Cultura y sociedad

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Las esperas picassianas

 

Le Golfe-Juan, Paul Signac. Wikipedia



     - Le Golfe-Juan, Antibes, Cannes, Roma (1968-1972).-

     Estamos viviendo a poquísimos kilómetros de Mougins, …de Picasso… sólo para verle y yo… avanzar en un libro de poemas que desde hace tiempo escribo para él. ¿Verle, he dicho? ¡Qué calvario difícil! Pura ilusión. Aitana, que de nosotros es la más amiga de los dos, llama por teléfono a Jacqueline… Llevamos aquí dieciséis días. En Le Golfe-Juan. Todavía no es de noche. Aitana tiene que llamar de nuevo a Jacqueline. Veremos si al fin «Pablo está de buen humor».

     Entre el mal humor de Picasso... que no quiere ver a nadie, que hay que llamar al anochecer, los Alberti esperaban o desesperaban medio mes en Le Golfe-Juan… con cierto cansancio. Picasso tenía 87 años.

     En esos días el poeta portuense leía varios libros sobre Picasso, entre ellos la biografía que le había "dedicado" Françoise Gilot. No le gustaba nada el mar que veía y le rodeaba durante esa espera por su escaso oleaje ante una arena dócil de la playa. El verano soleado contribuía a la resignada paciencia.

     Cuando al final consigue reunirse con Picasso, le comenta que vive en Antibes, cerca de las antiguas murallas y en las proximidades del museo del pintor. El museo se abrió en 1966, pero lo decoró y utilizó como estudio Picasso desde 1946. Por esa cercanía, Picasso le dice que haga un agujero en la pared y se lleve un cuadro. No era esa la intención de Alberti. Pretendía, no se atrevió a tanto en un principio, que le regalara alguna obra.

     No sé si alguna vez hemos escrito sobre Demicheli. Hay un futbolista argentino (Málaga C. F.), Martín Demichelis, y un periodista hispanomexicano, Tulio Demicheli. Este último cuenta una aventura de Pemán y Rafael a cuenta de la eterna mala salud de hierro de Franco. Hay una cita en esos años, 1968-1972, que es insinuante:

     Un personaje rojo, una ondeante llamarada, reavivada por el viento, aparece en el mar. Un penitente encapuchado ardiendo. Semana Santa en Cádiz o en el Puerto. Llegando a la bahía, queda una vela blanca y luego un mástil alto apuntado en la tarde a la primera estrella.

     A Picasso, que nunca llegó a tomar posesión como director del Museo del Prado y, por lo tanto, no fue destituido, consigue sacarle su interés por el museo. Me gustaría ir por allá alguna vez sólo para llevarme esas molduras fantásticas de los cuadros. Lo demás, no me importa… (¡Ahí, los genios!). Ninguno de los antepasados le interesaba. Después de su obsesiva serie sobre Las Meninas de Velázquez en la década de 1950.

     La impresión de Alberti al ver los últimos y numerosos dibujos de Alberti es que son unos desnudos de líneas impecables y que tiene o cree que tiene obsesión por el erotismo. Con furia y frenesí, como animales deseosos, que se muerden hasta la destrucción de los dientes. El poeta portuense tiene sentimientos ambivalentes de admiración y tristeza por el hambre vital del pintor.

     Entre los recuerdos que evoca Picasso a sus invitados esta presente la tauromaquia en un niño que la vivió hasta los diez años en Málaga. Hay estudios que hemos leído sobre cómo conformó esa instintiva cultura sus inicios. Picasso le remata alguna conversación recordando que ambos son andaluces. Uno, Picasso, con diez años, no volvió jamás a Andalucía. Alberti con catorce, hizo viajes esporádicos y cortos. Ve en Picasso aquella claridad, locura, gracia, pasión, arrebato, arbitrariedad, y esa chufla violenta de su infancia malagueña. Alberti, como es obvio, esta marcado por el mar de la bahía gaditana.

     Eso hace que el pintor malagueño no haya tomado mucho del espíritu francés. Cuando llega algún visitante extranjero a su casa y se encuentra hablando con un español, sigue en español, con la mirada perpleja del visitante que no entiende nada.

     Tras un corto periodo de tiempo entre Milán y Roma, Alberti volvió a Antibes y se sintió emocionado pensando que las picassianas palomas del entorno le reconocen como suministrador de alimento cada mañana colombófila.

     Vuelven las llamadas telefónicas. Ahora con las excusas de Jacqueline o del servicio. Cree que Picasso si quiere verle, pero alrededor hay un muro que le protege. Hasta que ese muro infranqueable, como el de la afección pulmonar juvenil que tuvo, cae; y Pablo le sonríe, fuerte como un toro, con su gracia y la maravilla del genio.

      Tras cinco meses, Alberti vuelve a Roma. Le ha visto no más de tres veces por mes. Pablo insiste: tienes que volver y nos veremos.

     Antes de irse le dedica un ejemplar monumental de poesía póstuma de Pierre Reverdy, Sables mouvants, acompañado de diez brillantes aguatintas picassianas. La dedicatoria:

     Para Rafael Alberti

(lo que es todo decir)

mi amigo (no hablemos)

mi primo y mi tío

su amigo y el mío

y que más que un montón

de abrazos novísimos y muy

viejos y además el cariño

de tu

Picasso

el 22-5-68

     Picasso le dijo que no le hacía ningún dibujo adicional, opcional o excepcional. La dedicatoria era más importante.



Museo Picasso de Antibes. Wikipedia.


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     Referencias:

     - https://www.antibes-juanlespins.com/sorties-loisirs/antibes-ville-de-culture/les-musees/le-musee-picasso

     - Alberti, R.: Prosa II. Memorias. Edición de Robert Marrast. Seix Barral. Barcelona. 2009.

     - Álvaro Martínez Novillo, Rafael Gámez, Jaime Esaín o Fátima Halcón han escrito, entre otros, sobre el ambiente taurino de la niñez de Picasso.

     - Tulio Demicheli, ABC, 9-3-2009.

     - Matizamos la reunión de Picasso y Alberti. Las dificultades existieron para reunirse con Picasso que estaba protegido por la familia y la gente a su servicio. Alberti declaró a Umberto Allemandi en Blanco y Negro el 26 de enero de 1977 que la primera vez que vio a Picasso fue en 1932, que luego tuvo otra ocasión cuando pintaba el "Guernica". Y que le ayudó para trabajar en París antes de marchar a América. Hay divergencias entre lo que cuenta de las veces que se reunió en Antibes y los datos complementarios- Recuerdos para La arboleda perdida- que su biógrafo Robert Marrast añade en La arboleda perdida. Robert Marrast cuenta esas tres veces por mes y en la entrevista de 1977 declara que le veía en Antibes todas las noches. 

     




     4-04-2026 19:30 Actualizado 5-4-2026 19:48

Las esperas picassianas

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