Cultura y sociedad

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¡Qué me la den con queso! La inmortalidad de la leche.

    

Baltasar de Alcázar. Wikipedia.

 


     Baltasar de Alcázar fue un poeta sevillano nacido en 1530 que llegó a ver los primeros años del XVII, 1606. Es famoso por su estilo jocoso y gastronómico. Como, por otros motivos, estamos degustanto alimentos probióticos, vamos a señalar dos citas queseras de don Baltasar. En Cena jocosa

     Mas el queso sale a plaza, 

la moradilla va entrando, 

y ambos vienen preguntando

por el pichel y la taza.

     Prueba el queso que es extremo:

el de Pinto no le iguala.

     Y en el poema que empieza con Tres cosas me tienen preso:

     Tres cosas me tiene preso

de amores el corazón:

la dulce Inés, y el jamón,

y berenjenas con queso...

     Alega Inés su bondad;

el jamón, que es de Aracena;

el queso y la berenjena, 

la española antigüedad.

Y está tan en fiel el peso,

que, juzgando sin pasión,

todo es uno: Inés, jamón

y berenjenas con queso...

     En Soledades, Luis de Góngora nos cuenta algo parecido a la elaboración:

     ...tienda el fresno le dio, el robre alimento.

Limpio sayal, en vez de blanco lino,

cubrió el cuadrado pino,

y en boj, aunque rebelde, a quien el torno

forma elegante dio sin culto adorno,

leche que exprimir vio la alba aquel día, 

mientras perdían con ella

los blancos lilios de su frente bella,

gruesa le dan y fría,

imprenetrable casi a la cuchara, 

del sabio Alcimedón invención rara.

El que de cabras fue dos veces ciento

esposo casi un lustro...

servido ya en cecina,

purpúreos hilos es de grana fina.

Sobre corchos después, más regalado

sueño le solicitan pieles blandas...

     En el Quijote, Cervantes nos cuenta que en las bodas de Camacho había tal abundancia de queso que formaban una muralla de ladrillos enrejados.

Las bodas de Camacho. Luis Tasso. Wikipedia


           Ramón Gómez de la Serna dijo que el queso es la inmortalidad de la leche. Así lo cita Pedro González Vivanco en su discurso de ingreso en la Academia Aragonesa de Gastronomía. 

     

Ramón Gómez de la Serna, detalle. Fuente: ABC, grupo Vocento.

       

         Nosotros hemos encontrado la siguiente greguería:

     Una de las cosas más frescas de las vitrinas ultramarinas son los quesos o los melones de manteca blanda arropados con hojas de helechos. Nos recuerdan esas calvas en que el pelo tiene sobre ellas dibujos de helecho.

     Podemos seguir buscando. En realidad, queremos reseñar el carácter civilizatorio de la elaboración y desgustación del queso. Por eso recurrimos a la imagen que nos trasmite Robert Luis Stevenson (1850-1894) en La isla del Tesoro. En el capítulo XV, el joven Jim Hawkins conoce al solitario hombre de la isla abandonado a su suerte durante tres años. Soy el pobre Ben Gunn, le dijo, no he hablado con un cristiano en estos tres años. Era un marooned, un castigo terrible entre los bucaneros, que desembarcaban a alguien que consideraban culpable, provisto de pólvora y perdigones, en una isla lejana y desolada. Su dieta había sido la caza de cabras, moras y la pesca de ostras. A Jim le dijo que se moría de ganas de comer alimento de cristianos. ¿No tendrías por ahí un pedazo de queso? ¿No?  Muchas han sido las noches que he soñado con queso... y volví a despertar y aquí estaba...

     La importancia del la escena radica en el carácter del queso como producto elaborado y controlado para su buena conservación. El queso final que conocemos, que se conocía en el siglo XIX, no era un producto de una sola persona sin conocimientos de la cultura específica quesera o pastoril. Y el náufrago expresaba su deseo de volver a la civilización comiendo un queso soñado o deseado.

     Las ovejas y las cabras fueron los primeros herbívoros domésticados hace 10.500 años entre el sureste de Anatolia y el norte de Oriente Medio porque eran los animales más tranquilos de aquellos que se cazaban, y aportaban un plus adicional: la lana y la leche. También, por la organización jerárquica de las manadas de ovejas y cabras. Pasaron de obedecer, en un lapso de tiempo largo, al líder de la manada a seguir las órdenes de un humano, el pastor. Hay otro factor que permitió que fuesen domesticadas las cabras y las ovejas. No solían competir por el alimento. Las ovejas pastaban, y las cabras, ramoneaban. Finalmente, en ese proceso largo de domesticación se produjo una mutación genética en algún momento todavía no determinado: la digestión de la lactosa en la edad adulta. El azúcar de la leche hizo avanzar a las sociedades basadas en la ganadería.

     Este largo proceso de domesticación de las cabras no pudo llevarlo a cabo Ben Gunn, el abandonado bucanero de La Isla del Tesoro. Se tuvo que conformar con cazar las cabras salvajes e intentar su conservación con sal marina, como relata Robert Louis Stevenson. De ahí que soñara con el queso.


Jim Hawkins y Ben Gunn. La isla del Tesoro. PICRYL.








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     Referencias:

     - Paraíso Cerrado. Poesía española de los siglos XVI y XVII. Edición de José María Micó y Jaime Siles. Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores. Barcelona. 2003.

     - GÓNGORA, L: Soledad primera, 1. Múltiples ediciones.

     - CERVANTES, M.: El ingenioso hidalgo don Qujote de la Mancha. Parte II. Capítulo XX.

     - GONZÁLEZ VIVANCO, P.: El queso y su ilustre familia. Los quesos artesanos aragoneses. Academia Aragonesa de Gastroniomía. Zaragoza 2002. 

     - GÓMEZ DE LA SERNA, R.: Greguerias Ilustradas. Colección ABC. Inmaculada Corcho. Grupo Vocento.

     - STEVENSON, R. L.: La isla del tesoro. Hay múltiples ediciones. Manejamos una de Austral, Espasa Calpe. Madrid, décima edición de 1978.

     - GRANDAL D'ANGLADE, A.: La domesticación de animales. Origen. Cuadernos de Atapuerca. 3. 2022.






     29-3-2026 17:12  Actualizado 31-3-2026 8:23

"Escaleras", por Ramón Gómez de la Serna y José Caballero

 

    

"Las lavanderas", José Caballero para "Yerma", 1934. MNAE, Teatro Español

     

     Ramón Gómez de la Serna y José Caballero colaboraron en la revista Cruz y raya en mayo de 1935. Ramón publicaba una pieza teatral en tres actos que se titulaba Escaleras. Obra que era ilustrada por un joven y talentoso onubense que se consagró en esos años colaborando con figuras consolidadas como Gómez de la Serna y Federico García Lorca. José Caballero cumplía en junio de 1935 veinte años. En 1934 había realizado el cartel de Las lavanderas de Yerma por encargo de Federico. Pintó unas mujeres de tamaño monumental con cabezas pequeñas y brazos extendidas en predominantes líneas curvas cargadas de feminidad. Los blancos, los azulados, los tonos piel, contrastan entre las formas desgarbadas y el cabello al vuelo sin sujeción. Mujeres ajenas a la tragedia final.

     Caballero había estado colaborando en aquellos años con La Barraca, el grupo de teatro universitario que introdujo un nuevo concepto escénico de teatro experimental. Influido por el surrealismo, trabaja además con Lorca en la obra Llanto por Ignacio Sánchez Mejías para el que pinta o ilustra una yuxtaposición de elementos de diversa índole que conforman una escena abigarrada de marcado carácter onírico. José Caballero realizó más obras relacionadas con el mundo taurino. Y el surrealismo llegó a Caballero por su relación con personalidades como Vázquez Díaz, Alberti, Neruda y Lorca. Una edición especial a la revista Cruz y Raya publicó, en ediciones El Árbol, este poema con los dibujos de José Caballero.

José Caballero, "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías", de García Lorca, Museo de Huelva

    

     Para Ramón pintó un mundo ficticio en una obra irreal de felicidad y desgracia que reseñamos a continuación

     La decoración representa un portalón antiguo, entrada de un caserón de una sola planta dividida en dos pisos, cada uno con su escalera, que muere en la puerta de entrada de cada uno de ellos. A la sombra de esas dos escaleras, en la oscuridad del portal, se sucede la llegada de los personajes.

     Muchas veces no se verá más que el personaje que sube y el retumbar sonoro de la escalera, marcado ruido de cajones en el que resuena el eco de los sarcófagos.

     El azar de este acto y de esta decoración significa que siempre al subir unas escaleras jugamos un poco la suerte de nuestro destino. En la elección de la una y la otra de estas dos escaleras se cifra, como se verá, la desgracia o la felicidad. Por eso el tono de trueno de los tacones ha de repercutir angustioso en el corazón del espectador.

     Las dos puertas son iguales, puertas antiguas, junto a las que pende el cordón de las viejas campanillas. Las dos puertas se abren y se cierran tan de prisa, que no dejan rastro de suposición para saber qué pasa dentro.

     Un hombre envuelto en una bufanda, una señora fatigada, dos mendigos que se marchan, un joven con tipo de cine, la muchacha del velillo, la bella no premiada, la mujer que llora, el caballero serio con hongo, los amorosos Enrique y Luisa que suben por distintas escaleras, entran en una de las puertas sin saber de la felicidad o la desgracia. Todos guiados por un anuncio deseable.

     En el interior de la casa de la felicidad está el hombre de la bufanda que la cambia por una flor amarilla en el ojal, la señora fatigada sin fatiga y caballero del hogo sin preocupaciones y feliz.

 

José Caballero, "Escaleras", Ramón Gómez de la Serna, "Cruz y Raya", mayo 1935.

 

 

           Del espacio de felicidad no se sale nunca. Nadie sabe dónde está la puerta por la que entró. Nadie enferma… nadie irá al médico… Todo es alegría.

Luisa llora sin Enrique porque entró por una puerta distinta a la casa de la alegría. Nada le consuela. Ni un galán joven, ni su futuro niño, ni las cuidadoras del lugar, ni un poeta ocasional… Una colegiala entra pensando que estará en el colegio de las vacaciones sin fin. Luisa, enamorada sin amor, provoca que aparezca la Suprema de la casa de la alegría.

     La alegría no puede hacer olvidar su desgracia porque su alma salió por otra escalera. La Suprema acepta finalmente que lleven a Luisa a la casa de la Desgracia.

José Caballero, "Escaleras", Ramón Gómez de la Serna, "Cruz y Raya", mayo 1935.

 

 

     La casa de la Desgracia tiene decoración plomiza y poca luz. Allí llegaron el caballero de la barba gris, el joven con tipo de cine, la muchacha del velillo, la bella sin premio y la señora que lloriquea. Allí está la paciencia producto de la impaciencia; allí se acaba la esperanza porque no hay nada que esperar. Ni siquiera el tormento. Las mujeres ya no deben estar alegres ni causar interés en otras personas. Una mujer de pelo blanco asegura que tras teñir su pelo ya no tiene esa obligación. Ni bodas por su hipocresía. Sólo el silencio. Y la posibilidad de dormir. El silencio es su fortuna.

 

José Caballero, "Escaleras", Ramón Gómez de la Serna, "Cruz y Raya", mayo 1935.

 

     La resignación inunda la estancia. No hay puerta de salida. No lloverá jamás. Enrique, el enamorado, está desesperado y sueña con ser un ratón. Tratan de consolarlo diciendo que ella le olvidará en la casa de la Felicidad.

     De pronto suena la campanilla. Nunca había sonado. Al menos no lo había hecho en siglos. Es Luisa. La han dejado salir porque temían que corrompiese la casa de la Felicidad. Lo único incorruptible es la desgracia.

 

José Caballero, "Escaleras", Ramón Gómez de la Serna, "Cruz y Raya", mayo 1935.

 

     Conducida con los ojos vendados, ha llegado a la casa de la Desgracia para encontrarse con el hombre que quiere. Cuenta que allí… sobra la felicidad. Ella había encontrado el amor, la felicidad no está más que el reino oscuro del corazón. Enrique le dice que un amor sin incertidumbre es capaz de salvar a todos los náufragos de un naufragio. Sin darse cuenta han llevado la alegría a la casa de la Desgracia gracias al amor.

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       - Revista Cruz y Raya, mayo de 1935, páginas 147-182. José Bergamín era el director de la revista de afirmación y negación. Era editor de obras de sus compañeros de la generación del 27, como fue el caso de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

       - Sobre Ignacio Sánchez Mejías y su planto o elegía: Archivo Museo Sánchez Mejías, casa Malpica, calle Monjas, 12, 13200 Manzanares. Teléfono 926614056. 

      - De José Caballero se puede contemplar obras en el Museo de Huelva, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y en otros, como el Museo ICO, Museo Nacional de Artes Escénicas, en Madrid, y en provinciales, como el de Valladolid y Oviedo. Sus primeras colaboraciones pudieron producirse en la revista onubense La Rábida. Y en el Monasterio de la Rábida, en aquellos años, conoció a Vázquez Díaz, autor de los frescos en honor al descubrimiento de América.  Se ha buscado la documentación en estos museos durante los tres últimos años.

        




30-10-2025 16:48  Actualizado 17:35 Inacabada

El 1 de mayo de 1926

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