la califica de rara. El último verso: “Venus,
desde el abismo, me miraba con triste mirar”, salta por encima de los
versos del centro y enlaza con los tres primeros, en especial el tercero: “En
el oscuro cielo, Venus bella temblando lucía…”. Darío siente sumida a Venus, en
la hondonada del abismo…, según Gerardo Diego. El soneto Venus es este:
“En la tranquila noche, mis
nostalgias amargas sufría.
En busca de quietud bajé al
fresco y callado jardín.
En el obscuro cielo Venus
bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un
dorado y divino jazmín.
A mi alma enamorada, una
reina oriental parecía,
que esperaba a su amante,
bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la
profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa,
recostada sobre un palanquín.
"¡Oh, reina rubial! - díjele-,
mi alma quiere dejar su crisálida
Y volar hacia ti, y tus
labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que
derrama en tu frente luz pálida,
y en siderales éxtasis no
dejarte un momento de amar".
El aire de la noche
refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me
miraba con triste mirar.”
El soneto
aparecerá en la segunda edición de Azul. Pedro Salinas, en 1948, advierte de su
naturaleza dual, lucha entre tendencias contrapuestas. La Venus del Amor tiene
un triste mirar, un final trágico. Es un poema complejo, de naturaleza en cierta
manera misteriosa, intuida desde el principio por la crítica, donde se mezclan la
Venus-hetaira, que se remonta hasta el medievo; el tópico de la amada muerta,
muy del romanticismo europeo; y el lugar común del abismo, también originado en
el mundo romántico.
Es un metro moderno, precursor de la vanguardia, en lo que
concierne a su simultaneidad entre las distintas visiones, entre la armonía y
la disonancia[iv].
[i]RAMÍREZ, S.: Margarita,
está linda la mar. 1998. Alfaguara. Madrid. ISBN:
84-204-8381-8.
[ii]LLORENTE, A. y NEIRA, J. Doce
escritores contemporáneos. 2021. UNED. Madrid. ISBN: 978-84-362-7194-2.
[iii]DIEGO, G.: Ritmo y
espíritu en Rubén Darío, en Cuadernos Hispanoamericanos, n.º
212-213. En Obras completas, tomo VII. 2000. Alfaguara. Madrid. Edición de José
Luis Bernal. ISBN: 84-204-4214-3. ARCHIVO MUSEO SÁNCHEZ MEJÍAS. Reseña
20-02-2024.
[iv]COELLO, E.: Algo más
sobre el soneto “Venus” de Rubén Darío, en Centroamericana 32.2, Revista
semestral de la cátedra de la lengua y literatura hispanoamericanas. Università
Cattolica del Sacro Cuore. 2022. Milano-Italia. ISSN: 2035-1496.
¿Dónde está el origen
de las cosas nuevas? ¿Dónde está la primavera del mundo? El momento de los prados
nuevos, el tiempo en que todo fue dichoso porque nada había y todo surgió.
García Márquez
contaba en Cien años de soledad (1967) que, al principio, “El mundo era tan reciente, que muchas cosas
carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.
Puede que incluso no conociera un idioma en el que pronunciar dichas
cosas porque no tenía con quien comunicarse. Piense en los humanos que cruzaron
el estrecho de Bering durante la última glaciación ocupando la tierra que luego
llamamos América, piense en las especies animales que encontraron, que habían vivido
aisladas de los humanos. Lo fácil que fue vivir de su caza, que no hizo necesario
el desarrollo de la ganadería hasta que llegaron los castellanos a finales del
siglo XV, porque los animales no tenían miedo o prevención a estos nuevos seres
venidos del hielo. Eran pocos humanos y llegaron a una tierra feraz poco
ocupada donde solo fue necesario que surgiera la agricultura.
Pedro Salinas, sí, Pedro Salinas, contó en La voz a ti debida
(1933) la previa de ese origen:
“¡Qué gran
víspera del mundo!
No había nada hecho.
Ni materia, ni números,
Ni astros, ni siglos, nada.
El carbón no era negro
Ni la rosa era tierna.
Nada era nada, aún”
La voz a ti debida debía su nombre a un verso de la Égloga III
de Garcilaso de la Vega, el cual reflejaba con sentido diferente la expresión
del amor perdurable incluso cuando se tuviese la lengua muerta y fría en la
boca.
Salinas, vivo, reivindicaba la propiedad del pasado para los nuevos
enamorados, como si fueran los primeros, aunque ya hubiesen existido otros, que
hubieran sido propietarios de ese pasado; y podrían cambiarle el nombre:
No, el pasado
era nuestro:
No tenía ni nombre.
Podríamos llamarlo
a nuestro gusto: estrella,
colibrí, teorema,
en vez de así, “pasado”;
No todo fue bello y nemoroso. La búsqueda del Paraíso y su existencia
tuvo vida, muerte y sueño. Fue un proceso de siglos que Rafael Alberti recuerda,
partiendo de Milton, en Sobre los ángeles (1927-1928):
A
través de los siglos,
por la nada del mundo,
yo, sin sueño, buscándote.
Tras de mí, imperceptible,
sin rozarme los hombros,
mi ángel muerto, vigía.
"¿Adónde el Paraíso,
sombra, tú que has estado?"
La sombra ¿persigue? al humano cuando su ángel, si muerto, llegó a
conocer el Paraíso que perdió y sigue buscando. Ese ángel o primer actor creador
estuvo en ese primer instante. Milton cuenta en Paraíso perdido (1667) que:
“Estabas
presente en el primer instante; desplegando como una paloma tus poderosas alas,
cubriste el inmenso abismo y lo hiciste fecundo.”
Los ángeles vivos, y los muertos, luego sombras, asistieron al momento
de la fecundidad y la desaparición del abismo. Calderón de la Barca evoca la
Sombra como compañera del Príncipe de las tinieblas en el auto sacramental La
vida es sueño (hacia 1673) porque había sido privada de acompañar a la Luz:
“Mira si con causa aquí
místicos sentidos dan
a mis rencores disculpa;
pues la Luz, por mi desgracia,
será imagen de la gracia
y la Sombra, de la culpa.”
Y esto fue posible con la aparición del hombre en la Tierra, y luego en
el Nuevo Mundo, donde todo estaba por estrenar y nombrar. El lugar donde
vivieron aislados de las enfermedades que más tarde les diezmaron, y que, para
crear defensas a los más antiguos habitantes, también habían mortificado en tiempos
pasados, que no eran propiedad de nadie.
Y porque en realidad todos los días se nace y se crea algo nuevo, desde el
primer instante o momento, desde la creación del mundo como relata Calderón de
la Barca, sí, Calderón de la Barca otra vez, en El Gran Teatro del Mundo:
“Tú, que siempre diverso,
la fábrica feliz del universo,
eres, primer prodigio sin segundo,
y por llamarte de una vez, tú el Mundo,
que naces como el Fénix”
O
con las creaciones humanas, artísticas o industriales, aunque no nos crean.
Muchas veces pensamos, creamos y vivimos situaciones que difícilmente nacen o
son creadas o creíbles. Se cuenta y se puede leer en las Obras Completas
de Gerardo Diego la risa que causó entre sus amigos madrileños cuando FedericoGarcía Lorca contó que Diego estaba preparando las revistas Carmen y Lola hacia 1926-27. La memoria de Diego no era precisa y señalaba que el nacimiento
del mundo o de sus obras necesitaba de un parto o pensamiento.
Según Gerardo Diego, a la hora del té o de
las copas, Federico, que tenía fama de divulgar historias fabulosas que luego
se demostraban como realidad, dijo:
“- ¿Sabéis que Gerardo va a publicar una,
mejor dicho, dos revistas? La una se va a llamar Carmen y la otra Lola.
- ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!”
La verdad, relata Diego, era que las
revistas estaban pensadas con seguridad en 1927, en la primavera del mundo de
ese año, y el primer número nació a finales de ese año con un papel rosa.
La paradoja
de esta historia es que las revistas fueron nombradas antes de nacer durante el
té o las copas de unos jóvenes poetas que crearon un nuevo mundo de las letras,
la generación del 27.
Para saber más:
-Las Obras Completas de
Gerardo Diego tienen ocho tomos. Están editadas por Alfaguara, Madrid, en el
año 2000 con introducción y edición de José Luis Bernal. Se leyó el 6 de Julio de
2023 en el Archivo Museo Ignacio Sánchez Mejías, de Manzanares. El
artículo de Gerardo Diego rememora cómo se nombraron sus revistas. Aparece en
el tomo IV, páginas 431-432. Originalmente fue publicado el 26 de septiembre de
1976 en el diario Arriba.
Archivo Museo Ignacio Sánchez Mejías
-El título de esta entrada aparece en el
prólogo de Fábulas mitológicas en España, de José María de Cossío. El libro
esta dedicado a Gerardo Diego y el prólogo está escrito por Dámaso Alonso. La obra
es de 1952, editada por Espasa-Calpe, aunque no fue lectura nueva hasta que se pudo ver o nombrar el 7 de julio de 2023.
Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 1985. FPA
En
latín rarus significa algo extraño o
poco frecuente. En castellano, raro, tiene más significados. Uno nos dice que
raro es algo poco frecuente o extraordinario. Otro, define raro como insigne,
sobresaliente o excelente en su línea. Ramón Carande escribió un libro sobre personas sobresalientes que tituló Galería de raros atribuidos a Regino Escaro de Nogal.
Ramón Carande Thovar recibió el premio príncipe
de Asturias de Ciencias Sociales en 1985, un año antes de fallecer, cuando su
sabiduría extraordinaria era reconocida como algo poco frecuente y alejado de lo
vanidoso de la fama. Era un recurso habitual de cualquier profesor
universitario de Historia de la economía, del derecho o de la Administración
comenzar su enseñanza con “como decía Ramón Carande en Carlos V y sus banqueros…”, como
argumento de autoridad real sobre la materia. Gustavo Villapalos, quien fue
rector de la Universidad Complutense y consejero de educación madrileño con Ruiz Gallardón lo citaba asiduamente. En ese mismo año, 1985, el vicepresidente del
gobierno Alfonso Guerra, le había hecho entrega del título de cartero
honorario. Los dos premios honraron una trayectoria universitaria ejemplar que
se caracterizaba por un singular espíritu
humanista y una plena entrega a la investigación rigurosa, en palabras del
jurado del premio Príncipe de Asturias.
Cartero honorario 1985. Archivo Efe
En su prolongada vida, fue discípulo de
Giner de los Ríos y convivió en la Residencia de Estudiantes en la época de la
calle Fortuny. Entre la variada correspondencia que mantuvo a través de los
años, el contacto con Alberto Jiménez Fraud, director de la Residencia hasta
acabada la guerra civil, se reinició en los años sesenta con motivo de la
despedida de Carande de la universidad y con el añadido del cincuentenario de
la Residencia de Estudiantes. El historiador envió a Natalia Cossío[1]
y Alberto Jiménez Fraud, exiliados en Londres, una carta el 5 de mayo de 1960 con
estas palabras de admiración por un estudio que el segundo había hecho sobre
Maquiavelo. Lo consideraba un trozo de historia por lo que dice del pasado y
por lo que permite adivinar del presente. Y a continuación, escribía la siguiente
reflexión sobre lo que la historia enseña:
“Es
reconfortante para la doliente humanidad, tan reacia a aprender lo que la
historia enseña, encontrar en buenas plumas réplicas discretas de lo que fue
tan festejado, aunque por desgracia sea tan difícil desarraigarlo, porque si
malo fue aquello en manos de intérpretes inteligentes, lo que ha venido después
es insoportable, tendremos que soportarlo con resignación…”[2]´
Según el epistolario editado por su hijo,
Bernardo Víctor Carande, respondió igualmente, con tanta dedicación como
sabiduría, a la carta de una hispanista norteamericana, Jean Cross Newman, que
le preguntaba sobre Pedro Salinas, fallecido en 1951.
Había sido rector de la Universidad de Sevilla cuando
Salinas era profesor. La hispanista quería obtener varias respuestas sobre la
correspondencia de Salinas con Luis Cernuda o Romero Murube, sobre la estancia
del poeta en Inglaterra, o de la siguiente en Sevilla. Además, la forma por la que ganó
la oposición en la universidad; la asistencia a las típicas tertulias
literarias del primer tercio del siglo XX; su vida familiar con su mujer e
hijos; su visión de la enseñanza, su participación en cursos de verano o
estancias en Burgos, su mudanza a Madrid; y otros temas, como su ausencia en
las celebraciones del tercer centenario de Góngora en Sevilla en diciembre de 1927
o sí había tenido amistad con Ignacio Sánchez Mejías. Por cierto, hasta el ocho de enero de 2023 hay una interesante exposición sobre distintas ediciones de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Lorca en su Archivo Museo.
Ediciones de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Foto: BMRE
Quería, en definitiva, saber cómo era como persona, en las
distancias cortas, en sus fotos, en su amistad, en su relación. Sus méritos y
sus premios.
La relación de Salinas y Carande había
sido continua entre 1918 y la caída de la República. No guardaba correspondencia
con él por los avatares de la guerra civil donde había sido perseguido por leales
y rebeldes, en palabras de Carande. Le informó de las personas que podrían
tener correspondencia con Salinas como la familia del pedagogo manchego José Castillejo, que había fallecido en Londres y colaboraba en la BBC durante su exilio.
En 1974, y no habiendo sido poeta ni
participante en los actos del Ateneo de Sevilla, Carande le dijo a Jean Cross
que él no podía aclarar las relaciones entre Pedro Salinas e Ignacio SánchezMejías. Ni podía aclarar sobre el centenario de Góngora, ni sí Juan Ramón Jiménez interpuso
alguna influencia, que dudaba, y tampoco creía que Salinas jugase lo que
denominaba emboscada, ni ocultara las causas deliberadas o fortuitas, de su
ausencia. Le recomendaba establecer contacto con José Bergamín, que pasaba temporadas
en Madrid, aunque desconocía su dirección. Sabía, eso si, que Salinas no se vanagloriaba
de los premios que le otorgaban ni de los trabajos excepcionales que había
realizado como traductor de Proust, entre otros autores.
Finalmente, Carande expuso a la investigadora
que el carácter de Salinas, su humor se había moldeado entre Sevilla y Madrid
con lo que sería difícil la vida, su vida, durante el exilio al no poder hablar
con españoles y practicar la ironía y las creaciones o juegos de palabras al que
era aficionado. Por el contrario, en la intimidad lo apreciaba indefenso e
indeciso. Y tenía una especie de manía, comprar medicamentos con envoltorios
aparentes.
Salinas, sobre todo, era uno de los grandes
poetas de la generación del 27, que escribía poemas como el comienzo de Hallazgo
de “Fábula y signo”, 1931:
[2]JIMÉNEZ FRAUD, A.: Epistolario I, II, III. Fundación Unicaja y
Residencia de Estudiantes. Madrid. 2018. Consultado en sala biblioteca ArchivoMuseo Ignacio Sánchez Mejías, 15-11-2022.