Cultura y sociedad

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Sobre "El collar de la paloma"

 



      Introducción.
     Según una convención tradicional, se consideraba que la llamada Generación del 27 bebía de tres grandes tradiciones: Góngora, el romancero y las vanguardias. Con la publicación y edición de Emilio García Gómez (1905-1995) de Poemas arábigoandaluces, 1930, los jóvenes poetas descubrieron que la poesía moderna también debía mirar a la Córdoba, Sevilla o Granada del siglo XI. No debemos ni queremos olvidar las ghazal y qasida (gacela y casida) que nombran las composiciones de Diván de Tamarit de García Lorca o el uso de palabras de origen andalusí en Rafael Alberti

     A las tres convenciones tradicionales, Góngora —nosotros incluiríamos todo el Siglo de Oro—, el romancero y las vanguardias, se unirían los poemas de origen arábigoandaluz. Pero, aún más, toda esta eclosión cultural no sería posible sin otra vía principal más: el camino que abre la Institución Libre de Enseñanza y la creación de instituciones como la Residencia de Estudiantes, la Residencia de Señoritas y la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, o el Centro de Estudios Históricos.

     Nudo.

     Veintidós años después, otra edición y publicación de Emilio García Gómez con prólogo de José Ortega y Gasset resucitó una obra maravillosa de la cultura española: El collar de la paloma, sobre el amor en los tiempos de la caída del califato omeya, escrito en 1022 en Játiva (Xàtiva) por Ibn Hazm, entre la fitna y el surgimiento de los reinos de taifas


Ibn Hazm. Córdoba. Wikipedia

   

      Nada más publicarse El collar de la paloma en 1952, Gerardo Diego escribió sobre la edición y traducción de esta obra, destacando la fortaleza de la poesía española/castellana: desde la aportación latina de Lucano y Marcial, la difusión del castellano en el continente americano, el judeoespañol de la diáspora sefardí, y hasta el hebreo y árabe que se habló en la península. En su época de estudiante aprendió la importancia de El collar de la paloma de Ibn Hazm de Córdoba de forma incompleta. Por ello, la aparición en castellano por obra de Emilio García Gómez se elogia en su traducción y erudición. Y alaba a su vez el prólogo de José Ortega y Gasset. 

     Nos ha llamado la atención que señale Diego el prólogo de Ortega porque hace referencia al sentido del amor en la Córdoba andalusí, el cual enlaza el poeta con el Estudio sobre el amor del filósofo, considerando este prólogo como un capítulo adicional a su obra de 1941. Y, además, porque en el obituario que escribe Diego sobre la muerte de Ortega, recuerda otra vez su obra sobre el amor. 

     Diego disecciona la obra, señalando la profunda introducción de García Gómez. Una vida de aventura la de Ibn Hazm, que da paso a la consideración de la obra como una especie de Vita Nuova dantesca. Un análisis psicológico de las variedades del amor o del loco amor que diría Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. El poeta cordobés narra, analiza, moraliza e ilustra con composiciones poéticas que recuerdan al Ars Amandi, hoy más edificante que escandaloso, que nos evoca la vida íntima de las callejas estrechas de Córdoba.

     Cuando Ibn Hazm habla de la separación, no la circunscribe únicamente a la separación de los amantes, sino que se amplía al destierro de la ciudad, porque para una cultura urbana como fue la andalusí, el alejamiento de Granada, Córdoba o Almería era como la pérdida de una novia a la que se requebraba, adoraba y pensaba/deseaba compartir hasta el último instante de la vida. Veamos aquí los versos del capítulo XXIV, Sobre la separación:

     ¡Ojalá volviese hoy a ver el cuervo! (El cuervo en poesía árabe es presagio de separación entre amantes)
     Tal vez apartaría de mí vuestro apartamiento, que ya se prolonga.
     Así dije: pero la noche dejó caer su velo,
     jurando que no acabaría y lo ha cumplido.
     El lucero se quedó atónito en el horizonte celeste.
     No caminaba ni, a causa de su perplejidad, se movía.
     Pensarías que era alguien que había errado el camino, o un tímido azorado,
     o un sospechoso amenazado, o un extenuado amante. 

         En el prólogo hay una frase de Ortega y Gasset que dice que nadie puede tener las mismas ideas que otro si, de verdad, tiene ideas. Y así nos vamos a la interpretación del significado de collar que Diego también destaca, porque collar (tawq) haría referencia al cuello de la paloma y los colores de sus finas plumas, como cambiantes son los matices del deseo amoroso que nos muestra Ibn Hazm.

     Ortega nos dice que la intimidad humana es fabulosamente rica en su flora y en su fauna, pero, a fuer de intimidad, no puede de suyo manifestarse, sino que está para ello atenida a los gestos y actos corporales.

     Se plantea Ortega si el concepto de amor del siglo XI se puede comparar con el contemporáneo. Para el filósofo tenía un concepto distinto. En 1955, en España se entendía el amor como la relación entre un hombre y una mujer. Para Ortega, siguiendo a García Gómez, el amor en este libro es indiferente a las diferencias sexuales. Tampoco cree que sea similar al ideado por Platón, porque en Platón el amor no es indiferente a los sexos, sino que tiene su sentido primario en el amor de hombre a hombre. Según Ortega, el amor es una institución, invento y disciplina humanas, no un primo de la digestión o de la hiperclorhidria.


Melchor Fernández Almagro, Los poetas de Málaga, Gaceta Literaria. Recepción de la poesía andalusí.


     García Gómez, siguiendo a Américo Castro, ve huellas de El collar de la paloma en la literatura hispano-cristiana del siglo XIV, en forma más o menos oral, pero también escrita; que hay textos que son traducción de esta obra; y que el libro de amor, de estilo oriental, fue desconocido en Grecia y Roma y su aparición en la Edad Media es eco de Ibn Hazm y obras similares. Incidía especialmente en el Arcipreste de Hita, comparando páginas de El libro del buen amor con El collar de la paloma. García Gómez, con otros arabistas, había defendido la influencia de Ibn Hazm en la literatura cristiana hispana del siglo XIV. Castro compara páginas de estas dos obras que acabamos de citar, estableciendo similitudes, pero García Gómez piensa que son obras, en definitiva, distintas, así como el carácter y la vida de sus autores. De todas formas, El libro del buen amor de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, no puede entenderse sin los supuestos andalusíes anteriores.

     Veamos ahora los versos del capítulo XV de El collar de la paloma, titulado Sobre la contradicción:

      Cuando logre que mi alma alcance sus deseos
de esa gacela que no cesa de atormentarme,
tanto me dará su aversión como su sumisión,
e igual será para mí su cólera que su contento. 

     Ortega y Gasset había escrito en 1941 Estudios sobre el amor, donde analiza el fenómeno amoroso más allá de su aspecto sentimental: Amamos cuando vemos en otro un valor singular que nos atrae y nos hace proyectar posibilidades de vida en común... El amor no es ciego: él selecciona, distingue e ilumina aspectos de la persona amada que para otros pueden pasar desapercibidos.

     La edición de García Gómez está repartida en treinta capítulos: Los diez primeros, sobre los fundamentos del amor; doce segundos, sobre los accidentes del amor y sus cualidades apreciables y despreciables; los seis terceros, sobre las malaventuras que sobrevienen en el amor; y dos capítulos finales cierran y tratan sobre la fealdad del pecado y las excelencias de la castidad.

     Destacamos aquí unos versos que demuestran la categoría de Ibn Hazm para mezclar cinco elementos en el capítulo II, Señales del amor:

     Me quedé con ella a solas, sin más tercero que el vino,
mientras el ala de la tiniebla nocturna se abría suavemente.
     Era una muchacha sin cuya vecindad perdería la vida.
     ¡Ay de ti! ¿Es que es pecado este anhelo de vivir?
     Yo, ella, la copa, el vino blanco y la oscuridad
parecíamos tierra, lluvia, perla, oro y azabache.

     Desenlace.

     Hemos citado a un gran arabista, Emilio García Gómez, por su influencia en la recepción de la cultura andalusí en los poetas de vanguardia. Nombramos a un gran filósofo, José Ortega y Gasset, que promovió grandes empresas culturales desde la Revista de Occidente y El Sol que incidieron en el arte y las letras. Y terminamos con dos grandes poetas: Ibn Hazm, autor de El collar de la paloma, que habla del amor medieval en el siglo XI, cuando la decadencia del califato, y precedente de la adaptación aristotélica que harán Averroes en el siglo XII y el tomismo en el siglo XIII. 

     El segundo poeta, Gerardo Diego, era también prosista, como Ibn Hazm. Diego contaba que entre los proyectos culturales más impresionantes que conocía estaba la enciclopedia que su amigo José María de Cossío había emprendido sobre los toros. En 1975, en las páginas de Arriba escribió que la idea de la empresa había sido de José Ortega y Gasset, que consiguió embarcar a Cossío en el acometimiento y despliegue enciclopédico, ayudado por colaboradores especialistas o discípulos. 

    Y aunque no participó Ortega en los actos que se preparaban en diciembre de 1927 por el centenario de Góngora —Revista de Occidente iba a publicar una serie sobre el poeta cordobés, serie interrumpida por el recelo de algunos colaboradores comprometidos—, sí se publicó el estudio de Dámaso Alonso sobre Las soledades, que marcó un hito en la historia de la crítica poética.




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     Referencias:

     - IBN HAZM: El collar de la paloma. Edición e introducción de Emilio García Gómez, prólogo de José Ortega y Gasset. Alianza Editorial. Madrid. 1952-1989.

     - DIEGO, G.: Obras completas. Tomo IV, VI y VIII. Edición e introducción de José Luis Bernal. Alfaguara. Madrid. 2000. Nota 19 y 20-6-26 del artículo de 27-07-1952: El collar de la paloma; Ortega y Gasset; y El otro, de Gerardo Diego en Archivo Museo Sánchez Mejías.

     - ORTEGA Y GASSET, J.: Estudios sobre el amor. Versión Kindle. 



19 de junio de 2026 11:09 Actualizado 20-06-26 20:52

Cuando todavía eramos débiles

    
      -...Porque cuando todavía eramos débiles, Cristo, a su tiempo, murió por los impíos...

      El sacerdote inició el responso a la entrada del cementerio municipal. Asistían tres familiares, separados, con la boca y las manos tapadas, ocultas, huyendo del aire infecto, del miedo infecto, del pavor sin fin. No pudieron entrar en el cementerio hasta el momento que la funeraria llevó el féretro. El trámite sería rápido. Si era creyente, se esperaba un rato más hasta la llegada del religioso que rezara el responso. Ella, la muerta, condenada a muerte en su vejez por covid19, hubiese querido un oficio fúnebre muy religioso, como ella. Sus familiares hubiesen respetado sus convicciones. Un entierro largo, cantando por sus monjitas, con el sonsonete melodioso del último trance.

      -...pero Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros...

      Uno de los familiares le preguntó al sacerdote qué texto sagrado estaba leyendo. Le dijo que Romanos, la epístola de San Pablo. El apóstol que había abrazado el cristianismo tras su caída del caballo. Él, que se estaba cayendo del caballo diariamente, bruscamente, incrédulo, él.

     -...porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, seremos salvos en su vida1...

      Los níveos y ocultos sepultureros del cementerio hablaban, mientras esperaban la llegada del féretro, de sus problemas, de su olvido, de lo poco que se estima el trabajo que hacen, sepultados por el pico, la curva y la meseta de los contagios, por la falta de medios y medidas, por el escaso peso de los que pesan y miden, por el retraso, por el fárrago y el piélago abrumador de noticias solapadas para que cueste llegar a su labor mortuoria, que certifique esa otra cuenta de la que no quieren hablar, la de los muertos, la de su respeto, la de su honor, la del recuerdo, la de su despedida...
      No, no se quiere ver el abandono en que se depositan los restos humanos en un campo municipal. Los familiares estaban impresionados por el momento, por la circunstancia, por los ropajes de protección de los enterradores, de blanco leviatán, con máscaras trompadas para protegerse de cualquier posible emanación de la descomposición y podredumbre de los fallecidos, y de nuestra propia podredumbre, de nuestro propio temor. El miedo a nuestro propio virus, el miedo a la incomprensión, el miedo a perder toda seguridad.

      -...Porque ninguno de nosotros para sí mismo vive y ninguno para sí mismo muere...

      En menos de veinticuatro horas se lleva a cabo el enterramiento como medida sanitaria. Cuando los familiares llegaron al hospital ya estaba introducida en un saco negro, fúnebre, en una sala cerrada, hermética y sola. Sellada en su barca final. Hasta que no llegó el trabajador de la funeraria, no se abrió el mortuorio hospitalario. Llovía y los familiares esperaban a rellenar el papeleo de la muerte, que atracase un Caronte moderno bajo el agua purificadora, lluvia que parecía limpiar toda mácula del aire, toda polución ambiental que emanaba de la entrada del hospital que se abría en contadas ocasiones cuando llegaba algún enfermo urgente con miedo a que le atendieran superior al dolor que traía tras tropezar haciendo carreras en el salón de su casa durante el confinamiento. Todo era penoso. Salió un sanitario cubierto de blanco leviatán...


      -...En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos. Que por esto murió Cristo y resucitó, para dominar sobre muertos y vivos2...

      El trayecto hasta el hospital recorría un paisaje apocalíptico, desolador, vacío. Las calles habían crecido sin nadie y estaban ocupadas por la ponzoña del virus, por la imprevista manifiesta, por los espectros residuales de hombres, mujeres y niños que habían dejado su reflejo en el aire, en las pisadas, en sus exhalaciones convertidas en nubes, en los rayos de sol reflejados. Era la desesperación por un rápido contagio, por un veloz empeoramiento, por la noticia del conocido enfermado, por aquellos a los que no se podía ayudar. Inermes, indefensos, clamantes.

      -...Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos en Él3...

      Nada más terminar el responso se trasladó el féretro a su tumba, preparada para ser sepultada en cemento y ladrillos, tapada rápidamente con la losa de su lápida, el granito de su roca final que aplastara el recuerdo y el drama existente. Los sepultureros tal vez querían aplausos. O solo reconocimiento.
      Los familiares, personas libres en el cementerio, volvieron al confinamiento domiciliario. Recordaban el comienzo del poema de Dámaso Alonso: “Si vais por la carrera del arrabal, apartaos, no os inficione mi pestilencia4”. Habían olvidado el amor entre los humanos porque no sabían quiénes eran los pestilentes. Y volvían a su cárcel personal por su propio miedo a lo desconocido.
      La clausura propiciaba un mundo irreal, paralelo y similar a la perspectiva que se vive en “La invención de Morel” de Adolfo Bioy Casares donde la soledad, los recuerdos o las querencias se entrecruzan. Ideas, pensamientos, ideas. Uno de los familiares comentó que Ortega y Gasset prologó la edición de Emilio García Gómez de “El collar de la paloma” del cordobés Ibn Hazm (994-1063), donde decía que 'la cara es el hontanar donde brota el amor como tal5'. Ahora, por ir tapados, no había tal. 


 
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1Romanos, 5, 5-10
2Romanos, 14, 7-9.
3Romanos, 6, 8.
4ALONSO, D.: Hijos de la ira. Poema 'De profundis'. Austral. Madrid. 1983. Página 143-144. Poemario publicado en 1944.
5IBN HAZM: El collar de la paloma. Alianza Editorial. Madrid. 1989. Edición de Emilio García Gómez. Prólogo de José Ortega y Gasset. Página 25. Tratado sobre el amor y los amantes en la Córdoba andalusí.

Maruja Mallo en París

        Maruja Mallo. Estampa . 17-10-1931       Maruja Mallo jugaba a no decir su edad. Cuando solicitó la beca para estudiar escenografía...