Cultura y sociedad

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El trío Matamoros y las "fritas": De La Chambelona a El Manisero en 1930. (Adolfo Salazar_7)

      

Trío Matamoros. Wikipedia


     El 14 de diciembre de 1982, la UNESCO reconoció la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad al centro histórico de la Ciudad de La Habana y su sistema de fortificaciones. Esta declaración de contenido cultural y turístico responsabilizaba al gobierno cubano en el compromiso de proteger este patrimonio destacado. Pero el entorno habanero tenía unas raíces en la historia colonial y en los primeros años de independencia de los Estados Unidos con una mezcla de culturas nativas, hispanas, africanas y norteamericanas. ¿Cómo vería Adolfo Salazar La Habana, sus fortificaciones y el paseo del Malecón en 1930? 

     Los ojos de Adolfo Salazar[1] vieron el arcoíris de colores del macadán del Paseo del Prado de La Habana. Un paseo que arrancaba en el Capitolio y llegaba hasta el Malecón; que recorría desde el Morro hasta la desmantelada batería de Santa Clara y su prolongación. El camino conducía hasta “El Vedado”, al menos así lo recordaba Salazar.

     En la plazoleta de la Punta, el musicólogo madrileño observó a la multitud que buscaba el fresco de la noche mientras despedía a un navío envuelto en la música clásica de una banda.

     Abandonado El Vedado y su organización callejera en letras y números, atrás quedaba el emporio de la afición musical de La Habana que se guardaba como las joyas familiares en el magnífico local que era el Auditórium, tesoro de los gustos selectos y lugar prestigioso para los músicos más virtuosos del mundo. Edificio colosal, edificio confortable, donde Adolfo Salazar disertó sobre su saber musical.


     Con la noche y el paso veloz por el Auditórium, el crítico musical se había metamorfoseado o travestido de conferenciante en vividor, sin traje que ocultara su camisa, camino de las “fritas” de Marianao.

     ¿Qué eran las fritas de Marianao? Las fritas eran los bocadillos versión cubana de las hamburguesas, pero también se llamaban así los puestos callejeros que las vendían en la playa de Marianao en 1930. Al mismo tiempo, la zona de la playa de Marianao donde estos puestos se instalaban era el lugar de ambiente musical popular en esa época. Aunaba, por tanto, el alimento corporal con el deleite musical[2].

     En 1930, un madrileño, por musicólogo que fuera, tendría que sufrir un fuerte impacto al apreciar el desenfreno en Marianao. Música popular, música plebeya, pero música excelente. La gente de color bailaba y cantaba mientras acompañaba a las orquestas en los “sones”. Con la clave de Oriente[3]. Disfrutaba de los músicos del Trío Matamoros[4] con La Chambelona:[5] ¡Ohe, ohe, ohe, la Chambelona!



     La música aumentaba su ritmo conforme la noche avanzaba y el bacardí, agua de Santiago, mojaba y abrasaba las entrañas del pueblo llano cubano. Abrasaba y mojaba la integridad cultural de los europeos. Y concitaba la presencia al amanecer de la gente elegante habanera que salía de los casinos de la playa cuando se acercaba a las fritas plebeyas a consumir uno de sus bocadillos, o beber un poco de agua de coco para sobrellevar los efectos etílicos.

     Como nada se dejaba al azar, un músico de las orquestas mulatas pasaba el platillo, y alguno de los lujosos coches salía en desbandada. Salazar volvió a pedir que tocaran El Manisero[6], La mujer de Antonio[7] o el Espabílate, mi conga[8]. Y Adolfo se pidió otra agua de Santiago.





[1] El Sol, 23 de julio de 1930.

[4] Miguel Matamoros es el autor de “Lágrimas negras”.

El periódico "antitaurino" del "aficionado" al toreo.

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