| Carmen Conde a los 6 años. Fuente: Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil |
Sobre la lectura de ingreso en la Real Academia de la Lengua en enero de 1979, vamos a reseñar la información que apareció en EL PAÍS y ABC el 30 de enero de 1979, porque el 29 de enero era lunes y la única publicación era Hoja de Lunes. Para finalizar, utilizaremos un medio que no existía en 1979 para recordar aquel momento. En este caso, EL MUNDO, que se empieza a publicar diez años después.
EL PAÍS, 30-01-1979, titulaba su crónica del ingreso como académica de Carmen Conde El fin de una discriminación literaria. Injusta y vetusta, dijo la poeta. Citó a Mihura, que había comprendido mejor a las mujeres al interpretarlas en sus inolvidables comedias. Era el ritual de siempre. Citar al autor que te ha precedido en el asiento. Nombró, a continuación, a escritoras del siglo XIX: Gertrudis Gómez de Avellaneda y su sentido del tiempo transfuga y el deseo de eternidad. Añadió a Carolina Coronado y Rosalía de Castro, reivindicando a la poesía de la mujer que se sale del esquema previsto; y efectuó un estudio crítico y semejante de poetas masculinos tratados en su estudio. Memoria y muerte fueron dos de los pilares sobre los que se basó el estudio sobre la noción de eternidad, como señalaría el académico que le contestó, Guillermo Díaz-Plaja, que desembocaría en esa misma noción de eternidad, más allá de la fama y la inmortalidad, y que, en Juan Ramón y Unamuno, tocaba lo religioso y lo místico.
La poesía era memoria y biografía cuando habló de Cernuda, Espriú y Antonio Oliver, su marido. Con Cernuda, contaba que hay un momento en el que nos encontramos con la existencia de una realidad diferente de la percibida a diario. Y la poeta decía que hay un momento en que ya no basta esa realidad diferente, sino que algo alado y divino debía acompañarla y aureolarla, tal el nimbo trémulo que rodea un punto luminoso. Y termina: Ese nimbo trémulo; lo divino y lo humano, alma y cuerpo, tierra y mar... cita entonces a Antonio Oliver, porque en ningún poeta deja de alentar la esperanza de ser y de haber sido.
Los Reyes de España impusieron el cordón verde de la Academia tras hablar de temas que los redactores de EL PAÍS consideraban comunes a hombres y mujeres: la fugacidad del tiempo, la presencia de la muerte y el deseo de eternidad.
Señalaba también EL PAÍS que estaba el aforo completo en la lectura de ingreso de Carmen Conde, tanto por la importancia de la primera mujer académica como por la presencia de los Reyes. Un acto con más asistencia que la registrada en la entrada de Aleixandre o Madariaga.
Continuamos con ABC. Llevaba en su portada del 30 de enero el ingreso de Carmen Conde.
| ABC, 30 de enero de 1979 |
Los reyes y la cultura, titular que informaba de la participación de la jefatura del Estado en distintos actos culturales. En las páginas 8 y 9 del diario, un reportaje de la lectura de ingreso realizado por Santiago Castelo con reportaje gráfico de Sanz Bermejo incidía en la presencia de los Reyes al ser la primera académica de número y por la expectación creada en el mundo literario. Era un día con un inicio frío y con lluvia intermitente y madrugadora, pero el sol se hizo con la tarde en medio de altas nubes.
¡Gloria a los hombres de alma generosaque la prisión odiosarompen del pensamiento femenino!
No olvidó la referencia a Antonio Oliver, que nunca perdió el aliento de la esperanza del ser y de haber sido.
Ahora vamos a salir de EL PAÍS y ABC. Nos vamos al diario EL MUNDO. Pero ya en el siglo XXI.
| Doodle de Google sobre Carmen Conde en agosto de 2018 |
Y, finalmente, estamos en 2019. Rosa Villacastín escribe un reportaje evocando dos hechos: Su entrada en la Academia y la relación que estableció Carmen Conde con su abuela Francisca, por la cual conoció a la escritora y su marido, Antonio Oliver, cuando tenía nueve años en octubre de 1956. El matrimonio de poetas se presentó en la sierra de Gredos con unos universitarios americanos porque querían conocer a la abuela de Rosa Villacastín, Francisca Sánchez, porque había sido el gran amor de Rubén Darío, el poeta nicaragüense, del que guardaba un archivo en un baúl azul. La idea era convencerla de que donara ese archivo al Estado español para que no se perdiera cuando muriese.
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