Gerardo Diego publicó varios artículos en la primera época de la Revista de Occidente. La primera y más importante época de la revista de José Ortega y Gasset recoge los artículos de 1923 a 1936. En ella, Diego escribió diecinueve artículos sobre reseñas literarias, poemas, Góngora —obviamente—, sobre Bodega y Azotea —ni en Copérnico lento jugador de fortuna— y otro que nosotros destacamos a continuación.
Hablamos de un artículo muy extenso que publicó en
agosto de 1927 con motivo de la muerte de Juan Gris, titulado Devoción y
meditación de Juan Gris.[1]
Vamos a mirar, parcialmente, sobre ello.
Si nos guiamos por el introductor y editor de sus Obras Completas, Francisco Javier Díez de Revenga, se basa en tres hechos o escritos: La visita de Diego a París, las cartas que le escribió y un análisis de su pintura[2]. Si alguien visita el Museo Reina Sofía, podrá observar que en las obras de Gris, el idioma que utiliza es el francés. Diego le recuerda, mezclando español y francés, de forma atractiva tanto en su uso como en su aspecto; y el moreno de su piel, casi moro.
Diego se sentía emocionado porque el pintor
comparaba sus poemas con sus pinturas. Y hacía referencia a la conferencia que
había pronunciado en La Sorbona, de la que hicimos mención en otra reseña, y que
Diego terminaba con una glosa al primitivismo del arte nuevo, como el primer
Picasso vanguardista. Como los primitivos italianos que conmueven al poeta. El cubismo miraba al arte primitivo africano como también habían mirado a los primitivos italianos del Trecento.
Juan Gris no era fácil como hombre ni como
artista. Precavido ante todo, preparaba cada obra o cada paso que daba. Diego hablaba
de la reducción a la geometría de sus actuaciones. Más que reducción, matiza,
deducción de todas las cosas; fuente de todas las cosas, diríamos nosotros. Y ahí
observaba el poeta una lealtad que componía la verdad del artista, aquello que
era lo más íntimo, porque le alejaba de la mentira.
Gerardo Diego le veía autopersuadido,
obstinado, de un convencimiento infalible unido a una cierta torpeza que
conjugaba la vastedad de sus propósitos con la limitación de los medios
disponibles.
A Diego, la muerte de Juan Gris fue como el dolor agudo de una sorpresa. Sorpresa porque le suponía repuesto de su dolencia y regresado a su trabajo pictórico. Se había enterado por Pancho Cossío tras la lectura del telegrama de prensa. Picasso había dicho: Muere en español.
Recordaba su tez morena, casi mora, junto a una sonrisa africana, intermitente. Le recibía descalzo, vestido en tela de obrero, con manchas de pintura. Dejaba su paleta para pasear con el poeta, descansando los ojos, fatigados de España, mientras le hablaba de sus teoremas, sus anécdotas, sus opiniones... su esencia, y el espíritu de lo francés...
Los clásicos de Juan Gris así lo eran: Franceses como Chardin, Boucher, Ingres, Cézanne... Chardin, especialmente. De España, El Greco o Zurbarán. Y, claro, los italianos con Rafael Sanzio a la cabeza. Y hablaba de la Virgen y el Niño del Louvre y su teoría de la carne, y la consistencia del cojín y del Niño. Y la desmesura del brazo de su autorretrato, porque era necesario que así fuera.
Diego contaba que Juan Gris utilizaba regla y compás para dibujar las líneas fundamentales. Meditadas y calculadas en relación con las zonas básicas del color. De ahí deducía las distintas relaciones de extensión y cualidad; de cualidad y color; de color y expansión... El cuadro se iba desarrollando de su propia sustancia.
Según el cuadro avanzaba, era necesario fijarle. Lograr su síntesis, su unidad. Que el cuadro se pareciese a algo. Juan Gris pintaba bajo una severa disciplina. Pero esa disciplina, tras largos años de trabajo cotidiano, se convirtió en un gozo festivo de expansión no reprimible.
| Juan Gris por Modigliani. 1915. Wikimedia. |
Lo que Gerardo Diego intentaba comunicar a los lectores de la Revista de Occidente era una meditación más profunda sobre el arte de Juan Gris, basada en publicaciones de otros autores, como Manuel Abril en la propia revista orteguiana, y lo publicado por la revista Alfar, a la que hicimos referencia en otra ocasión con motivo del discurso de Gris en la Sorbona.
Cita finalmente unas confesiones del pintor a L'Esprit Nouveau (núm. 5), donde manifestaba el malogrado pintor que trabajaba con los elementos del espíritu, con la imaginación. Voy de lo general a lo particular...parto de una abstracción para llegar a un hecho real. Mi arte es un arte de síntesis, un arte deductivo... Yo considero que el lado arquitectónico de la pintura es la matemática, el lado abstracto; yo quiero humanizarle... De un cilindro yo hago una botella, una determinada botella...
Su método era el método de siempre, el que los maestros han empleado; son los medios y eran constantes. Lo que Gerardo Diego desliza intelectualmente, además del arte de la pintura de Gris, es una teoría artística a pocos meses de los actos fundacionales de la generación o grupo poético del 27 en los que tomó parte muy activa. No olvidemos que, por ejemplo, en la correspondencia que mantenía con José María de Cossío, junto al membrete, añadía la palabra Góngora cuando se celebraba su tercer centenario.
En ese instante y en este artículo de Revista de Occidente, relaciona la pintura cubista de Juan Gris con la poesía creacionista del chileno Vicente Huidobro. No cualquier creacionismo. Y no deberíamos establecer una adaptación simétrica, tampoco, entre los elementos de la pintura y la poesía, según Diego. Aunque no olvidamos los intentos a través de la historia del arte por establecer esa simetría, como fueron las poesías que pintó Tiziano para Felipe II. Diego había abandonado el creacionismo de Manual de Espumas con el premiado poemario Versos Humanos (Nacional de Literatura).
Huidobro había dedicado Poemas árticos a Juan Gris y Jacques Lipchitz (escultor), cubistas, en recuerdo de unas conversaciones al atardecer en un rincón de Francia. Intuía Diego que de aquellas conversaciones nacía la conciencia de un nuevo sentido artístico, deseado; pero, nunca, claramente expuesto y ensayado hasta las obras de estos artistas durante los años de la Gran Guerra.
El antólogo de la poesía del primer tercio del siglo XX, santanderino creacionista y uno de los muñidores de su generación poética, sentía ante los cuadros de Juan Gris la emoción similar a la visión de los cuadros de Cimabue y Giotto, barnizada con el tinte fresco de la sorpresa que mueve el sol del arte y las estrellas.
Dejamos aquí la visión de Diego con una poesía ártica de Huidobro de 1918 que nos ayuda a contextualizar el auge de los ismos en las primeras décadas del siglo XX. Vanguardias que surgían y eran devoradas por las siguientes olas artísticas.
HASTA CUANDO SANGRARÁN LA VIDA
La misma luna heridaNo tiene sino una alaEl corazón hizo su nidoEn medio del vacíoSin embargoAl borde del mundo florecen las encinasY LA PRIMAVERA VIENE SOBRE LAS GOLONDRINAS (Vicente Huidobro) De Poemas árticos, 1918
[1] Revista
de Occidente, agosto de 1927. Primera época. FOM.
[2] DIEGO,
G.: Obras completas. Tomo IV. Edición e introducción de Francisco Javier Díez
de Revenga. Alfaguara. Madrid. 1997. Nota 8-5-2026 en Archivo Museo Sánchez Mejías.
Otras referencias:
- De las posibilidades de la pintura_1
- De las posibilidades de la pintura. Recepción e influencia_2
20-5-2026 20:53 Actualizado... 23-5-2026 11:07


