Cultura y sociedad

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Adiós, ríos; adiós, fontes.

 

Mujeres en el arte. Estampa. Reportaje de Emilio Fornet. Fotos: Montaña.


      Como le indiqué en cartas anteriores, el de la cultura es uno de los oficios más costosos y menos satisfactorios. Es la razón del ahorro y control del gasto en las dietas. Le recomendé los bocadillos de mortadela porque usted había cogido gusto a pasar facturas de Rías Baixas, Ribera del Duero y Rioja. Y no digamos cuando empezó a darme discursos sobre las cualidades de los envejecidos y caros vinos de Jerez VORS. 

     Por Bizum ha recibido en el día de hoy las dietas de los viajes de los dos últimos años con una bonificación especial por la dedicación que pone en los empeños de este humilde escribano.

     Le agradezco el detalle que tuvo de traerme la Antología bilingüe de Rosalía de Castro, tras pasar por su casa museo. Las anotaciones al margen de su dura vida, sus partos y su marido me han servido de gran información. 

     Manuel Murguía, luego, de alguna manera, utilizó su legado en la causa, merecida, del renacimiento cultural del galleguismo. Su viudo fue editor del fenómeno literario Rosalía de Castro. 

    Le recuerdo que Rosalía ya fue cantada por Amancio Prada en la década de 1970. Hoy que las efemérides citan a las escritoras, y uno no es de efemérides ni días de, se acuerda de Rosalía de Castro. Como de otras que no consiguieron publicar en vida, o bien lo hicieron con pseudónimo y aún hoy en día son rechazadas porque se tienen prejuicios al género literario o la autora, sea cual sea.  

    Como sé que no tuvo tiempo de leer a Rosalía de Castro, le adjunto fragmentos de una de las poesías más conocidas y el enlace a la versión que hizo Amancio Prada. La selección, por tanto, será la letra de la versión musical: 

    Adiós, ríos; adiós fontes;
adiós, regatos pequeños;
adiós, vista de meus ollos;
no sei cándo nos veremos.
     Miña terra, miña terra,
terra donde me eu criei, 
hortiña que quero tanto,
figueiriñas que prantei,
     prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento, 
paxariños piadores,
casiña do meu contento.
     Muíño dos castañares, 
noites craras de luar, 
campaniñas trimbadoras
da igrexiña do lugar,
     amoriñas das silveiras
que eu lle daba ó meu amor,
camiñinos antre o millo,
¡adiós, para sempre adiós!
     ¡Adiós, groria! ¡Adiós, contento!
¡Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conoÇo
por un mundo que non vin!
    Deixo amigos por estraños, 
deixo, en fin, canto ben quero...
¡quén pudera non deixar...!
     Adiós, adiós, que me vou, 
herbiñas de camposanto
donde meu pai se enterrou, 
herbiñas que biquei tanto,
terriña que vos criou.
     Xa se oien lonxe, moi lonxe
as campanas de Pomar;
para min, ¡ai!, coitadiño, 
nunca máis han de tocar.
     Xa se oien lonxe, máis lonxe...
cada balada é un dolor;
voume soio, sin arrimo...
Miña terra, ¡adiós! ¡adiós!
     ¡Adiós, tamen, queridiña...!
¡Adiós por sempre, quizais...!
Dígoche este adiós chorando
desde a beiriña do mar.
     Non me olvides, queridiña, 
sin morro de soidás
tantas légoas mar adentro...
     ¡Miña casiña!, ¡meu lar!

     


     No olvide que Alfonso X el Sabio escribió las Cantigas en galaico-portugués porque era la lengua tradicional de la lírica y vivió parte de su juventud en esa tierra. Tampoco obviemos que unos gallegos, Golpes bajos, cantaban en los años ochenta de la movida Malos tiempos para la lírica, signo del finito futuro de los poetas. 

     No, no acabo la carta. Creo que es de justicia añadir a otra poeta. Rosalía muere en 1885 por un cáncer de útero y cuarenta y tres años después (1928) publica su segundo poemario Concha Méndez, Surtidor, un libro pionero, vanguardista, que plasma el nuevo universo abierto a la mujer moderna del primer tercio del siglo XX. Gran amante de los deportes, se ofrece aquí un pequeño poema llamado Nadadora:

     Mis brazos:
los remos.
     La quilla:
mi cuerpo.
     Timón:
mi pensamiento.
     (Si fuera sirena, 
mis cantos
serían mis versos).

     No. No es cuestión de efemérides. La razón es otra. Se motivó el interés al ver que la revista Estampa, que en marzo de 1934 publicaba reportajes con el título Mujeres en el arte. Al pasar las páginas, cuando cayeron en las manos de quien escribe estas letras, surgían los nombres de la pintora e ilustradora de revistas literarias Norah Borges, las escritoras Consuelo Valcárcel y Rosa Chacel y las pintoras Delhy Tejero, Rosario Velasco y Maruja Mallo.

     Lea, escriba, viaje, piense, hable... Sea paciente y, cuando quiera huir de la realidad, lea poesía. Aunque, como en los años ochenta, sigan siendo malos tiempos para la lírica. 

     19 de octubre de 2026. Tierras del Azuer.





     Referencias:

     CONCHA MÉNDEZ: Surtidor. Cuaderno de vigía. Madrid-Granada. 2018. Prólogo de Nieves Muriel.

      ROSALÍA DE CASTRO: Antología bilingüe. Introducción de Xesús Alonso Montero. Fundación Rosalía de Castro. Centro de Estudios Rosalianos. 2009. 

      Estampa. Revista ilustrada fundada por Luis Montiel. 17 y 24 de marzo de 1934.



19-10-2026 22:54 actualizado... 21-10-2026 7:47.



Visiones históricas de Las Hurdes: Luis de Hoyos Sáinz, 1922_2

 

En Las Hurdes, Bagaria, EL SOL, 18-06-1922.


       Bagaría dibujó el 18 de junio de 1922 a unos hurdanos que decían: 

     - Mañana vienen muchos políticos.

     - Qué, ¿y se van a quedar aquí?

     No lo quiera Dios. ¡Era lo único que nos faltaba!

    

     Luis de Hoyos Sainz (Madrid, 1868-1951) fue un geógrafo, antropólogo, etnógrafo y folclorista que escribía artículos sobre agronomía en El Sol. Como había conocido la situación de Las Hurdes con anterioridad al viaje de junio de 1922 del rey Alfonso XIII, acompañado por Gregorio Marañón, escribió dos artículos en el citado periódico sobre sus conocimientos del lugar los días 15 y 17 de junio de 1922.

     No se establecerán paralelismos entre el mundo y la vida de hace cien años y el actual. Pero llama la atención que un representante político del territorio tuvo que enviar un comunicado a la prensa cuando se preparaba el viaje del rey a Las Hurdes en el que explicaba, puede que sin una petición previa, que sí, que iba al territorio de su circunscripción para saber cómo vivían sus habitantes.

     También es necesario comentar que cuando se escribió acerca de la visión de Las Hurdes de Concha Méndez, no se citó que su artículo en la prensa mexicana, como había sido una obra de 1947, estaba escrito con el conocimiento de todo lo ocurrido con el viaje real de 1922 y, once años después, el documental del director surrealista Luis Buñuel, durante un tiempo su pareja, Las Hurdes, tierra sin pan (1933).

     Hoyos quería poner sordina al desinterés oficial, para después ser muy descriptivo. Decía que el caso de Las Hurdes era una cruz en el paraíso español que representaba un mal endémico agudizado y con necesidad perentoria de ayuda para una concentración de personas que morían de pobreza fisiológica en un territorio latifundista de escaso rendimiento. Estaban abandonados por la Administración española, que no había llevado allí la cultura, ni la higiene o las comunicaciones y la protección social.

     Las Hurdes eran un tema de conocimiento histórico, de literatura descriptiva y estudio geográfico. Sin embargo, no preocupaba al gobernante, ni era causa de protesta nacional.

     La región natural era más amplia que la humana y social, y no todos los ayuntamientos se consideraban en la misma situación dentro de la zona de problemática hurdana. 

     En esta región natural había tres zonas: una, liberada y habitable: la margen derecha del río de los Ángeles; otra, liberable con ayuda estatal: la margen izquierda del río y las vegas y lomas que formaban el tercio inferior de Pino Franqueado, los pueblos de camino Morisco y los valles bajos de los ríos Hurdano y Malo, desde Vegas de Coria en el primero y El Cabezo en el último; y la zona alta de la serranía y escarpes, que era un terreno inhabitable porque no servía para el cultivo agrícola y ganadero, siendo muy difícil la plantación de arbolado. Hoyos, con los conocimientos de 1922, no veía posible la minería o industrias hidráulicas. Definía esta tierra como estéril.

     Más de la mitad de la tierra hurdana no tenía suelo vegetal. Los valles carecían de vegas, porque eran remansos y recodos de los ríos. Además, estaban elevados y rellenados de tierra. Las Hurdes quedaron en la conformación geológica del suelo extremeño con escasez de todos los elementos de la fertilidad.

     En los cultivos existentes, el trigo no entraba en las rotaciones hurdanas. Algún tipo de centeno. Habichuelas y altramuces en las legumbres, a las que se añadían los nabos y las patatas. Algún olivo y alguna higuera salvaban los cultivos arbóreos en los que iban desapareciendo los castaños envejecidos. Era el culmen de la improductividad dentro del territorio cacereño. No se tenían datos de producción. Al recorrer el terreno, se apreciaba que, en las casas o guaridas de sus habitantes, no había graneros ni almacenes, ni arcas ni costales donde guardar la cosecha. La escasa cosecha existente se acababa al poco tiempo, de forma tan rápida, que el Catastro no llegaba a valorar su riqueza.

     Una región montañosa, propicia para la ganadería, que no tenía ganados. No había censo pecuario o, si lo había, era de escaso valor. No había ganado vacuno para trabajo ni para conseguir renta con él. A la falta de vacuno se unía la falta de cría caballar o mular. Había algún ganado ovino en las cercanías de Alagón y algunas cabras de muy escaso rendimiento y entidad. El ganado porcino se compraba en un mínimo ejemplar para uso familiar, no para criarlo, por falta de medios para su mantenimiento y reproducción.

     En Las Hurdes, toda labor de civilización estaba sin realizar. Hoyos citaba al entusiasta diputado conde de Romilla porque no había epígrafe de los presupuestos que no fuera necesario pedir para que se civilizara la tierra hurdana. Todo estaba por hacer en un territorio donde el Estado estaba presente únicamente por la Guardia Civil y los recaudadores de impuestos.

     Había que gastar dinero y había que repartirlo para salvar la tierra que mejorara la calidad de vida de sus habitantes. Invertir dinero en la mejora de caminos empezados que, por falta de recursos, no se habían acabado.

     La Junta de Colonización existente en 1922 tenía una gran obra por hacer, actuando como si no estuvieran pobladas. Se necesitaban casas, escuelas, fuentes para una zona de España que parecía separada del resto del Estado. Era preciso tomar medidas que mejoraran los valles y laderas desnudas. Era vital que se plantaran árboles donde el cultivo era difícil. Que los agrónomos, en fin, repartieran aperos, semillas, abonos, ganados y sementales que tuvieran futuro con planos y estudios de renovación agropecuaria. Eso sí, con más cordialidad y espíritu misionero que un simple frío consejo, para acabar con la visión pintoresca, pero trágica, de la leyenda de esos lares. 

     Dentro de la despoblación cacereña de 1922, que era cercana a 20 habitantes por kilómetro cuadrado, la población de Las Hurdes era variable, pero en algunas zonas mayor a la media.

     Hoyos criticaba las leyendas y fantasías sobre la existencia de una raza perdida en la comarca hurdana. Ni la antropología ni la etnografía podían sustentarla. Eran extremeños a los que el medio y la miseria afectaron. La talla y el peso se habían reducido y se habían visto afectados por degeneraciones y atavismos. Hoyos definía los casos de poca estatura y peso de los habitantes de Las Hurdes como dominantes, pero no únicos. Es cierto que había una abundancia de casos de enanismo, acondroplasia y cretinismo, con una edad de desarrollo fisiológico retrasada respecto a la cronología habitual.


El Sol, 16 de junio de 1922.

     Con los conocimientos de 1922, Luis de Hoyos manifestaba que no era lo material y físico lo más reducido de este pueblo atrasado. Había una especie de retraso o impotencia mental que impedía hacer un mínimo análisis psicológico y tampoco ético en valores aceptados ya en esa época. Postulaba una intervención por medio de los párrocos rurales por la obediencia que tenían sus habitantes en ellos, para que ayudasen en la regeneración de los hurdanos.

     Era la situación de un pueblo natural pobre que había perdido las actividades que en su día tuvo y no alcanzó las novedades que la civilización aportaba. Los antropólogos preparaban cuestionarios para establecer concomitancias con otras sociedades. Su escasa indumentaria era más simple que la de los pueblos nómadas. Sus ropajes se creaban de restos de otras zonas, pareciendo en algunos casos a la del pordiosero. Su vida en invierno era mantenida por la salida a trabajar en otros lugares con motivo de la siega o la recogida de la aceituna.

     Hoyos recordaba a Joaquín Costa al decir que eran básicas la despensa y la escuela para Las Hurdes. La urgencia hacía que esta propuesta se quedara coja al necesitar la sanidad. El paludismo ya había sido estudiado y diagnosticado. Sin embargo, pensar solamente en los medios sanitarios e higiénicos también era una solución escasa. Había que pensar en mejorar el medio, la tierra, para que pudieran vivir en ella y de ella.

     Por tanto, había que partir de la creación de la sanidad, para servir de base a la cultura y al trabajo. Médicos y maestros. Maestros misioneros que fueran más del pueblo que de niños. Maestros especiales y superiores por corazón y cultura. Maestros que fueran guías activos y dinámicos de la gente. Docentes que despertaran sus almas antes que enseñarles a leer. Pedía Hoyos que los maestros que se encontraban en 1922 fueran sustituidos. Solamente encontraron tres. Serían sustituidos para la necesaria regeneración de Las Hurdes. Las escuelas no podían ser únicamente salas de clase. Debían ser cantina, ropero, asilo, hospicio y casa de alumnos. Los niños debían ser salvados de las alquerías. Debían ser nutridos y educados. Necesitaban pan y abrigo antes que gramática y cuentas.

      La escuela de Las Hurdes, propuesta final de Hoyos, debía ser obra de la higiene y la cultura. Médico y maestro. Allí, donde había faltado su patria. 

 

  

Visión geográfica de Las Hurdes. El Sol, 22-06-1922.

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     Referencias consultadas:

-        https://historia-hispanica.rah.es/biografias/22846-luis-de-hoyos-sainz

-        ELSOL, Madrid, artículos-reportajes sobre Las Hurdes publicados el 14 y el 16 de junio de 1922.

-       Visiones históricas de Las Hurdes: Concha Méndez_1




8-10-2026, 23:14, actualizado... 10-10-2026, 21:37.

Visiones históricas de Las Hurdes_1: Concha Méndez.

      

          

Concha Méndez con Altolaguirre, Prados y Dalí. Torremolinos. Wikimedia




     Nos proponemos dar dos o tres visiones sobre cómo veían Las Hurdes la intelectualidad, la clase política o la burguesía ilustrada del primer tercio del siglo XX. 

     Todo esto empezó por varios motivos. Cuando estudiamos cine, una de las secciones o materias fuertes es el cine de Luis Buñuel. De sus películas, se destaca el documental que realiza sobre Las Hurdes, tierra sin pan, en 1933.

      También, al buscar documentación sobre el Concurso de cante jondo de 1922, nos encontramos con referencias periodísticas que hacían mención a la visita de Alfonso XIII a Las Hurdes, acompañado de intelectuales y científicos, entre ellos Gregorio Marañón.

      Luego, Gloria nos enseñó un libro sobre Concha Méndez que cuenta sus memorias en conversación con su nieta, Paloma Ulacia Altolaguirre. En ese libro viene un ensayo sobre una visita que hace Concha Méndez, perteneciente a esa burguesía liberal del primer tercio del siglo XX, a Las Hurdes, con su doncella y en fechas anteriores a la visita de Alfonso XIII, o al menos eso creemos. El libro está en la biblioteca del Archivo Museo Sánchez Mejías.

     Finalmente, leímos un artículo en el que se relataban las enfermedades que se observaban en los habitantes de Las Hurdes en los inicios del siglo XX. Y allí se describía el bocio y el cretinismo. Comenzaremos en primer lugar por Concha Méndez, joven poeta de la generación del 27.

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     Concha Méndez fue una literata del siglo XX que ha sido considerada miembro de la Generación del 27. Mujer independiente, se distinguió antes de 1930 por el poemario Surtidor. Estuvo casada con Manuel Altolaguirre, poeta e impresor del 27 malagueño. Ellos animaron el mundillo intelectual de aquellos años con sus revistas y publicaciones o con productivas estancias en Gran Bretaña. Marcharon al exilio con la Guerra Civil, viviendo en Cuba y México. Pero ahora nos interesa otra vivencia de Concha. 

     Concha tenía en el servicio de su familia a una mujer que procedía del pueblo de Casillas, en la comarca extremeña de Las Hurdes. En la prensa de la época se hablaba del lugar y sus habitantes. Ella pensaba que era una recreación o invención de los medios. La realidad que vio fue superior a lo que esperaba.

     Con el permiso familiar por su juventud, había nacido en 1898, marchó a su particular viaje iniciático para ver las fiestas del pueblo de su doncella. El inicio del viaje se hizo a través de Ávila, de la que recordaba sus murallas, conventos y santa Teresa. Tras dormir en un pueblo de olvidado nombre, la familia de su doncella fue encargada de llevarles hasta Casillas. Sin carreteras, recorrieron caminos duros y enrevesados que atravesaban fincas de la aristocracia española. Los pinos resineros inundaban los cotos de la nobleza. Méndez sentía el contraste entre el lujo de las casas aristocráticas y las chozas de los resineros.

      Así era Casillas, un pequeño y pobre pueblo de la falda de la montaña, con una calle principal con plaza junto a un pequeño arroyo. Concha observó la corta estatura de los paisanos que descuartizaban un animal y su triste ropa. 

     Los niños más pequeños salieron a saludarlos. A ellos se unió el resto del pueblo. Gentes vestidas de harapos, tan mal alimentadas que sufrían malformaciones y enfermedades: bocio, cataratas y predominio de raquitismo. Pronunciaban unos sonidos extraños, unos gritos diferentes ante la persona nueva que les visitaba. 

     Vivían en cuevas perforadas en la montaña. Méndez recordaba las madrigueras de los animales. Tenía ese recuerdo, salvo por una pequeña puerta y un ventanuco rústico. El interior era sofocante por los bajos techos, que se iniciaban por el zaguán, donde dominaba la hoguera y una cama bajo la pequeña ventana. Había otra habitación oscura, utilizada como dormitorio, sin ventilación y llena de humedad. 

      Concha percibió un olor a sudor húmedo. En una de esas habitaciones pasaría los días de fiesta del pueblo. Las gentes del pueblo le preguntaban por sus familiares de Madrid como si ella los conociera, pues pensaban que la capital era solamente un poco más grande que su pueblo. Las conversaciones de los paisanos alternaban las palabras con las risas y el recelo durante la escucha.

      Su miseria le causaba cierto pavor y, al mismo tiempo, reconocía su buen corazón. Al empezar las fiestas, se engalanaron las ropas, se afeitaron los hombres, dejando ese aspecto tan terrible que había observado al principio.

      Después del desayuno recorrieron las diminutas propiedades de estos habitantes en medio de una abigarrada vegetación desaprovechada. No había frutales, no había cereales. En el campo vieron una pareja de pequeño tamaño. Unos novios de menos de treinta años, que en principio pensó que eran adolescentes, pero al acercarse vio sus caras macilentas y míseras. 

     El día de la gran fiesta hubo baile en la pequeña plaza del pueblo. Una orquesta de bandurrias, gaitas y tambores animaba a otros paisanos que sujetaban unas antorchas. Era el momento de mayor animación del año. Los trajes de las mujeres recordaron a Concha por su vistosidad a las flores de un soñado jardín, que permaneció en su memoria toda su vida. Tras el rondó musical, se retiraron a sus cuevas la mayoría de los paisanos y quedaron los más jóvenes, que iban a rondar a las mozas del pueblo. Bajo su ventana, unos jóvenes le dedicaron con sus guitarras unas seguidillas deliciosas para Méndez. Creaban de esta manera su propia cultura que amenizaron hasta el amanecer. Concha lanzó unas monedas para que se tomaran algo, aunque no supo dónde.

     A Concha y su doncella les invitó el cura del pueblo, que pidió que le visitaran. El maestro no les invitó porque allí no había escuela. Estaban olvidados por el gobierno, las clases aristocráticas y la monarquía de la Restauración.

     Algunos mozos emigraban buscando mejor vida, pero su debilidad física les impedía competir con otros hombres mejor alimentados y cuidados. Tenían incluso complejo de inferioridad.

      El recuerdo de Méndez al volver a la ciudad y a su buena vida le hizo que no dejara de pensar en la situación de aquellas pobres personas, ajenas a la civilización, pero impregnadas de una cierta lírica, que les hacía olvidar con sus canciones la vida mísera que llevaban. Esa sensibilidad le hizo desear volver en otra ocasión. Pero la vida y sus circunstancias personales provocaron que Concha no volviese nunca.

     Hemos realizado una síntesis de un artículo que Concha Méndez escribió en Previsión y seguridad. Almanaque para el taller, el hogar y el campo mexicano, edición de Manuel Barragán, Compañía Fundadora de Fierro y Acero de Monterrey, S. A., 1947. En este artículo escribía sobre su recuerdo de un viaje juvenil a Las Hurdes. 

Nodriza hurdana con traje de gala. 1911. Biblioteca Digital Castilla y León.



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     Referencias consultadas:

     - PALOMA ULACIA ALTOLAGUIRRE: Memorias habladas, memorias armadas. Renacimiento. Biblioteca del exilio. Sevilla. 2018. Presentación de María Zambrano. Nota 25 de agosto de 2026 en Archivo Museo Sánchez Mejías.




14-09-2026 7:24 Actualizado... 23-09-2026 11:03

Sobre la maternidad y la pérdida.

 

Fuente: The Conversation


     Aunque no hemos leído ni visto la adaptación al cine de la novela Hamnet, el tema que tratan Auba Llompart y Gisela Rovira nos lleva a otros artículos/libros leídos en el último año, circunstancia que ha hecho que reflexionemos sobre el tema que escriben. Así que hemos tirado del siguiente hilo.

    Chloé Zhao ha dirigido una película sobre el guion escrito por Maggie O’Farrel de su novela Hamnet. La autora habla de un tema difícil sobre el que pocas veces se habla: la muerte infantil. La película pretende que el espectador sienta el dolor de la madre casi en primera persona. Una tragedia que afecta a toda la familia y redefine la psique materna. Llompart y Rovira nos cuentan que la madre es un espíritu libre, con una vida independiente junto al doméstico papel de esposa. Esa libertad se rompe por la muerte del hijo y sufre un duelo profundo con sentimiento de culpabilidad al ver que la sociedad espera su control total de la maternidad, que incluye adivinar o prevenir su desaparición. El duelo y sus fases son presentados: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. El tiempo se suspende y la madre se consume.

    Y la forma de afrontarlo varía. Por no estar acompañada de su pareja, que no soporta la situación y se marcha. Está ausente físicamente. La madre, por tanto, debe superar el grueso de la culpa y la carga emocional, siendo dos procesos distintos de duelo[1]. Vamos a una situación distinta de esta muerte infantil:

    Sara Mesa es una escritora sevillana que trata en Mármol, uno de los cuentos de Mala letra (2016), la desmitificación ideal de la infancia y adolescencia narrada desde una voz adulta que recuerda el impacto que les causó en la infancia la muerte de un amigo adolescente de su hermana mayor por suicidio. La forma en la que reaccionan los niños y cómo lo hacen sus docentes. La reacción va desde la empatía a la frialdad. Hay, también, una creencia infantil de que únicamente se suicidan los mayores. Y la vida es vista de forma distinta, sí. Para un niño, la vida parece no tener límite. O, al mismo tiempo, aprecian una actuación represora en los adultos ante estos sucesos. Los niños se enfrentan a situaciones a las que no están preparados, pero son coyunturas  que no pueden o no saben obviar.

Fuente: Editorial Anagrama


     Vamos con otra perspectiva: Ernestina de Champourcín se sintió sola a su vuelta definitiva a Madrid en 1977, porque había tenido una intensa vida en la capital desde finales de los años 20 hasta la guerra y porque, en esa vida relacionada con el Lyceum Club de Madrid, sirvió de nexo de unión entre Concha Méndez y Carmen Conde, que estuvieron unidas en una maternidad perdida. Sobre la maternidad también escribió Ernestina. Con Maternidad (Cántico inútil, 1936), Ernestina de Champourcín publica unos versos, tras dos años enferma[2], y conociendo lo que habían pasado sus amigas, que dicen:

Hijo tuyo…

Silencio de mi carne sellada

Eternidad sin muerte.

Solo yo sé su nombre.

Un nombre que no existe

Y palpita en la oscura tentación de

Mis venas,

Un nombre impetuoso que levanta

Mi sangre

Con sístoles de fuego.

 

Verdad limpia, sin roces.

Nadie hollará su frente

Con un turbio rocío de insólitas

Palabras,

Nadie herirá su pecho

Ni podrá torpemente mancharle el

Corazón.

 

Hijo nuestro. Pureza de todo lo

Imposible.

¡Qué grávida dulzura aquieta mi

Regazo!

 

     Ernestina de Champourcín no tuvo hijos. Ejerció ese hilo conector entre Concha Méndez y Carmen Conde. Ambas sufrieron la muerte de un descendiente. Y reflejaron en alguna de sus poesías la desaparición del mismo. Concha Méndez y Ernestina se conocían del Lyceum Club, donde Champourcín ejerció de secretaria. Ernestina aparecía junto a Josefina de la Torre en la antología de poesía española de 1934 de Gerardo Diego, que sentó el canon de la generación del 27. Concha Méndez, Ernestina de Champourcín y Carmen Conde tuvieron de guía poético a Juan Ramón Jiménez. Concha, con Manuel Altolaguirre, tuvieron una labor editora/impresora importantísima en las vanguardias. En la revista Héroe (núm. 3) publicaron un poema de Ernestina.



     Carmen Conde se sitúa en cierto modo en la periferia o al margen de la vida madrileña. Había publicado por medio de Juan Ramón Jiménez antes de Brocal (1929), y desde 1931 crea con su esposo la Universidad Popular en Cartagena que seguía el modelo de la Universidad de Segovia de Antonio Machado. Carmen Conde se cartea con Ernestina de Champourcín, como comparten la admiración y amistad con Juan Ramón Jiménez. Y Ernestina oficia de cicerone en el Lyceum Club con Carmen.

Concha Méndez. Wikipedia

     Carmen perdió una niña. Concha perdió un niño. Ambas en 1933. Y se plasmó en su escritura. Aparece el tema de la maternidad enlutada como representación íntima del dolor de la mujer. Concha Méndez, mediante la poesía, hace que madre e hijo vuelvan a encontrarse:

Ya tiene la tierra algo

que fue mío nueve lunas

(arbolillo nuevo

sin ramas ni fruta).

Brotó en mañana florida

de esperanzas y de luchas

(no pudo ver el sol

y no vio la luna).

El ángel que lo guardaba

se durmió en la noche oscura

(mi arbolillo nuevo

tuvo triste cuna...)

    

     También, en otro poema de Méndez, convierte a su corazón en la cuna del niño desaparecido, siendo un nuevo corazón:

Se desprendió mi sangre para

formar tu cuerpo.

Se repartió mi alma para formar

tu alma.

y fueron nueve lunas y fue toda

una angustia

de días sin reposo y noches

desveladas.

Y fue en la hora de verte que te

perdí sin verte.

¿De qué color tus ojos, tu cabello,

tu sombra?

Mi corazón que es cuna que en

secreto te guarda,

porque sabe que fuiste y te llevó

en la vida,

te seguirá meciendo hasta el fin

de mis horas.

 

     Carmen Conde publicó mucho más tarde Derramen su sangre las sombras (1983), cincuenta años de la pérdida maternal, aunque fue escrito en 1933, salvo su tercera parte. El poemario se compone de tres partes: La espera,17 poemas de Carmen más dos de su esposo, con la maternidad venidera en el cuerpo femenino; El desencanto, 12 poemas; y Mucho después, 2.

     Sobre La espera:

Voy ausentándome de mí.

Poco a poco, el lastre de ensueño

cede

su sitio a la realidad doble

que es mi vida en transcurso.

¡Otro ser dentro de mi carne

fragua su carne, su piel,

su corazón diminuto, mi estrella!

Asisto a la escisión silenciosa

con pasmo anhelante, con gozo

nuevo de verme en otros ojos

míos,

de mis ojos hechos,

de mi sangre coloreados,

ay, de toda cuanta soy. 

Día por día el latido

es golpe que me recuerda,

urgente,

valor que no tengo,

heroísmo que nunca soñé. 

Y temo por el que estoy creando

en convenido misterio

dentro de mi soledad sin orillas

cerca de mi corazón, su estrella. (31-07-1933)

 

     Sobre El desencanto, cuando descubre la pérdida de la hija y su cuerpo se convierte ahora, entonces, en una tumba, habiendo sido cuerpo creador:

Dentro de mí, muerta.

Mía viva a lo ancho de los meses

y al nacer para los otros,

muerta. 

Si yo hubiese sabido eso,

ni un esfuerzo habría hecho

para sacarte fuera de mí.

Contigo, hija que no conozco,

contigo y con tu silencio;

con tus ojos cerrados,

con tu garganta sin voz

me hubiera muerto (17-10-1933).

 

      Es la maternidad en duelo. Nacer y morir al salir al mundo. El cuerpo femenino aparece de forma distinta al canon clásico, masculino y erotizante. Y nos recuerda los dramas de los años treinta de García Lorca. Carmen Conde, Concha Méndez y Ernestina de Champourcín escribieron, por tanto, de un tema rupturista para la mentalidad de la época, la maternidad enlutada. Un tema de experiencia íntima, de dolor femenino por la ausencia de su recién nacido, sin caer en sentimentalismos.

Carmen Conde. Fuente: Goodreads.





[2] BALLÓ, T.: Las sinsombrero. Espasa. Barcelona. 2016-2017. Páginas 229-250. (27-5-2025 Archivo Museo Sánchez Mejías)



6-2-2026 19:53 Actualizando 7-02-26 19:29

La revista "1616"

      

Soneto XI Garcilaso traducido por Drummond, 1616. Copia personal

     En junio de 1932 Concha Méndez y Manuel Altolaguirre se casaron. A su boda acudió lo más granado de la intelectualidad madrileña de la época. 

    Un año más tarde, en octubre de 1933, con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios Altolaguirre y Méndez marcharon a Londres— la carta de méritos para ser becario dirigida a la JAE está publicada en el epistolario de Manuel Altolaguirre (editado por James Valender), la cual leímos en octubre de 2022 en el Archivo Museo Ignacio Sánchez Mejías—. Unos meses antes habían perdido el primer hijo que esperaban. 

    Durante su estancia británica publicaron la revista 1616, por el recuerdo tradicionalmente aceptado del año en que mueren Cervantes y Shakespeare. Se editaron diez números en inglés y español, pero hoy en día se recuerda en muy pocas biografías de Méndez y Altolaguirre. La excepción puede ser el hispanista británico que vive en México, James Valender. 

     No fueron los autores del Quijote y Hamlet los que aparecieron en las páginas de esta revista. Del Renacimiento y Barroco surgió uno de los poetas apreciados por Altolaguirre: Garcilaso de la Vega (1501?-1536).

    En su número dos aparecen tres sonetos del toledano y la traducción que hizo otro poeta inglés renacentista: William Drummond of Hawthornden (1585-1649). Uno de ellos fue el soneto XI:

 SONETO XI
HERMOSAS ninfas, que en el río metidas
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas
y en colunas de vidrio sostenidas;
agora estéis labrando embebecidas
o tejiendo las telas delicadas,
agora unas con otras apartadas,
contándoos los amores y las vidas;
dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho según ando;
que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando
podréis allá de espacio consolarme.

     En el número tres ofrecían ya traducidos al inglés unos versos de Lope de Vega, San Juan de la Cruz era traducido en el número cuatro con su Llama de amor viva, The living flame of love.

     En el número cinco aparecía el Adonais de Shelley. Unos versos de La Diana de Jorge de Montemayor en el 8:

 What changes here, o haire,
I see, since I saw you!
How ill fits you this greene to weare,
for hope the colour due!
Indeed, I well did hope,
though hope were mixte with feare,
no other shepheard should have scope
once to approch this heere.

 

 (Cabellos, ¡cuánta mudanza
he visto después que os vi,
y cuan mal parece ahí
esa color de esperanza!
Bien pensaba yo, cabellos,
aunque con algún temor,
que no fuera otro pastor
digno de verse cabe ellos)

 

     Méndez y Altolaguirre apreciaban a los clásicos y los publicaron junto a sus contemporáneos. Aleixandre, Alberti, García Lorca y Cernuda aparecieron también en los diez números publicados entre 1934 y 1935. Manuel Altolaguirre fue, además, autor de una biografía de Garcilaso de la Vega.


Adonais de Shelley, 1616. copia personal.


   






 


















 


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