Cultura y sociedad

Mostrando entradas con la etiqueta Las Hurdes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Las Hurdes. Mostrar todas las entradas

Visiones históricas de Las Hurdes: Luis de Hoyos Sáinz, 1922_2

 

En Las Hurdes, Bagaria, EL SOL, 18-06-1922.


       Bagaría dibujó el 18 de junio de 1922 a unos hurdanos que decían: 

     - Mañana vienen muchos políticos.

     - Qué, ¿y se van a quedar aquí?

     No lo quiera Dios. ¡Era lo único que nos faltaba!

    

     Luis de Hoyos Sainz (Madrid, 1868-1951) fue un geógrafo, antropólogo, etnógrafo y folclorista que escribía artículos sobre agronomía en El Sol. Como había conocido la situación de Las Hurdes con anterioridad al viaje de junio de 1922 del rey Alfonso XIII, acompañado por Gregorio Marañón, escribió dos artículos en el citado periódico sobre sus conocimientos del lugar los días 15 y 17 de junio de 1922.

     No se establecerán paralelismos entre el mundo y la vida de hace cien años y el actual. Pero llama la atención que un representante político del territorio tuvo que enviar un comunicado a la prensa cuando se preparaba el viaje del rey a Las Hurdes en el que explicaba, puede que sin una petición previa, que sí, que iba al territorio de su circunscripción para saber cómo vivían sus habitantes.

     También es necesario comentar que cuando se escribió acerca de la visión de Las Hurdes de Concha Méndez, no se citó que su artículo en la prensa mexicana, como había sido una obra de 1947, estaba escrito con el conocimiento de todo lo ocurrido con el viaje real de 1922 y, once años después, el documental del director surrealista Luis Buñuel, durante un tiempo su pareja, Las Hurdes, tierra sin pan (1933).

     Hoyos quería poner sordina al desinterés oficial, para después ser muy descriptivo. Decía que el caso de Las Hurdes era una cruz en el paraíso español que representaba un mal endémico agudizado y con necesidad perentoria de ayuda para una concentración de personas que morían de pobreza fisiológica en un territorio latifundista de escaso rendimiento. Estaban abandonados por la Administración española, que no había llevado allí la cultura, ni la higiene o las comunicaciones y la protección social.

     Las Hurdes eran un tema de conocimiento histórico, de literatura descriptiva y estudio geográfico. Sin embargo, no preocupaba al gobernante, ni era causa de protesta nacional.

     La región natural era más amplia que la humana y social, y no todos los ayuntamientos se consideraban en la misma situación dentro de la zona de problemática hurdana. 

     En esta región natural había tres zonas: una, liberada y habitable: la margen derecha del río de los Ángeles; otra, liberable con ayuda estatal: la margen izquierda del río y las vegas y lomas que formaban el tercio inferior de Pino Franqueado, los pueblos de camino Morisco y los valles bajos de los ríos Hurdano y Malo, desde Vegas de Coria en el primero y El Cabezo en el último; y la zona alta de la serranía y escarpes, que era un terreno inhabitable porque no servía para el cultivo agrícola y ganadero, siendo muy difícil la plantación de arbolado. Hoyos, con los conocimientos de 1922, no veía posible la minería o industrias hidráulicas. Definía esta tierra como estéril.

     Más de la mitad de la tierra hurdana no tenía suelo vegetal. Los valles carecían de vegas, porque eran remansos y recodos de los ríos. Además, estaban elevados y rellenados de tierra. Las Hurdes quedaron en la conformación geológica del suelo extremeño con escasez de todos los elementos de la fertilidad.

     En los cultivos existentes, el trigo no entraba en las rotaciones hurdanas. Algún tipo de centeno. Habichuelas y altramuces en las legumbres, a las que se añadían los nabos y las patatas. Algún olivo y alguna higuera salvaban los cultivos arbóreos en los que iban desapareciendo los castaños envejecidos. Era el culmen de la improductividad dentro del territorio cacereño. No se tenían datos de producción. Al recorrer el terreno, se apreciaba que, en las casas o guaridas de sus habitantes, no había graneros ni almacenes, ni arcas ni costales donde guardar la cosecha. La escasa cosecha existente se acababa al poco tiempo, de forma tan rápida, que el Catastro no llegaba a valorar su riqueza.

     Una región montañosa, propicia para la ganadería, que no tenía ganados. No había censo pecuario o, si lo había, era de escaso valor. No había ganado vacuno para trabajo ni para conseguir renta con él. A la falta de vacuno se unía la falta de cría caballar o mular. Había algún ganado ovino en las cercanías de Alagón y algunas cabras de muy escaso rendimiento y entidad. El ganado porcino se compraba en un mínimo ejemplar para uso familiar, no para criarlo, por falta de medios para su mantenimiento y reproducción.

     En Las Hurdes, toda labor de civilización estaba sin realizar. Hoyos citaba al entusiasta diputado conde de Romilla porque no había epígrafe de los presupuestos que no fuera necesario pedir para que se civilizara la tierra hurdana. Todo estaba por hacer en un territorio donde el Estado estaba presente únicamente por la Guardia Civil y los recaudadores de impuestos.

     Había que gastar dinero y había que repartirlo para salvar la tierra que mejorara la calidad de vida de sus habitantes. Invertir dinero en la mejora de caminos empezados que, por falta de recursos, no se habían acabado.

     La Junta de Colonización existente en 1922 tenía una gran obra por hacer, actuando como si no estuvieran pobladas. Se necesitaban casas, escuelas, fuentes para una zona de España que parecía separada del resto del Estado. Era preciso tomar medidas que mejoraran los valles y laderas desnudas. Era vital que se plantaran árboles donde el cultivo era difícil. Que los agrónomos, en fin, repartieran aperos, semillas, abonos, ganados y sementales que tuvieran futuro con planos y estudios de renovación agropecuaria. Eso sí, con más cordialidad y espíritu misionero que un simple frío consejo, para acabar con la visión pintoresca, pero trágica, de la leyenda de esos lares. 

     Dentro de la despoblación cacereña de 1922, que era cercana a 20 habitantes por kilómetro cuadrado, la población de Las Hurdes era variable, pero en algunas zonas mayor a la media.

     Hoyos criticaba las leyendas y fantasías sobre la existencia de una raza perdida en la comarca hurdana. Ni la antropología ni la etnografía podían sustentarla. Eran extremeños a los que el medio y la miseria afectaron. La talla y el peso se habían reducido y se habían visto afectados por degeneraciones y atavismos. Hoyos definía los casos de poca estatura y peso de los habitantes de Las Hurdes como dominantes, pero no únicos. Es cierto que había una abundancia de casos de enanismo, acondroplasia y cretinismo, con una edad de desarrollo fisiológico retrasada respecto a la cronología habitual.


El Sol, 16 de junio de 1922.

     Con los conocimientos de 1922, Luis de Hoyos manifestaba que no era lo material y físico lo más reducido de este pueblo atrasado. Había una especie de retraso o impotencia mental que impedía hacer un mínimo análisis psicológico y tampoco ético en valores aceptados ya en esa época. Postulaba una intervención por medio de los párrocos rurales por la obediencia que tenían sus habitantes en ellos, para que ayudasen en la regeneración de los hurdanos.

     Era la situación de un pueblo natural pobre que había perdido las actividades que en su día tuvo y no alcanzó las novedades que la civilización aportaba. Los antropólogos preparaban cuestionarios para establecer concomitancias con otras sociedades. Su escasa indumentaria era más simple que la de los pueblos nómadas. Sus ropajes se creaban de restos de otras zonas, pareciendo en algunos casos a la del pordiosero. Su vida en invierno era mantenida por la salida a trabajar en otros lugares con motivo de la siega o la recogida de la aceituna.

     Hoyos recordaba a Joaquín Costa al decir que eran básicas la despensa y la escuela para Las Hurdes. La urgencia hacía que esta propuesta se quedara coja al necesitar la sanidad. El paludismo ya había sido estudiado y diagnosticado. Sin embargo, pensar solamente en los medios sanitarios e higiénicos también era una solución escasa. Había que pensar en mejorar el medio, la tierra, para que pudieran vivir en ella y de ella.

     Por tanto, había que partir de la creación de la sanidad, para servir de base a la cultura y al trabajo. Médicos y maestros. Maestros misioneros que fueran más del pueblo que de niños. Maestros especiales y superiores por corazón y cultura. Maestros que fueran guías activos y dinámicos de la gente. Docentes que despertaran sus almas antes que enseñarles a leer. Pedía Hoyos que los maestros que se encontraban en 1922 fueran sustituidos. Solamente encontraron tres. Serían sustituidos para la necesaria regeneración de Las Hurdes. Las escuelas no podían ser únicamente salas de clase. Debían ser cantina, ropero, asilo, hospicio y casa de alumnos. Los niños debían ser salvados de las alquerías. Debían ser nutridos y educados. Necesitaban pan y abrigo antes que gramática y cuentas.

      La escuela de Las Hurdes, propuesta final de Hoyos, debía ser obra de la higiene y la cultura. Médico y maestro. Allí, donde había faltado su patria. 

 

  

Visión geográfica de Las Hurdes. El Sol, 22-06-1922.

     -----     -----     -----     -----

     Referencias consultadas:

-        https://historia-hispanica.rah.es/biografias/22846-luis-de-hoyos-sainz

-        ELSOL, Madrid, artículos-reportajes sobre Las Hurdes publicados el 14 y el 16 de junio de 1922.

-       Visiones históricas de Las Hurdes: Concha Méndez_1




8-10-2026, 23:14, actualizado... 10-10-2026, 21:37.

Visiones históricas de Las Hurdes_1: Concha Méndez.

      

          

Concha Méndez con Altolaguirre, Prados y Dalí. Torremolinos. Wikimedia




     Nos proponemos dar dos o tres visiones sobre cómo veían Las Hurdes la intelectualidad, la clase política o la burguesía ilustrada del primer tercio del siglo XX. 

     Todo esto empezó por varios motivos. Cuando estudiamos cine, una de las secciones o materias fuertes es el cine de Luis Buñuel. De sus películas, se destaca el documental que realiza sobre Las Hurdes, tierra sin pan, en 1933.

      También, al buscar documentación sobre el Concurso de cante jondo de 1922, nos encontramos con referencias periodísticas que hacían mención a la visita de Alfonso XIII a Las Hurdes, acompañado de intelectuales y científicos, entre ellos Gregorio Marañón.

      Luego, Gloria nos enseñó un libro sobre Concha Méndez que cuenta sus memorias en conversación con su nieta, Paloma Ulacia Altolaguirre. En ese libro viene un ensayo sobre una visita que hace Concha Méndez, perteneciente a esa burguesía liberal del primer tercio del siglo XX, a Las Hurdes, con su doncella y en fechas anteriores a la visita de Alfonso XIII, o al menos eso creemos. El libro está en la biblioteca del Archivo Museo Sánchez Mejías.

     Finalmente, leímos un artículo en el que se relataban las enfermedades que se observaban en los habitantes de Las Hurdes en los inicios del siglo XX. Y allí se describía el bocio y el cretinismo. Comenzaremos en primer lugar por Concha Méndez, joven poeta de la generación del 27.

     -----     -----     -----


     Concha Méndez fue una literata del siglo XX que ha sido considerada miembro de la Generación del 27. Mujer independiente, se distinguió antes de 1930 por el poemario Surtidor. Estuvo casada con Manuel Altolaguirre, poeta e impresor del 27 malagueño. Ellos animaron el mundillo intelectual de aquellos años con sus revistas y publicaciones o con productivas estancias en Gran Bretaña. Marcharon al exilio con la Guerra Civil, viviendo en Cuba y México. Pero ahora nos interesa otra vivencia de Concha. 

     Concha tenía en el servicio de su familia a una mujer que procedía del pueblo de Casillas, en la comarca extremeña de Las Hurdes. En la prensa de la época se hablaba del lugar y sus habitantes. Ella pensaba que era una recreación o invención de los medios. La realidad que vio fue superior a lo que esperaba.

     Con el permiso familiar por su juventud, había nacido en 1898, marchó a su particular viaje iniciático para ver las fiestas del pueblo de su doncella. El inicio del viaje se hizo a través de Ávila, de la que recordaba sus murallas, conventos y santa Teresa. Tras dormir en un pueblo de olvidado nombre, la familia de su doncella fue encargada de llevarles hasta Casillas. Sin carreteras, recorrieron caminos duros y enrevesados que atravesaban fincas de la aristocracia española. Los pinos resineros inundaban los cotos de la nobleza. Méndez sentía el contraste entre el lujo de las casas aristocráticas y las chozas de los resineros.

      Así era Casillas, un pequeño y pobre pueblo de la falda de la montaña, con una calle principal con plaza junto a un pequeño arroyo. Concha observó la corta estatura de los paisanos que descuartizaban un animal y su triste ropa. 

     Los niños más pequeños salieron a saludarlos. A ellos se unió el resto del pueblo. Gentes vestidas de harapos, tan mal alimentadas que sufrían malformaciones y enfermedades: bocio, cataratas y predominio de raquitismo. Pronunciaban unos sonidos extraños, unos gritos diferentes ante la persona nueva que les visitaba. 

     Vivían en cuevas perforadas en la montaña. Méndez recordaba las madrigueras de los animales. Tenía ese recuerdo, salvo por una pequeña puerta y un ventanuco rústico. El interior era sofocante por los bajos techos, que se iniciaban por el zaguán, donde dominaba la hoguera y una cama bajo la pequeña ventana. Había otra habitación oscura, utilizada como dormitorio, sin ventilación y llena de humedad. 

      Concha percibió un olor a sudor húmedo. En una de esas habitaciones pasaría los días de fiesta del pueblo. Las gentes del pueblo le preguntaban por sus familiares de Madrid como si ella los conociera, pues pensaban que la capital era solamente un poco más grande que su pueblo. Las conversaciones de los paisanos alternaban las palabras con las risas y el recelo durante la escucha.

      Su miseria le causaba cierto pavor y, al mismo tiempo, reconocía su buen corazón. Al empezar las fiestas, se engalanaron las ropas, se afeitaron los hombres, dejando ese aspecto tan terrible que había observado al principio.

      Después del desayuno recorrieron las diminutas propiedades de estos habitantes en medio de una abigarrada vegetación desaprovechada. No había frutales, no había cereales. En el campo vieron una pareja de pequeño tamaño. Unos novios de menos de treinta años, que en principio pensó que eran adolescentes, pero al acercarse vio sus caras macilentas y míseras. 

     El día de la gran fiesta hubo baile en la pequeña plaza del pueblo. Una orquesta de bandurrias, gaitas y tambores animaba a otros paisanos que sujetaban unas antorchas. Era el momento de mayor animación del año. Los trajes de las mujeres recordaron a Concha por su vistosidad a las flores de un soñado jardín, que permaneció en su memoria toda su vida. Tras el rondó musical, se retiraron a sus cuevas la mayoría de los paisanos y quedaron los más jóvenes, que iban a rondar a las mozas del pueblo. Bajo su ventana, unos jóvenes le dedicaron con sus guitarras unas seguidillas deliciosas para Méndez. Creaban de esta manera su propia cultura que amenizaron hasta el amanecer. Concha lanzó unas monedas para que se tomaran algo, aunque no supo dónde.

     A Concha y su doncella les invitó el cura del pueblo, que pidió que le visitaran. El maestro no les invitó porque allí no había escuela. Estaban olvidados por el gobierno, las clases aristocráticas y la monarquía de la Restauración.

     Algunos mozos emigraban buscando mejor vida, pero su debilidad física les impedía competir con otros hombres mejor alimentados y cuidados. Tenían incluso complejo de inferioridad.

      El recuerdo de Méndez al volver a la ciudad y a su buena vida le hizo que no dejara de pensar en la situación de aquellas pobres personas, ajenas a la civilización, pero impregnadas de una cierta lírica, que les hacía olvidar con sus canciones la vida mísera que llevaban. Esa sensibilidad le hizo desear volver en otra ocasión. Pero la vida y sus circunstancias personales provocaron que Concha no volviese nunca.

     Hemos realizado una síntesis de un artículo que Concha Méndez escribió en Previsión y seguridad. Almanaque para el taller, el hogar y el campo mexicano, edición de Manuel Barragán, Compañía Fundadora de Fierro y Acero de Monterrey, S. A., 1947. En este artículo escribía sobre su recuerdo de un viaje juvenil a Las Hurdes. 

Nodriza hurdana con traje de gala. 1911. Biblioteca Digital Castilla y León.



     -----     -----     -----     -----

     Referencias consultadas:

     - PALOMA ULACIA ALTOLAGUIRRE: Memorias habladas, memorias armadas. Renacimiento. Biblioteca del exilio. Sevilla. 2018. Presentación de María Zambrano. Nota 25 de agosto de 2026 en Archivo Museo Sánchez Mejías.




14-09-2026 7:24 Actualizado... 23-09-2026 11:03

Hace cien años, el viaje en tren de Alfonso XIII

Alfonso XIII. Museo Sorolla.          Hace cien años, entre el treinta de noviembre y el dos de diciembre de 1926, el rey Alfonso XIII s...