Cultura y sociedad

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Sobre la maternidad y la pérdida.

 

Fuente: The Conversation


     Aunque no hemos leído ni visto la adaptación al cine de la novela Hamnet, el tema que tratan Auba Llompart y Gisela Rovira nos lleva a otros artículos/libros leídos en el último año, circunstancia que ha hecho que reflexionemos sobre el tema que escriben. Así que hemos tirado del siguiente hilo.

    Chloé Zhao ha dirigido una película sobre el guion escrito por Maggie O’Farrel de su novela Hamnet. La autora habla de un tema difícil sobre el que pocas veces se habla: la muerte infantil. La película pretende que el espectador sienta el dolor de la madre casi en primera persona. Una tragedia que afecta a toda la familia y redefine la psique materna. Llompart y Rovira nos cuentan que la madre es un espíritu libre, con una vida independiente junto al doméstico papel de esposa. Esa libertad se rompe por la muerte del hijo y sufre un duelo profundo con sentimiento de culpabilidad al ver que la sociedad espera su control total de la maternidad, que incluye adivinar o prevenir su desaparición. El duelo y sus fases son presentados: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. El tiempo se suspende y la madre se consume.

    Y la forma de afrontarlo varía. Por no estar acompañada de su pareja, que no soporta la situación y se marcha. Está ausente físicamente. La madre, por tanto, debe superar el grueso de la culpa y la carga emocional, siendo dos procesos distintos de duelo[1]. Vamos a una situación distinta de esta muerte infantil:

    Sara Mesa es una escritora sevillana que trata en Mármol, uno de los cuentos de Mala letra (2016), la desmitificación ideal de la infancia y adolescencia narrada desde una voz adulta que recuerda el impacto que les causó en la infancia la muerte de un amigo adolescente de su hermana mayor por suicidio. La forma en la que reaccionan los niños y cómo lo hacen sus docentes. La reacción va desde la empatía a la frialdad. Hay, también, una creencia infantil de que únicamente se suicidan los mayores. Y la vida es vista de forma distinta, sí. Para un niño, la vida parece no tener límite. O, al mismo tiempo, aprecian una actuación represora en los adultos ante estos sucesos. Los niños se enfrentan a situaciones a las que no están preparados, pero son coyunturas  que no pueden o no saben obviar.

Fuente: Editorial Anagrama


     Vamos con otra perspectiva: Ernestina de Champourcín se sintió sola a su vuelta definitiva a Madrid en 1977, porque había tenido una intensa vida en la capital desde finales de los años 20 hasta la guerra y porque, en esa vida relacionada con el Lyceum Club de Madrid, sirvió de nexo de unión entre Concha Méndez y Carmen Conde, que estuvieron unidas en una maternidad perdida. Sobre la maternidad también escribió Ernestina. Con Maternidad (Cántico inútil, 1936), Ernestina de Champourcín publica unos versos, tras dos años enferma[2], y conociendo lo que habían pasado sus amigas, que dicen:

Hijo tuyo…

Silencio de mi carne sellada

Eternidad sin muerte.

Solo yo sé su nombre.

Un nombre que no existe

Y palpita en la oscura tentación de

Mis venas,

Un nombre impetuoso que levanta

Mi sangre

Con sístoles de fuego.

 

Verdad limpia, sin roces.

Nadie hollará su frente

Con un turbio rocío de insólitas

Palabras,

Nadie herirá su pecho

Ni podrá torpemente mancharle el

Corazón.

 

Hijo nuestro. Pureza de todo lo

Imposible.

¡Qué grávida dulzura aquieta mi

Regazo!

 

     Ernestina de Champourcín no tuvo hijos. Ejerció ese hilo conector entre Concha Méndez y Carmen Conde. Ambas sufrieron la muerte de un descendiente. Y reflejaron en alguna de sus poesías la desaparición del mismo. Concha Méndez y Ernestina se conocían del Lyceum Club, donde Champourcín ejerció de secretaria. Ernestina aparecía junto a Josefina de la Torre en la antología de poesía española de 1934 de Gerardo Diego, que sentó el canon de la generación del 27. Concha Méndez, Ernestina de Champourcín y Carmen Conde tuvieron de guía poético a Juan Ramón Jiménez. Concha, con Manuel Altolaguirre, tuvieron una labor editora/impresora importantísima en las vanguardias. En la revista Héroe (núm. 3) publicaron un poema de Ernestina.



     Carmen Conde se sitúa en cierto modo en la periferia o al margen de la vida madrileña. Había publicado por medio de Juan Ramón Jiménez antes de Brocal (1929), y desde 1931 crea con su esposo la Universidad Popular en Cartagena que seguía el modelo de la Universidad de Segovia de Antonio Machado. Carmen Conde se cartea con Ernestina de Champourcín, como comparten la admiración y amistad con Juan Ramón Jiménez. Y Ernestina oficia de cicerone en el Lyceum Club con Carmen.

Concha Méndez. Wikipedia

     Carmen perdió una niña. Concha perdió un niño. Ambas en 1933. Y se plasmó en su escritura. Aparece el tema de la maternidad enlutada como representación íntima del dolor de la mujer. Concha Méndez, mediante la poesía, hace que madre e hijo vuelvan a encontrarse:

Ya tiene la tierra algo

que fue mío nueve lunas

(arbolillo nuevo

sin ramas ni fruta).

Brotó en mañana florida

de esperanzas y de luchas

(no pudo ver el sol

y no vio la luna).

El ángel que lo guardaba

se durmió en la noche oscura

(mi arbolillo nuevo

tuvo triste cuna...)

    

     También, en otro poema de Méndez, convierte a su corazón en la cuna del niño desaparecido, siendo un nuevo corazón:

Se desprendió mi sangre para

formar tu cuerpo.

Se repartió mi alma para formar

tu alma.

y fueron nueve lunas y fue toda

una angustia

de días sin reposo y noches

desveladas.

Y fue en la hora de verte que te

perdí sin verte.

¿De qué color tus ojos, tu cabello,

tu sombra?

Mi corazón que es cuna que en

secreto te guarda,

porque sabe que fuiste y te llevó

en la vida,

te seguirá meciendo hasta el fin

de mis horas.

 

     Carmen Conde publicó mucho más tarde Derramen su sangre las sombras (1983), cincuenta años de la pérdida maternal, aunque fue escrito en 1933, salvo su tercera parte. El poemario se compone de tres partes: La espera,17 poemas de Carmen más dos de su esposo, con la maternidad venidera en el cuerpo femenino; El desencanto, 12 poemas; y Mucho después, 2.

     Sobre La espera:

Voy ausentándome de mí.

Poco a poco, el lastre de ensueño

cede

su sitio a la realidad doble

que es mi vida en transcurso.

¡Otro ser dentro de mi carne

fragua su carne, su piel,

su corazón diminuto, mi estrella!

Asisto a la escisión silenciosa

con pasmo anhelante, con gozo

nuevo de verme en otros ojos

míos,

de mis ojos hechos,

de mi sangre coloreados,

ay, de toda cuanta soy. 

Día por día el latido

es golpe que me recuerda,

urgente,

valor que no tengo,

heroísmo que nunca soñé. 

Y temo por el que estoy creando

en convenido misterio

dentro de mi soledad sin orillas

cerca de mi corazón, su estrella. (31-07-1933)

 

     Sobre El desencanto, cuando descubre la pérdida de la hija y su cuerpo se convierte ahora, entonces, en una tumba, habiendo sido cuerpo creador:

Dentro de mí, muerta.

Mía viva a lo ancho de los meses

y al nacer para los otros,

muerta. 

Si yo hubiese sabido eso,

ni un esfuerzo habría hecho

para sacarte fuera de mí.

Contigo, hija que no conozco,

contigo y con tu silencio;

con tus ojos cerrados,

con tu garganta sin voz

me hubiera muerto (17-10-1933).

 

      Es la maternidad en duelo. Nacer y morir al salir al mundo. El cuerpo femenino aparece de forma distinta al canon clásico masculino y erotizante. Y nos recuerda los dramas de los años treinta de García Lorca. Carmen Conde, Concha Méndez y Ernestina de Champourcín escribieron, por tanto, de un tema rupturista para la mentalidad de la época, la maternidad enlutada. Un tema de experiencia íntima, de dolor femenino por la ausencia de su recién nacido, sin caer en sentimentalismos.

Carmen Conde. Fuente: Goodreads.





[2] BALLÓ, T.: Las sinsombrero. Espasa. Barcelona. 2016-2017. Páginas 229-250. (27-5-2025 Archivo Museo Sánchez Mejías)



6-2-2026 19:53 Actualizando 7-02-26 19:29

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