Cultura y sociedad

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Paisajes de Cuba: El "son" en las "Fritas". Adolfo Salazar_8

 


     Dentro de las secciones dedicadas a Musicalia de José Ortega y Gasset y a la visita de Adolfo Salazar en Cuba, donde hablamos de sus cartas con Caturla y el elogio a María Muñoz y Antonio Quevedo, ahora ofrecemos la versión resumida de la visión de Salazar sobre los sones cubanos o afrocubanos y criollos, desde el punto de vista de un europeo de 1930, que en su cultura tiene el acervo de la conexión que España tuvo con Cuba durante siglos con el intercambio de ida y vuelta cultural que se produjo. Salazar se presentó con su libreta de apuntes y su saber musical en las playas de Marianao, en la zona de diversión de las fritas, donde la comida y bebida se endulzaba con orquestas populares. A lo largo del resumen se añaden vídeos de sones cubanos mencionados.

     Comenzamos el 24 de julio de 1930. EL SOL publica Paisajes de Cuba: El “son” en las “fritas”. I, firmado por Adolfo Salazar.

     Salazar creía que las “fritas” eran una herencia hispana de esparcimiento al aire libre donde se freían alimentos en un humoso ambiente. Aunque asistían también los cubanos blancos, eran dominantes los afrocubanos. El son experimentaba en los años veinte un auge en Cuba, especialmente en La Habana, debido al éxito del jazz.

     En ese instante se había producido una liberación de la música negra en las Antillas y el mediodía de los Estados Unidos. En un principio, la música era perseguida o minusvalorada porque se había traído desde África a América. Una nueva generación, sin embargo, había sabido apreciar esta transformación musical sabrosa de antillanos y africanos, que habían llegado a los campos de trabajo y luego habían luchado por su libertad y la de su nación.

     En la década de 1920, no había igualdad de trato entre blancos y negros, pero se reconocieron algunos derechos. Los negros no habían conseguido entrar en muchas sociedades de blancos. En cambio, los negros nada oponían a la presencia de blancos en sus fiestas, sagradas o no.

     A Salazar, el chófer afrocubano que le llevaba a las “Fritas”, muy hablador, le habló de una situación social explosiva. Le tuteó y dijo que el cubano es una raza improvisada sin poder ejecutivo.

     La reciente afición musical de los cubanos es encantadora cuando entonan “Papa Montero”. En los tiempos de la esclavitud hubo un trato distinto entre los que trabajaban en las haciendas locales y aquellos que vivían en las casas de los próceres urbanos. Estos tenían una serie de “privilegios” al poder llevar a cabo sus ritos, sus ceremonias, sus cánticos y sus bailes, importándose y mezclándose con influencias europeas, mayoritariamente españolas. Adolfo Salazar consideraba que era lo propiamente criollo. Y en esta música hay piezas de buena calidad y piezas de mala calidad. La juventud se cansó de las habaneras, guajiras, guarachas criollas, serenatas y buscó una reacción en los tonos más acusados de la música campesina de los negros. Mezclada, sí. Pero virgen de los salones y dueña de un carácter. Sin olvidar el auge de la música negra americana.



     El 27 de julio de 1930, la sección de Adolfo Salazar, La vida musical, publica en EL SOL, Paisajes de Cuba: El son en las “Fritas”. II. 

     Salazar se llevó a las “Fritas” un cuaderno para tomar notas para percibir mejor las letras cantadas, su diseño melódico o su percusión endiablada. En fondo y forma, le parecía casi un arte infantil por la simpleza de su estructura o la poca elaboración de materiales aportados. Una simplicidad propia de técnicas “primitivas” que le hizo pensar en la creación de un museo al estilo del Arqueológico[1] de Madrid, donde se recogieran todas las características folclóricas, musicales, históricas sobre la cultura afrocubana. Cita los trajes de las ceremonias con ñáñigos.

      Esta superposición de elementos sin apenas elaboración era perceptible en los sones, cuya mejor representación escénica se producía en las “Fritas” de la playa de Marianao, con toda Cuba como museo viviente:

     El son tenía una estructura. En primer lugar, un fondo rítmico persistente, de principio a fin, sucesión de nota breve y nota larga, propia de la música negro-americana.

     Sobre esa base rítmica aparecía una forma sencilla de canción, de origen en muchos casos hispano-andaluz de ida y vuelta. Se continuaba con lo que los criollos llaman montuno, un estribillo repetido enésimas veces, alternando o no con frases, donde se reconoce el componente africano. La inicial canción se repetía a voluntad, con otro texto, que hace que el son se alargue como se desee, pudiendo alternarse con instrumentales que pueden variar el canto principal. Las repeticiones se podían producir en el bajo o en las voces agudas, o en todas, hasta dar la posibilidad de no conocer la melodía principal.

     Lo fundamental en el son es la base rítmica ejecutada en instrumentos de percusión. Los instrumentistas son también cantores, salvo el bongosero. La copla la entona un solista. El estribillo lo repiten todos. Cuando el ron ha hecho su efecto; cuando todos los músicos cantan la copla y cuando todos los asistentes cantan el estribillo, esa repetición eterna obsesionaba a los asistentes. Las variaciones que hacían entonces los músicos con la animación de los asistentes al repetir el estribillo con mayor vehemencia enardecían aún más y eran ayudados por los percusionistas en polirritmias que no se podían descifrar.

     No hay una composición regular en la formación de las orquestas de los sones. Oscila entre tres y siete, con un percusionista, un bajo y un tocador de “tres”, especie de guitarra de tres series de cuerdas de metal. El contrabajo, que se podía añadir, tocado en “pizzicatos” muy rudos, afinaba en quintas sus tres cuerdas.

     Salazar afirmaba que la mayoría de los sones estaban en tono de sol; pero la tonalidad oscilaba entre el tono mayor y el relativo, de manera que cuando el acompañamiento repite la sucesión sol-re-mi, las dos primeras notas se armonizaban en sol, y la tercera, con mi menor o la menor. El quid consistía en la red de ritmos que ofrecía la percusión.

     Con el 30 de julio de 1930, EL SOL publicó en La vida musical. Paisajes de Cuba: El son en las “Fritas”. III. Generacionalmente, los cubanos nacidos entre los que hicieron la guerra y aquellos que prefieren el jazz en su adolescencia son una joven generación que quería organizar los sones. García Caturla o Amadeo Roldán caminaban hacia lo afrocubano con prudencia, no olvidando lo europeo, sin obviar lo indígena. A ello se solidarizó Nicolás Guillén, que buscaba la estructura poética del son, entre esa alternativa de copla y estribillo. Gracias a Guillén supimos que el son recoge el último suceso y lo glosa en sus coplas.

     Entre las diferentes combinaciones instrumentales de las orquestas, la más tradicional es la “Clave de Oriente”, llamada así por su origen en la parte sudeste de Cuba: Santiago, Guantánamo y Baracoa. Baracoa es la patria del son, según Eduardo Sánchez de Fuentes, desde los tiempos de Ma Teodora, que con su “bandola” cantaba ritmos populares que luego pasaron a Santiago de Cuba, donde alcanzaron gran popularidad.

     Los músicos que conoció Salazar de la “Clave de Oriente” provenían todos de Santiago. Tenían amor por el “Bacardí” y desde media tarde tocaban antes de la llegada del público a las “fritas”. Por enronquecer tantas horas, las ganancias eran exiguas para alojarse y comer. Por ello le pedían a Salazar si los podía llevar a la península. Situación que meditó el musicólogo, aunque no era empresario. La “Clave de Oriente” llevaba dos treses, guitarras de tres cuerdas; un contrabajo, el tocador de claves, el maraquero y el bongosero. En otras, cambiaban el bongosero por el tamborilero. Podían añadir un tocado de güiro o de marimba. La mayoría tenía un cornetín de pistón, con sordina, que el instrumentista acentuaba acercando su sombrero de paja.

     El 1 de agosto de 1930, EL SOL publica otro artículo de Salazar titulado Paisajes de Cuba: El son en las “Fritas” IV: La percusión. 

     Los güiros, maracas, claves, bongos y marimbas son instrumentos de percusión utilizados en el son. De origen africano y tan antiguos como los humanos. Sobre la percusión cubana ha escrito Fernando Ortiz, al que cita en más de una vez Adolfo Salazar.

     Sobre el bongó: Recordemos los tambores y sus infinitas formas que tienen personalidad sagrada en ritos o ceremonias en los que intervienen de forma práctica sobre actos humanos: amor, religión, comunicación… Actos que tienen su corazón palpitante en el tambor. Los tambores se diferencian de los timbales en la existencia de dos membranas en el primero y una membrana en los segundos.

     El bongó es un timbal pequeño, de etimología congoleña, que se toca acompañado de otro más pequeño, de sonido más agudo. Se afina calentando el cuerpo de resonancia con una lamparilla de alcohol hasta encontrar el tono conveniente. En pleno siglo XX, los afrocubanos han reemplazado los instrumentos de cuerda y de aire africano por los europeos, pero conservan los originarios de percusión.

      Las maracas son unas sonajas cerradas que contienen unas piedrecillas que producen sonido cuando se agitan. Las maracas más viejas de Cuba tenían forma cónica al estilo de las existentes en África, rodeadas de cuerda para amortiguar el sonido, con agarradero de cuerdas como en las fiestas de ñáñigos. Se ha intentado buscar origen o similitud en zonas de África oriental, en América del Norte y Colombia. Salazar cita a Ortiz y Cuervo sobre el dudoso origen guaraní de la voz maraca.

      Las claves son xilófonos simples que se documentan en pueblos de las Indias y África. Estas claves son palitos de madera durísima, que suenan al golpear el uno contra el otro. Se necesita cierta pericia, ya que la mano hace de caja de resonancia de la vibración de la otra mano. Son palos de unos veinte centímetros, siendo uno más delgado que otro para producir un sonido más alto. Indispensable en la música criolla. Salazar lo escuchó en su paso tranquilo, sincopado, nunca en repiqueteos vivos.



      El contrabajo tocado a la manera criolla, a golpes fuertes, podría ser incluido en esta relación, con sonido semejante a las láminas de caña o metal de las marimbas. El contrabajo sustituye en las orquestas modernas al tocador de botijuela de los antiguos sones.

     Las marimbas de los criollos se derivan de los “m’bichi” de África Central y Congo. Consisten en láminas vibrantes sujetas a un cuerpo resonante, como plancha metálica o calabaza seca. Tiene un sonido profundo y estridente, como bajo en los tipos de percusión, con efecto físico sobre el plexo solar al escucharlo.

    El 2 de agosto de 1930, EL SOL publicó La vida musical de Salazar con el artículo Paisajes de Cuba: El son en las “Fritas”. V. La forma.

     ¿Sería “Mamá Inés” contemporánea de la Má-Teodora de Baracoa? Hay quien dice que puede ser anterior. Antes hemos citado a Baracoa como patria del son. “Mamá Inés” es el modelo de regularidad del son. Comienza con un preludio instrumental con la música de la copla que canta:

       Aquí estamos tos los negros

que venimos a rogar

que nos boten cafetito

para cantar y bailar.

     Y el estribillo, por dos veces, sigue:

     ¡Ay, mamá Inés!

¡Ay, mamá Inés!

Todos los negros

 tomamos café.

     Sigue una cuarteta donde un cantante pregunta a la negra Belén dónde está metida. Se vuelve a repetir el estribillo, que no es correspondido por Inés, y la letra hace que los demandantes se marchen buscando sus compañeros mulatos donde haya café. Alterna copla y estribillo de forma regular, aunque se permitan excepciones. Hay casos donde solamente se canta el estribillo. Hay sones famosos como en “Oye, Miguel”, con preludio instrumental, copla, una segunda copla con cornetín en la que está el estribillo.

     Esta forma de una primera parte y una segunda repetida, sin volver a oír la primera, se ordena al revés en “El Manisero”, o bien se hace una combinación de ambas formas como en “El que siembra su maíz”.




     La forma de dos partes independientes entre sí se observa exactamente y de modo más regular en el son “Cómo está Miguel”. Tiene un preludio instrumental bello; la copla va seguida de otro trozo instrumental que completa el preludio, repite la primera copla y viene el estribillo:

     Trumbarará,

cómo está Miguel.

     Este se presentará seis veces y seguirá el orden de nuevo.

     Para Salazar, el son que conecta con las formas criollas es “Tribilín cantore”, que descompone la décima de la guajira: Un corto preludio instrumental, el estribillo repetido cinco veces que se presenta como la primera parte de la décima con la cuarteta, con una segunda voz ininteligible y un añadido final: ¡bien! De nuevo seis veces el estribillo, al que sigue lo que no se incluyó de la décima y su ¡bien! Hay un nuevo texto de la siguiente cuarteta. Y el estribillo ya se repite diez veces. Una nueva cuarteta y el estribillo dos veces. Toda esta complejidad es disfrutada por Adolfo Salazar porque apreciaba la reminiscencia criolla de origen español, sin disminuir su interés.

       La transición entre lo colonial y lo afrocubano se observa en “Aquella boca”, donde una primera parte aguajirada, nada interesante, se enlaza con el estribillo que Salazar veía poco afrocubano. 

     Dejamos aquí a Salazar con su cuaderno de notas, entre músicas, fritas y ron.




 

 



[1] Hoy en el Museo de América hay muestras de indumentaria ñáñiga.




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 Otras referencias que contextualizan este texto:

         Serie Adolfo Salazar en Cuba:

    - Adolfo Salazar en Cuba_1

    - Adolfo Salazar en Cuba: Los artículos de EL SOL_2

    - Adolfo Salazar en Cuba: La Asociación de Música Contemporánea_3

    - Adolfo Salazar en Cuba: La enseñanza y las orquestas_4 

    - Impresión al llegar a La Habana. Adolfo Salazar_5

    - La negra Quirina. Adolfo Salazar_6. 

    - El trío Matamoros y las "fritas". Adolfo Salazar_7.

        Serie Musicalia:

    - Los orígenes de Musicalia_1

    - Los orígenes de Musicalia_2 

     Los vídeos de YouTube añadidos son: El son de Má-Teodora; Papa Montero; Cómo tocar el clave cubano; Cómo está Miguel; Tribilín cantore; y ¡Ay, Mamá Inés!





26-9-2026. 7:44. Actualizado... 27-09-2026 13:06

El trío Matamoros y las "fritas". (Adolfo Salazar_7)

      

Trío Matamoros. Wikipedia


     El 14 de diciembre de 1982, la UNESCO reconoció la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad al centro histórico de la Ciudad de La Habana y su sistema de fortificaciones. Esta declaración de contenido cultural y turístico responsabilizaba al gobierno cubano en el compromiso de proteger los bienes destacados. El entorno habanero tenía unas raíces en la historia colonial y en los primeros años de independencia de los Estados Unidos, con una mezcla de culturas nativas, hispanas, africanas y norteamericanas. ¿Cómo vería Adolfo Salazar, invitado a conferenciar, La Habana, sus fortificaciones y el paseo del Malecón en 1930? 

     La mirada de Adolfo Salazar[1] se dirigió hacia el arcoíris de colores del macadán del Paseo del Prado de La Habana. Un paseo que arrancaba en el Capitolio y llegaba hasta el Malecón. Que recorría desde el Morro hasta la desmantelada batería de Santa Clara y su prolongación. Ese camino conducía hasta “El Vedado”, o al menos así lo recordaba Salazar.

     En la plazoleta de la Punta, el musicólogo madrileño observó a la multitud que buscaba el fresco de la noche mientras despedía a un navío envuelto en la música clásica de una banda.

     Una vez abandonado El Vedado y su organización callejera en letras y números, atrás quedaba el emporio de la afición musical de La Habana que se guardaba como las joyas familiares en el magnífico local del Auditórium, tesoro de los gustos selectos y lugar prestigioso para los músicos más virtuosos del mundo. Edificio colosal, edificio confortable, donde Adolfo Salazar exhibió su saber musical.


     Con la noche y el paso veloz por el Auditórium, el crítico musical se había despojado o travestido de conferenciante en vividor, sin traje que ocultara su camisa, camino de las “fritas” de Marianao.

     ¿Qué eran las fritas de Marianao? Las fritas eran bocadillos versión cubana de las hamburguesas, pero también se llamaban así los puestos callejeros que las vendían en la playa de Marianao en 1930. Al mismo tiempo, la zona de la playa donde estos puestos se instalaban era el lugar de ambiente musical popular en esa época, aunando el alimento corporal con el deleite musical[2].

     En 1930, un madrileño, por entendido musical que fuera, tendría que sufrir un fuerte impacto al apreciar el desenfreno en Marianao. Música popular, música plebeya, pero música excelente. La gente de color bailaba y cantaba mientras acompañaba a las orquestas en los “sones”, con la clave de Oriente[3]. Disfrutaba de los músicos del Trío Matamoros[4] con La Chambelona:[5] ¡Ohe, ohe, ohe, la Chambelona!



     La música aumentaba su ritmo conforme la noche avanzaba y el bacardí, agua de Santiago, mojaba y abrasaba las entrañas del pueblo llano cubano. Abrasaba y mojaba la integridad cultural de los europeos. Y concitaba la presencia al amanecer de la gente elegante habanera que salía de los casinos de la playa cuando se acercaba a las fritas plebeyas a consumir uno de sus bocadillos, o beber un poco de agua de coco para sobrellevar los efectos del alcohol.

     Como nada se dejaba al azar, un músico de las orquestas mulatas pasaba el platillo y alguno de los lujosos coches salía en desbandada. Salazar volvió a pedir que tocaran El Manisero[6], La mujer de Antonio[7] o el Espabílate, mi conga[8]. Y Adolfo se pidió otra agua de Santiago.





[1] El Sol, 23 de julio de 1930.

[4] Miguel Matamoros es el autor de “Lágrimas negras”.

La primera crítica literaria de García Lorca, un poeta nuevo



      "¡Feridiquín carísimo!

     Por mi tarjeta de Toledo habrás sabido que tu carta me llegó bien y que me produjo grande alegría. Esperaba para escribirte a que hubiera salido en EL SOL la noticia adjunta sobre tu libro (noticia publicada ayer). Verás en ella que un ratito me pongo «dómine»: hay que dar a la gente la sensación de que no se hace un «suelto de contaduría»... Me gustaría consultar contigo algunos detalles que tengo señalados en tu libro..."

     Por carta fechada el 31 de julio de 1921, Adolfo Salazar daba consejos a Federico García Lorca sobre sus poemas y le comunicaba que había escrito un artículo en EL SOL celebrando al joven poeta.




     "La aparición de un poeta en nuestro horizonte es un fenómeno de mucha mayor importancia que una súbita fulgencia de un astro nuevo en nuestro firmamento. Goce espiritual, que prima al de los ojos. Poesía por poesía, preferimos aquella, viva. Porque, ¿cómo explicar sino poéticamente también a esos buscadores de estrellas? (¿Y no es eso, el poeta?) Horror para el astrónomo puro, ávido de meter en sus tablas la estrella nueva. O del crítico que en seguida encasille al poeta recién amanecido."

     Federico había aparecido como la estrella nueva en el firmamento de la poesía, porque era presentado por y ante la crítica especializada. Por el crítico cultural por excelencia, Adolfo Salazar. Aunque García Lorca jugaba con el factor campo a su favor. Adolfo Salazar era uno de los que le aconsejaban en los inicios de su carrera.

     "Me gustaría consultar contigo algunos detalles que tengo señalados en tu libro; por ejemplo, «tiene el polen fatal del desengaño», «y como la Virgen María pudieras/botar de tus senos otra vía láctea», «que la pulsen como las cuerdas de un arpa» —pequeñas cosas en las que me parece... por parecerme hipócrita el no decírtelo, no he de guardarlo… Nada de esto tiene importancia para quienes te queremos..."

     Salazar le indicaba que si no le avisaba de esos errores, la crítica más acerba, los enemigos, se cebarían con él.

     "Federico García Lorca no es poeta sublime por el tono, ni dramático por retórica. Su poesía, muy en tono menor, se compone de los ingredientes más humildes del repertorio... Emoción viva, con una palpitación ingenua, una delectación creciente por la materia sonora, un infantil asombro para la belleza recién descubierta, y un deseo de decirle, con un mohín gracioso, un piropo truncado por la timidez. Signo viviente de los esplendores de cada día, este reloj de sol para el que sólo cuentan las horas claras, tiene un gesto sonriente y una distinta cuerda lírica para cada, nueva y eterna, emoción del repertorio de la Naturaleza: el campo, el río, el vario cielo en el matiz que les dan las horas, con una complacencia singular por la tarde avanzada y una permanente sorpresa por la primera estrella."

     Con todo, Lorca estaba preocupado porque no aparecían críticas sobre "Libro de poemas". Salazar le pedía paciencia. En su carta le dijo que Canedo (Enrique Díez-Canedo) estaba muy ocupado con el curso de extranjeros de la Residencia de Estudiantes; que iba a dar a conocer su libro a Ortega y Gasset. Y que de la distribución que hiciera la Sociedad General de Librería debía estar pendiente Federico.

     "Una colección copiosa de poemas comprendidos entre los años 1918 y 1920. Es curioso observar el progreso continuo y firme que se muestra en sus versos conforme la fecha avanza, y es esto lo que autorizaría, de no saberse ya cuál es la rara categoría de este poeta, a ver en él una promesa del granar más rico."

     De García Lorca se conocía un libro de prosas adolescentes sobre el que alguna referencia se ha hecho en este blog sobre la impresión de la burgalesa Cartuja de Miraflores.

     "Hay en García Lorca otro tono, fuerte y recio, de poeta de gran envergadura, en composiciones como "Campo", "Chopo muerto" y "Árboles"; de 1919 esta última poesía, tras la que se ve clara la traza de nuestra historia poética.
     Cerca de setenta poemas tiene este libro. Abundancia insólita hoy, tan rara como la abundancia cordial que le dicta y que ha sabido traducirse en el ademán más gracioso de línea."

     En los consejos finales, Salazar le recordaba que era necesaria la paciencia, el crítico profesional era muy remolón en darlas y en decidir sin compromiso.
     Estábamos en 1921, con García Lorca con 23 años recién cumplidos. Federico buscaba confianza en los consejos de los amigos, en la afirmación de los críticos especializados y en el silencio admirativo de sus enemigos. Recordemos la seguridad con la que quince años después le pide que se rectifique unas declaraciones suyas en EL SOL a Bagaria, el caricaturista salvaje, ya en la fama de los inicios tormentosos de 1936, al amigo que en sus inicios le daba consejos.

     Terminamos con la recomendación de Adolfo Salazar, el poema Árboles de 1919: 

¡Árboles!
¿Habéis sido flechas
caídas del azul?
¿Qué terribles guerreros os lanzaron?
¿Han sido las estrellas? Vuestras músicas vienen del alma de los pájaros,
de los ojos de Dios,
de la pasión perfecta.
¡Arboles!
¿Conocerán vuestras raíces toscas
mi corazón en tierra?


      





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       - EL SOL, 30 de julio de 1921. Artículo de Adolfo Salazar.
       - GARCÍA LORCA, Federico. Obras completas de Federico García Lorca. ePubLibre. Edición de Kindle. 

      






     8-5-2026 23:02 Actualizado... 10-5-2025 20:22

La negra Quirina_Adolfo Salazar_6

      

 

La negra Qurina

   


     La rumba cubana es una mezcla festiva de baile y música de todas las prácticas culturales que la conforman. Desde 2016 está en la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

     La rumba cubana hunde sus raíces en la cultura africana que se nutre de elementos propios de la cultura antillana y del flamenco español. Surgió en los barrios populares o marginales de La Habana, Matanzas, en las proximidades de los puertos y en las zonas rurales donde había comunidades de esclavos.

          Al relacionarse con las comunidades venidas de África por la esclavitud, la rumba cubana fue una forma de manifestar resistencia y proclamar su estima personal, que creaba relaciones sociales entre esas comunidades. Y esa expresión se plasmaba mediante cantos, mediante bailes, por palmadas, con un lenguaje corporal genuino. Por la humildad de sus orígenes, los instrumentos musicales nacieron de la percusión de herramientas de trabajo o domésticas que fueron incorporadas a los instrumentos musicales habituales que se han transmitido de generación en generación, con muestras de sensualidad y gracia en sus expresiones que permearon todas las clases sociales de la Gran Antilla.

         En líneas generales, la rumba flamenca nació a principios del siglo XX como asimilación de los ritmos caribeños a la geografía musical andaluza, que con el paso del tiempo formó un estilo propio entre lo caribeño y el ritmo flamenco, donde la improvisación y la alegría generan un disfrute vital de la fiesta representada.

     Y henos aquí recordando las evocaciones de Adolfo Salazar, que presenciaba con su vista y oído los viajes de ida y vuelta de unas músicas emocionales. En un principio, nuestro interés por Adolfo Salazar se había dirigido hacia el magisterio musical que ejerció con Manuel de Falla en el grupo de músicos que renombraron como de los Ocho. Al estilo de la generación literaria del 27 en la vida musical española. Más tarde, nuestra mirada analizó el carácter cercano de la relación con un joven Federico García Lorca, con sus consejos y, en la hibridación de estas relaciones, cómo influyeron en la vida cultural española e hispanoamericana las ideas de Ortega y Gasset, factótum intelectual de El Sol, en el origen de Musicalia, con el añadido de los artículos que publicaba Salazar en la sección La vida musical del periódico citado.

     Un “monstruo” en términos lírico-teatrales es una letra embutida a la fuerza en un diseño musical que se quiere conservar intacto. Las rumbas que Salazar había escuchado en España podían no guardar su origen, aunque su ritmo y color evocaran a los países de América Central. Cuando visitó La Habana en 1930, se dirigió al teatro de la Alhambra con la intención de presenciar una rumba auténtica, estuviese embutido el monstruo o no, porque, inicialmente, le costaba entender las letras. Entendía solamente los estribillos. Al menos, el musicólogo, sin saber la pureza de la rumba, tuvo la sensación de presenciar algo auténtico.

      ¿Cuál fue la primera rumba que vio y oyó? La negra Quirina. No era desconocida. Su autor era Moisés Simons. Por ese viaje de ida y vuelta, Adolfo Salazar sabía que había sido atraído al otro lado del océano en alguna ocasión.

Moisés Simons. Wikipedia


     Salazar apreciaba en La negra Quirina su carácter y colorido como música popular. Observaba la buena conexión entre el elemento primitivo de origen africano con la gracia criolla, cubana o antillana. Y le permitía saber la relación que se establecía entre la rumba y el “son”, que tan en boga se estaba poniendo en Cuba en 1930. Eran impresiones lo que Salazar anotaba. No podía sentenciar porque podía ser considerado un erudito a la violeta.

     Intuitivamente, apreció que lo africano servía de base rítmica y era incitador de giros melódicos, y que los detalles estilísticos eran adiciones de lo cubano o criollo. La estructura y hechura se habían importado de Europa con una reelaboración en la Gran Antilla.

         No dejó de observar la lubricidad y sensualidad de la rumba cubana. Rasgos que se acentuaban con el lenguaje libérrimo y la gestualidad desenvuelta utilizados en el teatro de la Alhambra, llegando en algún momento a considerar que lo más pudoroso de la actuación era la rumba misma.

     Moisés Simons fue un músico cubano que nació con el nombre de Moisés Simón Rodríguez en La Habana en 1889 y falleció en Madrid en 1945. Compositor, pianista y director de orquesta, fue el autor del éxito internacional del son pregón “El manisero”. En la obra musical de Simons destacan también las operetas o zarzuelas cubanas. De entre ellas, La negra Quirina.

           Para otro momento, las fritas. Debía buscar el aire libre, el calor, la muchedumbre humana, el ron… Aún quedaba el final de julio y los comienzos del agosto caribeño de 1930.






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Impresión al llegar a La Habana en 1930. Adolfo Salazar (5)

 

La Habana. 1930.Colección. Get Archive

 

     Ahora vuelve a oírse su nombre: La Habana y Cuba...

    Hace casi cien años, los viajeros que llegaban de España al Malecón eran acogidos de forma cordial, efusiva y generosa por el mero hecho de ser españoles, especialmente por la juventud, y no solo porque les estaban mirando y oyendo, incluso con fraternidad intelectual.

     La Cuba de 1930 era un país joven, con inquietudes similares a la gente joven de España. Cuando allí llegó Adolfo Salazar se sintió como el joven que llega por primera vez. Sintió el frescor vegetal que amanece con la tierra al llegar al puerto. Un frescor que ya no era del mar.

     En el terreno artístico y literario era una más de las Españas, donde resonaba lo que venía de la península y donde su aroma e inteligencia cultural prendía a todo lo español. Las calles de La Habana 1930 eran estrechas y calientes, abigarradas de gente, con resonantes canciones, con olores a frutas del trópico que impregnaban a cualquier español a su llegada. 

     Cada paso era un descubrimiento. A todo ello encontraba Salazar un encanto sutil e inexplicable, que estaba formado por la raíz española- andaluza- y la flor criolla. Algo incomprensible para un extranjero, ya fuese francés o alemán.

     Por las calles y las plazas se vagaba con arte durante horas y días, al Sol y a la Luna. Algo raro, algo estrafalario. Porque pudiera que esas ciudades o esos pueblitos no tuvieran nada de extraordinario.

     Salazar creía que la arquitectura de 1930 en La Habana era la arquitectura burguesa más horrible del mundo. Se salvaba por sus calles que recorría de un lado a otro. Y allí observaba la yuxtaposición de la entraña española con lo criollo y el confort traído de la influencia norteamericana. Una vieja raza creada de lo español y lo criollo se mezclaba sin fundirse en sus costumbres. Veía negras prietas envueltas en las gasas vaporosas del traje largo de salón nocturno neoyorkino. La gente, en su cabeza, seguía contando en duros, pesetas y reales, cuando lo que circulaba era el dólar.

      En lo criollo nacía la gracia fina y aromática de Cuba. El viajero contaba que admiraba la gradación de la piel cubana y los tonos de color de sus ojos. Y las mujeres mayores que acumulaban la experiencia de la vida y su fatiga. Y disfrutaba de la alegría infantil del cubano que invitaba a compartir el primer mordisco de un mango o una “mameya” (mamey).

     Esos mulatos eran el alma musical de Cuba. En los salones de Cuba se cantaban las canciones que antes solo se oían en las cocinas de las casas. Los sones hervían por doquier como viva estampa de lo criollo. La música o el sonido de la calle era otro: La de los rumores, los ruidos, las risas, la inagotable charla. Los murmullos de una gran ciudad.

     El vendedor ofrecía sus frutas, las hojas para el baño o cualquier remedio. Y por las tardes, el chino que vende maní cerca del teatro chino aparecía donde representaban dramas de gran quietud.

     El pueblo llano, más humilde, no iba al teatro chino ni a la opera italiana que cantaban tenores españoles en el Payret, ni a las comedias madrileñas del Teatro Nacional del Centro Gallego. Ni a los bares alegres y atestados del Parque Central con sus helados y jugos de fruta. El pueblo llano dejaba el bar para el pueblo señorito y se dirigía al desenvuelto teatro de la Alhambra. Salazar, que se sentía perteneciente a ambos pueblos, satisfacía su sed en los bares con daiquiris y marchaba al Alhambra a ver bailar la rumba[1].


Trocadero. La Habana. 1929. PYCRIL



[1] Adolfo Salazar. El Sol, 12 y 13 de julio de 1930.



     Serie Adolfo Salazar en Cuba:

     - Adolfo Salazar en Cuba_1

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14-03-26 12:31 Actualizado  16-3-26 9:33 

Adolfo Salazar en Cuba: La enseñanza y las orquestas (4)

 

     

Fuente: El Sol. 1917-1939


     Cuando Adolfo Salazar escribía sobre la enseñanza musical y las orquestas en Cuba, su periódico, EL SOL, editorializaba sobre varios asuntos el 16 de agosto de 1930. En primer lugar, el problema de las subsistencias: Sobre lo que suponía el alza del coste de la vida y la política económica del gobierno. De las políticas que debía tomar. Y de lo meditado que debía estar cada decisión para que la vida no fuese tan cara. Aquello, también, de no pedir sacrificios a nadie sin antes dar ejemplo. En este caso, el gobierno.

     Un segundo editorial lo dedicaba a la situación de Alemania después de la Gran Guerra. Con el título La política alemana, se incidía en cómo se estaba produciendo el crecimiento de los partidos extremos: comunistas y nazis. Se intuía una victoria de los socialdemócratas, con los partidos de la derecha divididos. Pedía a los posibles ganadores que aunque no llegasen a una coalición, al menos consiguiesen una armonía mayor.

      Como último editorial del día, El Acuerdo italorruso: El acuerdo económico entre el gobierno de los fascistas italianos y los soviéticos rusos, firmado por los ministros italianos Bottai y Mosconi y el representante soviético Linbinov-¿Litvinov?-. Surgía el temor a un pacto contra los gobiernos democráticos. EL SOL creía que imperaban razones político-económicas en ambos países. Los soviéticos no conseguían entenderse con los gobiernos capitalistas y los italianos no había conseguido rebajar su deuda ni llegar a un acuerdo con los Estados Unidos. En Europa, ni Francia, ni Inglaterra, ni Alemania abrían sus arcas en su ayuda. El acuerdo preocupaba en las cancillerías internacionales. Dos dictaduras llegaban a un acuerdo en agosto de 1930. Dos dictaduras que deseaban crear un orden social incompatible con el ya existente. Y EL SOL, matizando o reduciendo el diapasón de la alerta, la reseñaba para la defensa de la democracia.

     Con este panorama, Adolfo Salazar escribe La vida musical en Cuba. – La enseñanza. Las orquestas.

     Estamos en Cuba, año 1930. La iniciativa privada en la mayor de las Antillas se extendía a ámbitos que en Europa solía ocupar el Estado. Era el caso de la enseñanza, en este caso, musical. Cuba y España no tenían teatros oficiales, ni orquestas oficiales. No tenían consignación presupuestaria, salvo en el aspecto de las bandas municipales.

     En Cuba, como en Estados Unidos y las repúblicas hispanoamericanas, se dejaba esta cuestión a la iniciativa privada. Pero se hablaba o se empezaba a hablar de crear un Conservatorio oficial. Salazar creía que su éxito dependería de su criterio de selección. No ayudaba la descentralización administrativa del poder en Cuba que obstaculizaba una homogénea dirección de los criterios pedagógicos.

     Adolfo Salazar había recibido información del número de profesionales que trabajaban en el mundo de la música. Dependía de su nivel de formación el éxito que tuvieran. Y pensaba que no debía de dejar de reconocerse la labor de la iniciativa privada. En este punto, reseñaba la labor de los músicos españoles. Y hablaba del Conservatorio Bach que dirigía María Muñoz de Quevedo, que calificaba como una institución modelo. Tanto en el criterio como en sus procedimientos. Tanto en lo artístico como en el sistema pedagógico. Fundado en 1925, era la idea que sostenía la revista Musicalia. Este Conservatorio, esta revista y la nueva Asociación- de Música Contemporánea- estaban en la cabeza de sus creadores para surgir- nacer- en el momento indicado. Y la madurez artística de María Muñoz era reseñada por el musicólogo español. Probablemente, para indicar que este instante era el momento ideal.

     El conservatorio Bach basaba la enseñanza en el piano. Pero no únicamente. También se enseñaba armonía y un panorama amplio de disciplinas que se extendía a la historia del arte en general y la literatura. Sensibilidad y técnica.  En las clases de Historia analítica de la música e Historia de las Artes- utilizando proyecciones- participaba Antonio Quevedo.

     Salazar nos contaba además el éxito que había obtenido Federico García Lorca con las conferencias en la Institución Hispano Cubana de Cultura, y que hablaría para la institución de los Quevedo sobre el ciclo histórico de la poesía española.

     Elogiaba, por otra parte, los métodos pedagógicos infantiles de María Muñoz. El que la música se hablara musicalmente para los niños desde párvulos. Dando importancia en esta enseñanza a los músicos antiguos y modernos, como Béla Bartók, Stravinski o Poulenc. La música moderna entusiasmaba a los más pequeños, decía Salazar.

     Las clases eran individuales, salvo conferencias o cursillos de análisis a los que podían asistir alumnos de otros centros. Como complemento, se enseñaban idiomas, especialmente para aquellos que querían dedicarse al canto.

     La falta de protección oficial era más aparente todavía en la vida de las orquestas, llenando este hueco la iniciativa privada. Nombraba a españoles como Pedro San Juan, que mostraban paciencia y entusiasmo en la Orquesta Filarmónica.

     La Orquesta Sinfónica de La Habana era dirigida notablemente por Gonzalo Roig, director también de la Banda Municipal y de la escuela Municipal de Música. Destacaba, por otra parte, la labor de la Orquesta Falcón, dirigida también por Roig, con esfuerzos heroicos para sobrevivir. Gonzalo Roig fue autor de zarzuela cubana y éxitos de la época como "Quiéreme mucho".



     Salazar quería que España, en 1930, tuviese una gran Orquesta Nacional, asentada en sólidas bases económicas, con directores fijos, pero también con invitados ocasionales. Con unos planes diseñados y definidos. Con método. Y desearía, otro tanto, para Cuba. Porque había mostrado entusiasmo y esfuerzo. Tenía en cuenta, en el final de su artículo, los difíciles tiempos económicos- señalamos que eran los tiempos de la depresión económica de 1929- con el recuerdo de la fusión de las orquestas Filarmónica y Sinfónica de la ciudad de Nueva York- babilónica la adjetivaba- para resistir los rudos embates de la Economía.

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          Lo que aquí se reseña es la versión de la visita a Cuba de Adolfo Salazar, según los artículos que publicó en EL SOL. En el mes de noviembre de 2026 se publicó Antonio Quevedo y Sánchez, por Ignacio García Noblejas Santa-Olalla, que se sumerge en las relaciones humanas y profesionales de Antonio Quevedo, sus matrimonios, destacando el de María Muñoz, y las relaciones con la intelectualidad española- por ejemplo, cuando conoció a Salazar y García Lorca- y cubana. Publicado en Océano Atlántico Editores.




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