Elegía República Española. Robert Motherwell. Flickr.
El 16 de julio de 1991 moría uno de los últimos representantes del expresionismo abstracto norteamericano. Robert Motherwell tenía 76 años y residía en el estado norteamericano de Massachusetts. Era conocido por sus estudios teóricos sobre las vanguardias, por sus inquietudes históricas y sociales y por su amor por el Mediterráneo y España. De la admiración o pasión por España son sus conocidas pinturas de la serie Elegías, entre ellas Elegía a la República Española.
En España pudo verse una retrospectiva en 1980 en la Fundación Juan March en Madrid y en el centro cultural de La Caixa de Pensions en Barcelona. Miquel Tapies, director en 1991 de la Fundación Tapies e hijo del pintor Antoni Tapies, recordó la amistad que el pintor americano tenía con su padre y la importancia e influencia que había tenido la serie de Elegías en la motivación de muchos jóvenes pintores.
Los años ochenta habían puesto de moda otra vez al pintor que tuvo inspiración en la contienda civil española. Se cree que parte de su inspiración vino de la famosa elegía Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Federico García Lorca, en la utilización de blancos, negros y ocres, y por una visión romántica, y tal vez ideológica, en el apoyo a los vencidos. Dijo que las Elegías respondían a su visión sobre el conflicto. Vio el preludio de la Segunda Guerra Mundial, donde los futuros bandos probaron sus armas.
Juan Manuel Bonet lo recuerda a su paso por Madrid en la primavera de 1980. Alberti escribió en este momento su poema Negro Motherwell, pero Bonet evocaba el azul ultramar de algunos de sus collages como Open. En aquellos días madrileños, contaba a sus admiradores su fervor por el último Cézanne, ya en su periodo vital en Aix-en-Provence, con la pintura como razón de ser. El crítico español recordaba sus obras, comenzando por sus negras Elegías, sus fulgurantes Samuráis, su visión de la caverna de Platón y, sobre todo, el azul de Open.
Fue con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, con 21 años, cuando Motherwell celebró su primera exposición en la galería Raymond Duncan de París. Comprometido con la situación española, con su guerra y posguerra, le dedicó muchos lienzos como Elegía a la República Española, Iberia, Muerte española...
El uso del negro es catalogado por sus biógrafos como un signo distintivo. Como una expresión de su sensibilidad trágica, con su alegría o su elegancia. El pintor consideraba que el negro era el color de España.
En 1972 ilustró el libro de poemas A la pintura de Rafael Alberti con sombrías aguatintas que confirman el negro, utilizado al mismo nivel que el amarillo, el púrpura o el blanco. Finalizamos con uno de los poemas de Alberti de este poemario que hemos podido leer en el Archivo Museo Sánchez Mejías, Al ropaje:
A ti, fino, ligero, desatado,
rizada delgadez trémula al viento;
si habitado del cuerpo, ceñimiento,
desceñimiento si deshabitado.
A ti, métrico, rígido, pausado,
llovida solidez sin movimiento;
si extática en acción, ordenamiento,
si acción movida, mar desordenado.
A ti, ágil seda, gasa, encaje, velo,
solmne lana, lino, terciopelo,
piel de la forma, hechizo de su hechura.
Cantan su ley los campos de tu escudo:
vestir de los vestidos el desnudo.
A ti, fiel tejedor de la Pintura.
Alberti/Motherwell. Homenaje a la pintura. Iberlibro
- Motherwell fallecía en julio de 1991 cuando se celebraban en El Escorial los cursos de verano, inaugurados por Rafael Alberti con unas palabras sobre Picasso. Alberti había pintado/diseñado el cartel anunciador de los actos académicos.
- Le Golfe-Juan, Antibes, Cannes, Roma
(1968-1972).-
Estamos viviendo a poquísimos
kilómetros de Mougins, …de Picasso… sólo para verle y yo… avanzar en un libro
de poemas que desde hace tiempo escribo para él. ¿Verle, he dicho? ¡Qué
calvario difícil! Pura ilusión. Aitana, que de nosotros es la más amiga de los
dos, llama por teléfono a Jacqueline… Llevamos aquí dieciséis días. En Le
Golfe-Juan. Todavía no es de noche. Aitana tiene que llamar de nuevo a
Jacqueline. Veremos si al fin «Pablo está de buen humor».
Entre el mal humor de Picasso... que no quiere ver a
nadie, que hay que llamar al anochecer, los Alberti esperaban o desesperaban medio mes en Le
Golfe-Juan… con cierto cansancio. Picasso tenía 87 años.
En esos días el poeta portuense leía varios
libros sobre Picasso, entre ellos la biografía que le había "dedicado"
Françoise Gilot. No le gustaba nada el mar que veía y le rodeaba durante esa espera por su
escaso oleaje ante una arena dócil de la playa. El verano soleado contribuía a la resignada paciencia.
Cuando al final consigue reunirse con Picasso, le
comenta que vive en Antibes, cerca de las antiguas murallas y en las proximidades del museo
del pintor. El museo se abrió en 1966, pero lo decoró y utilizó como estudio
Picasso desde 1946. Por esa cercanía, Picasso le dice que haga un agujero en
la pared y se lleve un cuadro. No era esa la intención de Alberti. Pretendía,
no se atrevió a tanto en un principio, que le regalara alguna obra.
No sé si alguna vez hemos escrito sobre
Demicheli. Hay un futbolista argentino (Málaga C. F.), Martín Demichelis, y un periodista hispanomexicano, Tulio Demicheli. Este último cuenta una aventura de Pemán y Rafael a cuenta de la eterna mala salud de
hierro de Franco. Hay una cita en esos años, 1968-1972, que es insinuante:
Un personaje rojo, una ondeante
llamarada, reavivada por el viento, aparece en el mar. Un penitente encapuchado
ardiendo. Semana Santa en Cádiz o en el Puerto. Llegando a la bahía, queda una
vela blanca y luego un mástil alto apuntado en la tarde a la primera estrella.
A Picasso, que nunca llegó a tomar
posesión como director del Museo del Prado y, por lo tanto, no fue destituido,
consigue sacarle su interés por el museo. Me gustaría ir por allá alguna vez
sólo para llevarme esas molduras fantásticas de los cuadros. Lo demás, no me
importa… (¡Ahí, los genios!). Ninguno de los antepasados le interesaba. Después de su obsesiva serie sobre Las Meninas de Velázquez en la década de 1950.
La impresión de Alberti al ver los últimos
y numerosos dibujos de Alberti es que son unos desnudos de líneas impecables y que tiene o cree que tiene obsesión por el erotismo. Con furia y frenesí, como animales deseosos, que
se muerden hasta la destrucción de los dientes. El poeta portuense tiene
sentimientos ambivalentes de admiración y tristeza por el hambre vital del
pintor.
Entre los recuerdos que evoca Picasso a sus invitados esta presente la tauromaquia en un niño que la vivió hasta los diez años en Málaga. Hay estudios que hemos leído sobre cómo conformó esa instintiva cultura sus inicios. Picasso le remata alguna conversación recordando que ambos son
andaluces. Uno, Picasso, con diez años, no volvió jamás a Andalucía. Alberti con catorce, hizo viajes
esporádicos y cortos. Ve en Picasso aquella claridad, locura, gracia, pasión,
arrebato, arbitrariedad, y esa chufla violenta de su infancia malagueña.
Alberti, como es obvio, esta marcado por el mar de la bahía gaditana.
Eso hace que el pintor malagueño no haya tomado mucho del
espíritu francés. Cuando llega algún visitante extranjero a su casa y se
encuentra hablando con un español, sigue en español, con la mirada perpleja del visitante que no entiende nada.
Tras un corto periodo de tiempo entre
Milán y Roma, Alberti volvió a Antibes y se sintió emocionado pensando que las picassianas
palomas del entorno le reconocen como suministrador de alimento cada mañana colombófila.
Vuelven las llamadas telefónicas. Ahora con las excusas
de Jacqueline o del servicio. Cree que Picasso si quiere verle, pero alrededor hay un muro que le protege. Hasta que ese muro infranqueable, como el de la
afección pulmonar juvenil que tuvo, cae; y Pablo le sonríe, fuerte como un
toro, con su gracia y la maravilla del genio.
Tras cinco meses, Alberti vuelve a Roma.
Le ha visto no más de tres veces por mes. Pablo insiste: tienes que volver y
nos veremos.
Antes de irse le dedica un ejemplar monumental
de poesía póstuma de Pierre Reverdy, Sables mouvants, acompañado de diez
brillantes aguatintas picassianas. La dedicatoria:
Para Rafael Alberti
(lo que es todo decir)
mi amigo (no hablemos)
mi primo y mi tío
su amigo y el mío
y que más que un montón
de abrazos novísimos y muy
viejos y además el cariño
de tu
Picasso
el 22-5-68
Picasso le dijo que no le hacía ningún
dibujo adicional, opcional o excepcional. La dedicatoria era más importante.
- Alberti, R.: Prosa II. Memorias. Edición de Robert Marrast. Seix Barral. Barcelona. 2009.
- Álvaro Martínez Novillo, Rafael Gámez, Jaime Esaín o Fátima Halcón han escrito, entre otros, sobre el ambiente taurino de la niñez de Picasso.
- Tulio Demicheli, ABC, 9-3-2009.
- Matizamos la reunión de Picasso y Alberti. Las dificultades existieron para reunirse con Picasso que estaba protegido por la familia y la gente a su servicio. Alberti declaró a Umberto Allemandi en Blanco y Negro el 26 de enero de 1977 que la primera vez que vio a Picasso fue en 1932, que luego tuvo otra ocasión cuando pintaba el "Guernica". Y que le ayudó para trabajar en París antes de marchar a América. Hay divergencias entre lo que cuenta de las veces que se reunió en Antibes y los datos complementarios- Recuerdos para La arboleda perdida- que su biógrafo Robert Marrast añade en La arboleda perdida. Robert Marrast cuenta esas tres veces por mes y en la entrevista de 1977 declara que le veía en Antibes todas las noches.
A mediados del Cinquecento
se llamaba poesías a las pinturas que deleitaban los sentidos, lejos de
interpretaciones con sentido simbólico o moral. Aunque hoy se ha limitado su significado
a la belleza expresada con la palabra en verso o prosa, en el ambiente humanista
del Renacimiento tenía un sentido más amplio.
Cuando Tiziano pintó seis cuadros para
Felipe II denominados poesías no pretendía acotar su obra al arte de la
pintura. Quería que su trabajo fuera semejante al del poeta al interpretar libremente
las fábulas mitológicas de los clásicos.
Vasari, al escribir sobre Giorgione y su
educación humanística, ante la escasez de datos que se conocían, y conocen, del
artista, relataba que tenía afición y gusto por la música como dato que podía
indicar un conocimiento culto que explicara la profundidad de sus pinturas. Su
discípulo Tiziano profundizó en ese conocimiento humanístico a través de la
pintura con la capacidad de interpretar otras artes con el color y la
naturalidad de sus pinceles.
El de Cadore mantuvo correspondencia con
un literato azote de los poderosos, Pietro Aretino, sirviendo sus armas,
literatura y pintura, para promocionarse mutuamente. Aretino le escribió en mayo
de 1544 una carta a Tiziano en la que describía un atardecer en su casa cercana
a Rialto, en Venecia, cuando el sol se torna tibio y su luz le evocaba la
pintura del pintor. Terminaba la carta diciendo:
“¡Oh,
Tiziano! ¿Dónde estáis ahora?”. A fe mía que, si vos hubierais retratado lo que
yo os cuento, habríais provocado en los hombres el asombro que me confundió a mí.
Tiziano gozó de tal fama en vida que
influyó definitivamente en la pintura europea. En la española, primero, tímidamente, ante el
dominio toscano romano de los Carducho y compañía, influenciados desde Italia por
Zuccari. Pero, más tarde, con Navarrete el Mudo y la llegada del cretense a
Toledo, tras su paso por Venecia y Roma, se fue abriendo un camino en el trabajaron
las embajadas diplomáticas de Rubens y la lectura velazqueña de todos ellos.
La literatura no fue ajena a la invasión
del color en la pintura española. La razón residía en la predilección de los reyes
de la dinastía austriaca por Tiziano y sus continuadores, que contribuyó a la
distribución de copias y estampas entre la población y las hizo populares. Es
conocida la afición de Felipe IV por la pintura y el teatro. Y es famoso un
entremés del actor más famoso de aquellos tiempos, Cosme Pérez y su heterónimo
artístico Juan Rana, donde salía a escena sujetando un marco, mientras simulaba
ser una pintura.
Hubo composiciones poéticas barrocas que
nos indican el prestigio de la pintura como una de las bellas artes:
Pedro Espinosa pide mediante un
soneto a Antonio Mohedano que pinte a su novia:
Pues son vuestros pinceles, Mohedano,
ministro del más vivo entendimiento,
almas que le dan vida al pensamiento
y lenguas con que habla vuestra mano
Góngora hizo un soneto en recuerdo de El
Greco:
Esta en forma elegante, oh peregrino,
De pórfido luciente dura llave
El pincel niega al mundo más süave,
Que dio espíritu a leño, vida a lino.
Lope de Vega manifestaba admiración por
Juan Bautista Maíno y Rubens:
Dos cosas
despertaron mis antojos,
extrajeras, no al alma, a los sentidos;
Marino, gran pintor de los oídos,
y Rubens, gran poeta de los ojos.
Sin duda, Quevedo expresó de manera más
definitiva el amor al arte de la pintura con la silva “Al Pincel”:
…Tuya es la gala, el precio y la belleza;
tú enmiendas de la muerte
la invidia, y restituyes ingenioso
cuanto borra cruel. Eres tan fuerte,
eres tan poderoso,
que en desprecio del Tiempo y de sus leyes,
y de la antigüedad ciega y escura,
del seno de la edad más apartada
restituyes los príncipes y reyes,
la ilustre majestad y la hermosura
que
huyó de la memoria sepultada…
…Los
Césares se fueron
a no volver; los reyes y monarcas
el postrer paso irrevocable dieron;
y, siendo ya desprecio de las Parcas,
en
manos de Protógenes y Apeles…
Evoca como le salva la pintura, junto a la
lectura y la escritura, en sus tiempos de destierro. Recuerda que Apeles fue el
pintor preferido de Alejandro Magno. Y Protógenes fue coetáneo a ambos. Continúa:
…Ya se
vio muchas veces,
¡oh pincel poderoso! en docta mano
mentir almas los lienzos de Ticiano...
Tiziano había fallecido en 1576 con la
consideración de uno de los grandes pintores del Renacimiento, era el pintor preferido
del César Carlos que pasa el nuevo Rubicón en el cuadro de la batalla de
Mühlberg, y asimilaba su relación con Tiziano con la de Apeles y Alejandro.
…Contigo Urbino y Ángel tales fueron,
que hasta sus pensamientos engendraron,
pues, cuando los pintaron,
vida y alma les dieron.
Y el famoso español que no hablaba,
por dar su voz al lienzo que pintaba…
De Urbino era Rafael, y el Ángel era Miguel Ángel
Buonarroti. El famoso español que no hablaba un español que había pasado por Italia, Juan Fernández de Navarrete el
Mudo, de quien decían que pintaba las personas con tal realismo que parecía que
estaban hablando.
Emulando a los poetas del Siglo de Oro, que
tanto admiraban, uno de los poetas que quiso ser pintor, Rafael Alberti,
escribió poesías a la pintura. Ya era la Edad de Plata.
Decía Castiglione que ser Apeles significaba
emplear en todas las cosas un cierto descuido que oculte el arte y haga que
aquello que se hace y se dice parezca realizarse sin esfuerzo y casi sin
pensar. Este digno descuido o sprezzatura se evidenciaba en la pintura del
más grande de los artistas, Tiziano.
Contaba Pepín Bello algo parecido de la
facilidad para la poesía de Rafael Alberti con respecto a Federico García Lorca
que elaboraba sus poesías con mayor tiempo de elaboración, independientemente de
la calidad conseguida, que eso es otro asunto.
Alberti rimaba con facilidad poemas propios
y de encargo. Bello Lasierra le pidió un poema para su novia Araceli Durán y Alberti
le regaló el poema Araceli, contenido en Cal y Canto,
que empieza así:
No sé si de arcángel
triste ya nevados
Los
copos sobre ti, de sus dos velas.
Si
de serios jazmines, por estelas
De
ojos dulces, celestes, resbalados…
En el Archivo Museo Ignacio Sánchez Mejías
está expuesto el original de Joselito en su gloria, poema pedido, y obligado a rimar
durante el encierro que Ignacio Sánchez Mejías sometió a su amigo el poeta. Como
la necesidad obligaba, el poema que apareció en El alba del alhelí decía
en su inicio:
Llora, Giraldilla mora,
Lágrimas
en tu pañuelo.
Mira
cómo sube al cielo
La
gracia toreadora…
Alberti escribió sobre el color o sobre
Goya; sobre sus inicios adolescentes en la pintura, cuando llega a Madrid
desde El Puerto de Santa María. Sobre el asombro por los colores claros, la vida que
tienen las pinturas, la piel de Venus, Tiziano, Tintoretto, Veronés y Rubens. La
hermosura mitológica y los colores venecianos.
El disfrute posterior ante Fra Angelico,
Rafael y Mantegna.
Y con Murillo, El Greco y Zurbarán. Hasta llegar a la cumbre
de Velázquez y Goya.
Son las sensaciones que le produjo la
visita juvenil al Museo del Prado. Sensaciones que casi todos los que visitamos por
primera vez durante la adolescencia la pinacoteca entenderemos y que, a
continuación, reproducimos:
“¡El Museo del Prado! ¡Dios mío! Yo tenía
pinares en los ojos y alta mar todavía
con un dolor de playas de amor en un costado,
cuando entré al cielo abierto del Museo del Prado.
¡Oh asombro! ¡Quién pensara que los viejos pintores
pintaron la Pintura con tan claros colores;
que de la vida hicieron una ventana abierta,
no una petrificada naturaleza muerta,
y que Venus fue nácar y jazmín trasparente,
no umbría, como yo creyera ingenuamente!
Perdida de los pinos y de la mar, mi mano
tropezaba los pinos y la mar de Tiziano,
claridades corpóreas jamás imaginadas,
por el pincel del viento desnudas y pintadas.
¿Por qué a mi adolescencia las antiguas figuras
le movieron el sueño misteriosas y oscuras?
Yo no sabía entonces que la vida tuviera
Tintoretto (verano), Veronés (primavera),
ni que las rubias Gracias de pecho enamorado
corrieran por las salas del Museo del Prado.
Las sirenas de Rubens, sus ninfas aldeanas
no eran las ruborosas deidades gaditanas
que por mis mares niños e infantiles florestas
nadaban virginales o bailaban honestas.
Mis recatados ojos agrestes y marinos
se hundieron en los blancos cuerpos grecolatinos.
Y me bañé de Adonis y Venus juntamente
y del líquido rostro de Narciso en la fuente.
Y -¡oh relámpago súbito!- sentí en la sangre mía
arder los litorales de la mitología,
abriéndome en los dioses que alumbró la Pintura
la Belleza su rosa, su clavel la Hermosura.
¡Oh celestial gorjeo! De rodillas, cautivo
del oro más piadoso y añil más pensativo,
caminé las estancias, los alados vergeles
del ángel que a Fra Angélico cortaba los pinceles.
Y comprendí que el alma de la forma era el sueño
de Mantegna, y la gracia, Rafael, y el diseño,
y oí desde tan métricas, armoniosas ventanas
mis andaluzas fuentes de aguas italianas.
Transido de aquel alba, de aquellas claridades,
triste «golfo de sombra», violentas oquedades
rasgadas por un óseo fulgor de calavera,
me ataron a los ímprobos tormentos de Ribera.
La miseria, el desgarro, la preñez, la fatiga,
el tracoma harapiento de la España mendiga,
el pincel como escoba, la luz como cuchillo
me azucaró la grácil abeja de Murillo.
De su célica, rústica, hacendosa, cromada
paleta golondrina María Inmaculada,
penetré al castigado fantasmal verdiseco
de la muerte y la vida subterránea del Greco.
Dejaba lo espantoso español más sombrío
por mis ojos la idea lancinante de un río
que clavara nocturno su espada corredora
contra el pecho elevado, naciente de la aurora.
Las cortinas del alba, los pliegues del celaje
colgaban sus clarísimos duros blancos al traje
del llanamente monje que Zurbarán humana
con el mismo fervor que el pan y la manzana.
¡Oh justo azul, oh nieve severa en lejanía,
trasparentada lumbre, de tan ardiente, fría!
La mano se hace brisa, aura sujeta el lino,
céfiro los colores y el pincel aire fino;
aura, céfiro, brisa, aire, y toda la sala
de Velázquez, pintura pintada por un ala.
¡Oh asombro! ¡Quién creyera que hasta los españoles