Cultura y sociedad

Mostrando entradas con la etiqueta Juan Belmonte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Belmonte. Mostrar todas las entradas

Gregorio Corrochano, crónica literaria.

     

ABC, 11-08-1919. Inicio de crónica de Corrochano

   

     Uno de los aspectos más llamativos que observamos al escribir sobre cómo recogió la prensa de 1900, tanto la especializada como la diaria, la inauguración de la Plaza de Toros de Manzanares, es la forma en que se contaba la corrida. Parecía un acta notarial o, en el peor de los casos, un certificado de defunción donde se hacía en muchos casos un relato numérico de lo acontecido.

     Había crónicas que podían relatar por qué un torero había triunfado o fracasado. Otros cronistas podían utilizar sus conocimientos taurinos debido a su acendrada técnica. Pero la crónica taurina no se convirtió en una expresión estética hasta que llegó Gregorio Corrochano. Y ello era posible porque escribía sobre las emociones de las personas, más allá del toro y el torero. Describía desde los miedos al valor, desde la inteligencia a la belleza, desde el ambiente al detalle más ínfimo. Nada se ocultaba. Y su lenguaje era ajeno a lo pomposo o ruidoso. Era la claridad del lenguaje.

     No entraremos en otro aspecto, propio del primer tercio del siglo XX, el heroísmo. Convierte al diestro en una especie de héroe moderno, que lucha contra su destino: el riesgo y la muerte. De este modo, puede enlazar con las obras de García Lorca, Alberti o Gerardo Diego. Corrochano, además, fue un personaje público. Sus crónicas o su participación en la película La Malcasada, 1926, así lo atestiguan. 

     No. No es este propósito ni el presente cometido. La idea que nos mueve se acerca más a cómo empezaban sus crónicas, al ambiente que presentaba y cómo le ayudaba a interpretar aquello a lo que había ido. Pongamos unos ejemplos:

     El 11 de agosto de 1919, Corrochano está en San Sebastián y comienza de esta manera su reportaje:

     ¡San Sebastián! ¡Ya estamos en San Sebastián! Lo escribimos con una gran alegría. Después del acelerado viajar de un lugar a otro, la llegada a San Sebastián nos desquita de muchas incomodidades, es la recompensa de pasadas molestias. San Sebastián es para nosotros el descanso sin abandonar el trabajo, pues tiene todo esto un sello tan ligero, tan superficial, que hasta lo que parece trabajo es pasatiempo. En otros sitios tuvimos que escribir frecuentemente en un café, un poco sobresaltados por los golpes que daban sobre el mármol de una mesa de unos jugadores de dominó. Aquí escribimos en el saloncito del Casino: este saloncito tan femenino, junto a una mujer que escribe más con los labios que con la pluma, pues entre tanto mira al papel o a la pluma, ociosa, sus labios, adelantándose o escondiéndose entre los dientes, trazan mil títulos. Entre la partida de dominó y esta otra partida, la tarea nuestra cambia de aspecto. Por eso San Sebastián tiene el encanto de hacernos adorable el trabajo.

     Este preámbulo de Gregorio Corrochano era el aperitivo para contarnos que habían toreado Joselito, Juan Belmonte e Ignacio Sánchez Mejías. A nosotros, en realidad, la imaginación nos llevaría a la placidez de la capital guipuzcoana, a la mujer que escribe y habla, entre el papel y la pluma, y recordamos, conjeturamos, cómo serían los antiguos cafés donde se golpeaban las fichas de dominó en duelos incruentos.


ABC, 6 de agosto de 1920. Gregorio Corrochano, detalle crónica.




     Damos un pequeño salto en el tiempo. El 6 de agosto de 1920 encontramos a Gregorio Corrochano en las fiestas de la Virgen Blanca de Vitoria. Hemos obviado, sobrevolado, la crónica de la muerte de Joselito porque es casi una crónica elegíaca: «No quisiera ser el cronista a quien la fatalidad le reservó esta narración». Es, tal vez, una de las crónicas más extensas de Corrochano. La brillantez estética se encorseta en la claridad de sus sentimientos. Y es un momento para otras palabras.

     En Vitoria cuenta lo que hace al llegar a una ciudad:

     Uno de nuestros primeros cuidados al llegar a una población es leer su Prensa. Así en un momento nos ponemos en contacto con sus vecinos. No es la noticia interesante la que buscamos; buscamos algo más, el espíritu local, el ambiente, el palpitar del pueblo, para sentir y pensar con él y no ser un extraño, un forastero. Nos disgusta mucho ser forastero. El forastero solamente se lleva el recuerdo de la incomodidad, de la aglomeración inevitable y un poco molesta, y deja, con su dinero, el recuerdo de alguna impertinencia, la agria protesta por la necesidad incumplida. No me es grato ser forastero, y para evitarlo, nada tan eficaz como la adaptación por medio de la Prensa local.

     En uno de los periódicos que miramos en la biblioteca del Círculo Vitoriano (biblioteca donde se lee, por lo que veo), en el Heraldo Alavés, nos encontramos una circular que dice: "Don José Ortega Munilla". Y como sentimos una admiración casi mística por el viejo maestro, de ingenio lozano, por el fecundo escritor que nos sorprende cada día con el artículo preciso y oportuno, como si tuviera a la actualidad por confidente, nos dispusimos a leer. Era una carta del ilustre periodista. Es una carta de gratitud para el Ayuntamiento, "este hidalgo pueblo y su Prensa", por un reciente homenaje otorgado. Al enterarnos, hemos sentido una íntima satisfacción y una gran simpatía por este pueblo, que así trata a Ortega Munilla.

     El lector debe esperar aún un párrafo más para saber si hubo corrida en Vitoria, pero tiene, si quiere, un interés inicial: conocer si Corrochano salió de la biblioteca, si estuvo contando sus lectores, si alguna vez se ha sentido forastero, o lo ha sido siempre, y, en definitiva, si la admiración por José Ortega Munilla, el director de El Imparcial, era debida a su calidad periodística o a la afición taurina compartida. 

     Un tercer ejemplo del estilo de Gregorio Corrochano lo observamos en la crónica titulada El Prólogo de la Feria, 20 de abril de 1923, que preludia el disfrute de la misma:

     Tiene la feria de Sevilla un prólogo que os hace desear la feria con apetito de emociones. Y así como un libro interesante no puede interrumpirse ni para dormir y el día sorprende al lector, la feria de Sevilla, una vez conocido el prólogo, es todo insomnio y trajín hasta agotarla en su último día... Este año el prólogo lo escribió la Reina.

    Montada en caballo andaluz, vestida de negro, con el talle ajustado por la chaquetilla corta y la rubia cabeza ensombrecida por el sombrero cordobés, galopa delante de los toros esta amazona andaluza. Va junto a ella la infanta Luisa, que hostiga la jaca capona, de cola corta y rizosa crin, y no le falta a su silueta airosa ni la silla de línea blanca ni el pañuelo anudado al cuerpo para que la chaqueta no se desciña al galopar. Completan el cortejo doña Sol y la duquesa de la Victoria, el duque de Gor y un tropel de caballistas sevillanos, entre los que destaca Eugenio Luque, por su destreza, y Juan Antonio Jacobo y Pepe Naranjo, como los últimos conservadores de la tradición de la feria.

     Cruzan el puente de Guadaira, camino de los prados... Los caballos pasan de la quietud al galope, aguijoneados por la espuela, y un tirón de la rienda los vuelve a la quietud. Se distingue la Reina, porque brilla el pelo como brilla el trigo maduro, y la infanta Luisa se anuncia porque es la figura más campera entre la gente de campo.

     El inusual parangón entre la lectura de un libro y los preparativos de la feria de Sevilla coincide en esas noches en blanco, sin dormir, pensando en el final del libro o en el inicio de la feria que se desea disfrutar. 

      ABC es un periódico monárquico y su cronista ensalza a la reina. Con clase y con maestría: Traje corto negro que contrasta con su rubia cabeza. Cabeza ensombrecida con sombrero cordobés. La infanta monta un caballo capado, una jaca capona. Es manso. Lo mismo no lo sabe, pero hostiga a un animal tranquilo, porque lo han creado así. Lleva anudado un pañuelo al cuerpo para que la chaqueta no se abra al galopar. Corrochano distingue a la reina porque su cabello brilla como el trigo maduro. Las metáforas, las repeticiones plasman imágenes de un mundo donde casi no pasa nada, pero el cronista lo presenta/representa como un mundo de sensaciones.


ABC, 20 de abril de 1923. Detalle de la crónica de Corrochano

     En estos ejemplos, el hilo conductor es/fue Ignacio Sánchez Mejías, el polifacético mecenas de la Generación del 27. Corrochano, amigo del torero e intelectual, veía algo más que la figura desgarbada, grande para ser torero, y futuro héroe mitológico. Lo sigue y lo aprecia.

     -----     -----     -----     -----     -----

     Referencias consultadas:

     - ABC, 11 de agosto de 1919, página 17.

     - ABC, 18 de mayo de 1920, página 7.

     - ABC, 6 de agosto de 1920, página 16.

     - ABC. 20 de abril de 1923, página 7.


Breve satírico en The Times, 30-03-1919.





      31-07-2026 Actualizado... 9:22

El conocimiento a través de la alegoría platónica de la caverna

 


     Imaginemos un grupo de hombres. Por ejemplo, una cuadrilla taurina, encerrados en una plaza de toros ‘especial’ al estar cubierta y sin luz. La única luz que reciben viene por la salida de toriles, cuyo portón de salida a la plaza está cerrado.

     La cuadrilla está situada en el burladero contrario a esta salida. La altura del portón de toriles es similar a la estatura media de los hombres, lo cual hace que sólo les permite vislumbrar la lejanía de la salida de la plaza a través de un túnel. Ven algo parecido a pasos procesionales que son llevados por hombres, tal vez fieles, que no divisan. Conjuntos que no han visto nunca por su novedad y variedad. Figuras que están iluminadas por la luz de un faro cercano similar a un Sol más brillante o la Luna más llena. Además, en un palco permanece atrapada la banda municipal por su terrible armonía interpretativa. Su música se confunde con las rogativas de los orantes invisibles que portan las esculturas o procesiones.

     Los miembros de la cuadrilla ven sombras o reflejos de conjuntos procesionales y devotos. Reciben el eco de sus plegarias. Hace tiempo que no han visto nada parecido, porque nunca habían visto otra cosa, y creen que esta es la única realidad. La verdadera. Y que el eco de las plegarias es el sonido original de las mismas.

    El hombre que dirige la cuadrilla, el más valiente de su escalafón, fabuloso en el par de banderillas, que podría responder al nombre de Sócrates o de Ignacio, salta el burladero tras varios intentos, recorre el ruedo y se dirige hacia la salida de toriles que sobrepasa saltando con una garrocha que había preparado.

     La luz le ciega, le aturde. Sus ojos tardan en acostumbrarse a la nueva realidad. Vería, de esta manera, que las procesiones son llevadas por penitentes, que la luz viene de un faro cercano, que es noche cerrada. Ya ha salido de la plaza. Observa que el mundo no se circunscribe a la plaza de toros, que hay otra realidad y que quiere vivirla. Finalmente, se haría de día y el Sol saldría como la verdadera luz y causa de todo lo visible.

     Una vez convertido en conocedor de la realidad, pretende revelar todo el saber aprendido a sus compañeros de cuadrilla para convencerles de la posibilidad de abandonar el burladero. Perdería así la posibilidad de ver el Sol todos los días, de ver la realidad. De disfrutar de su existencia.

     Cuando vuelve a la plaza, que permanece en la oscuridad, sin tiempo, y con ese único espacio, su vista tardará en percibir por los efectos de la luz del lugar de donde procedía. Había perdido la forma anterior, no estaría habituado a ella. Los miembros de su cuadrilla, los componentes de la banda de música desconfiaran de su vuelta. Puede que no le entiendan, que piensen que está loco. Que lo consideren un enemigo.

         La alegoría de la caverna nos dice que más allá del portón, las cosas que vemos simbolizan el verdadero ser. Que las ideas y el Sol son o nos acercan a la idea de bien.

     El proceso por el que pasa la persona que abandona el recinto cerrado y sólo iluminado en la lejanía son los diversos grados de conocimiento hasta llegar a la realidad. Y que llegar a la realidad y a la luz del Sol permitirá o permitiría descubrir la vida en su dimensión espiritual.

     Según Alberto González Troyano, entre la segunda y tercera década del siglo XX, se dio una plenitud en dos ámbitos diferentes que confluyeron por su calidad en sinergias y atracciones mutuas: Literatura y Toreo.

     Se llegó a aceptar que el torero era también un creador, como lo era el creador literario, añadiendo el matador un componente trágico por definición. Las dos figuras que profundizaron esta senda fueron Juan Belmonte e Ignacio Sánchez Mejías. Rompieron con la ruda figura del taurómaco y compartieron salones con la vanguardia. En el caso de Belmonte, y su maleta de libros, buscaba ideas o respuestas a la razón del mundo en el que estaba metido. Además, quería hablar sobre él. Belmonte murió cuando iba a cumplir setenta años por suicidio.

     Más radical fue el caso de Ignacio Sánchez Mejías que fue recibido por la generación del 27 como igual y sin los resabios del 98 hacia los toreros. Radical porque rompía con las barreras del hombre unidimensional y porque quería conocer otras realidades para ser más completo espiritualmente.

     Sus retiradas y vueltas a los toros pueden ser aparentemente analizados como propio de un temperamento irreflexivo, pero responde tanto a la necesidad emocional o insatisfacción de cada momento como a la superación de los encasillamientos sociales establecidos.

     Cuando volvió a los ruedos en 1934, Juan Ferragut contó que había vuelto al toreo porque no estaba conforme con el torero que había sido antes. Reapareció un 16 de junio y falleció en la mañana del 13 de agosto de 1934 tras la cogida sufrida dos días antes en Manzanares. Federico García Lorca lo inmortalizó en Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Cuando se enteró que volvía a los ruedos, según cuenta Marcelle Auclair, dijo: “Ignacio me acaba de anunciar su propia muerte: vuelve a los toros”.[i]

     Sócrates fascinó con su palabra, pero se granjeó grandes enemistades. Murió en el 399 a. C. condenado por impiedad por no creer en los dioses y corromper a los más jóvenes. Sin embargo, a partir de Sócrates, la literatura y, especialmente, la filosofía griega marcó un rumbo irreversible de la mano de Platón y Aristóteles.

 

     Para saber más:

       REALE, G. y ANTISERI, D.: Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. Herder. Barcelona. 1988-2010. Sobre Sócrates, páginas 85-99; sobre Platón, páginas 119-154.

       AMORÓS, A. y FERNÁNDEZ, A.: Ignacio Sánchez Mejías, el hombre de la edad de Plata. Almuzara. Sant Andreu de la Barca. 2011.

       ArchivoMuseo Ignacio Sánchez Mejías. Calle Monjas 12, 13200 Manzanares. 926614056.

       GONZALEZ TROYANO, A: Teatro, vida y deseos en Ignacio Sánchez Mejías. Revista de Estudios Taurinos. Nº 11. Sevilla. 2000. Páginas 145-156. 


 

    



[i] Las referencias a Juan Ferragut y Marcelle Auclair han sido obtenidas en el libro de A. Amorós y A. Fernández Torres Ignacio Sánchez Mejías, el hombre de la Edad de Plata. Edición de bolsillo de Almuzara. Sant Andreu de la Barca. 2011.

Gregorio Corrochano, crónica literaria.

      ABC, 11-08-1919. Inicio de crónica de Corrochano           Uno de los aspectos más llamativos que observamos al escribir sobre cómo re...