Cultura y sociedad

Ciudadanos contemporáneos: La Vicalvarada y el manifiesto de Manzanares en "ABC" y la revista "Ejército de Tierra", 2

      

Benito Pérez Galdós, Wikipedia

     Galdós vivía en una casa poco lujosa del paseo de Areneros. No quería recibir visitas mientras trabajaba. No quería distracciones en sus estudios y en sus trabajos.

     A los pocos que recibía se encontraban con el filtro del escrupuloso servicio de la casa. La sala donde escribía tenía mucha luz y ventilación. Escribía mojando la pluma en el tintero, rodeado de libros, acompañado de antiguos diarios. Sobre un atril depositaba las hojas escritas, origen de sus futuros libros.

     A finales de febrero de 1903 tenía entre manos Los duendes de la camarilla, el tercero de los Episodios de la cuarta serie, cuando el cura Merino atenta contra Isabel II, en los primeros años de la década de 1850. A este libro seguiría La revolución de Julio, que recrearía los sucesos de 1854, con la sublevación militar del Campo de Guardias, el manifiesto de Manzanares y el origen de la Unión Liberal, que daría lugar a O’Donnell, libro sobre el largo gobierno del militar.[1]

     Galdós relataba el convulso siglo XIX con la mala herencia del reinado de Fernando VII. Siglo de pronunciamientos, siglo de golpes de Estado, que un día propugnaba libertades que, pasado un tiempo, luego restringía.


     En agosto de 1931, Federico Santander rectificaba su artículo Lo que quiere España, en el que se atribuía la represión de 1854 al duque de Frías en vez de al duque de Rivas, de mandato efímero: el de las cuarenta horas. Santander aclaraba entonces así:

     1854. 28 de junio-28 de julio: la revista del campo de Guardias, la “Vicalvarada”, Cánovas y su manifiesto de Manzanares, el motín de Madrid a la salida de los toros, Gándara defendiendo la casa de Salamanca, el torero Pucheta, la Junta salvadora del banquero sevillano y el general San Miguel, la confesión de las “deplorables equivocaciones” del manifiesto redactado por Pareja y corregido por Baralt, los coches enganchados para la partida de la reina, el abrazo de Espartero y O'Donnell… Allí estuvo a punto de extinguirse el reinado de Isabel II.[2]


     El 5 de febrero de 1933, Antonio Royo Villanova explicaba Por qué estoy en la derecha con las siguientes palabras:

     La revolución que ha traído a España la República ha producido en el mundo político un verdadero terremoto, y como la tierra que hollaban mis plantas liberales se ha corrido violentamente a la izquierda, yo, sin moverme, resulto colocado a la derecha… El caso mío se ha repetido muchas veces en la historia política de España, y no con nombres modestos y oscuros como yo, sino con grandes parlamentarios y con insignes gobernantes. Don Antonio Cánovas era un revolucionario en 1854; escribió el manifiesto de Manzanares, y formó parte de las Cortes Constituyentes que votaron aquella ley desamortizadora, revolucionaria y anticlerical de primero de mayo de 1855, que costó tanto sancionar a doña Isabel II. Y D. Antonio Cánovas, liberal en 1854, resultó conservador en 1875.[3]

Leopoldo O'Donnell. Wikipedia.


     El 8 de octubre de 1946, Luis Araujo-Costa escribía sobre Modelos de París y de atracción española sobre aquello que viniera de fuera, especialmente si era francés y, más concretamente, de París. Entre los ejemplos que cita, destacamos el siguiente, que no rompe la cadena de lo que estamos citando:

     Modelos de París, como tantos otros, fueron Los diamantes de la Corona. Los de Barbieri son de 1854, el año del Manifiesto de Manzanares. Los de Aubert. De 1841. El libro es de Scribe y Saint Georges. Pocos conocerán la partitura del compositor francés.[4]

     Cinco años más tarde, Luis Araujo reseñaba una biografía de Cánovas escrita por Melchor Fernández Almagro. Las palabras, laudatorias, no olvidaban la lara carrera del biografiado:

     La bibliografía de Cánovas es muy copiosa. Se comprende dado el papel que Cánovas ha desempeñado en la Historia de España, desde el “Manifiesto de Manzanares”, de 1854, hasta su muerte en Santa Agueda, vilmente asesinado, el domingo 8 de agosto de 1897.[5]

     Fernando Díaz-Plaja escribió el 6 de julio de 1954 un artículo bajo la sección, PERO… ¡DE ESO HACE UN SIGLO! En ella nos cuenta la Vicalvarada y el Manifiesto de Manzanares. Nos cuenta cómo el primero de julio, las tropas que había arengado O’Donnell a las tropas que estaban bajo el director general de Caballería, general Dulce, se enfrentan a las tropas leales de ministro de Guerra, general Blaser, quedando la partida en tablas, en un curioso statu quo en el que se legisla contra los rebeldes en Madrid, mientras estos acampan cerca de Aranjuez. O’Donnel ha lanzado un manifiesto desde Alcalá de Henares. Los días pasan y Díaz-Plaja lo cuenta así:

     Sobreviene un compás de espera. Las fuerzas de O'Donnell empezaron un curioso camino por los campos de España sin vencer ni ser vencidas. El Gobierno anunciaba, día a día, la deserción de sus tropas; don Leopoldo insistía en la desmoralización de Sartorius. Y esta situación, al parecer sin salida, se prolongó hasta que Cánovas del Castillo, entonces joven y algo extremo liberal, redactó, el 7 de julio, el Manifiesto de Manzanares.[6]

     Vamos a dar un salto en el tiempo. Cuando Pedro González-Trevijano era rector de la Universidad Rey Juan Carlos en 2008, años antes de ser magistrado y, luego, presidente del Tribunal Constitucional, escribió un artículo el 9 de julio de 2008 titulado El porqué del Manifiesto, con motivo de la presentación en el Ateneo de Madrid del Manifiesto por la Lengua Común. Dentro de la introducción, escribía las siguientes palabras:

     Los Manifiestos- cualquiera que sea la denominación- siguen pues bien presentes. Desde los más religiosos, como los Diez Mandamientos de Moisés del Monte Sinaí y las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña, hasta las proclamas revolucionarias del siglo XVIII: la Declaración de Independencia americana en 1776 o la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Sin olvidar el Manifiesto Comunista de 1848 o, entre nosotros, el Manifiesto de Manzanares de Cánovas del Castillo en 1854, el Manifiesto Andalucista de Córdoba de 1919 o el Manifiesto de los Intelectuales Españoles en Defensa de la II República en 1931.[7]

     Un año antes, Manuel Espadas Burgos, historiador nacido en Ciudad Real, había escrito el 25 de agosto un artículo titulado De nacionales a nacionalistas, en el que reflexionaba sobre la conciencia nacional española a pocos meses de los doscientos años de su consolidación a partir del levantamiento contra las tropas ocupantes francesas en 1808. En la decantación de esa conciencia nacional y la creación del decimonónico Estado español con el constitucionalismo de 1812 y su definición de nación española que se reflejó en todos los textos constitucionales españoles del XIX. Donde se refleja y se decanta lo que hoy tenemos asumido, que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. O la indisoluble unidad de la nación española.

     Esta decantación desde 1812 no obvia la realidad del debate centralismo-descentralización. Y aquí, pasamos a las palabras de Manuel Espadas para comprender cómo matiza:

     Atento a uno de esos problemas, el debate centralismo-descentralización, un Antonio Cánovas, todavía muy joven, en el llamado «Manifiesto de Manzanares» (1854) expresaba este propósito: «Queremos arrancar a los pueblos a la centralización que los devora, dándoles la independencia local necesaria para que conserven y aumenten sus intereses propios»[8]

    

Cánovas del Castillo. Wikipedia

     Como el siglo XIX fue el de los golpes militares protagonizados por los militares, hemos consultado la revista del Ejército de Tierra español y hemos visionado un artículo que hace referencia a la Vicalvarada y el Manifiesto de Manzanares.

     El teniente coronel de Artillería Eugenio Garcés Bonet escribe sobre la Vicalvarada en el número 846 de la revista, publicado en septiembre de 2011.

     Nos cuenta el sesgo moderado del alzamiento, con la intención de corregir la corrupción existente. No tuvo el impacto deseado, pero el gobierno no tenía fuerzas suficientes para sofocarlo. Según Garcés, los progresistas no tenían en sus filas un líder con carisma y ofrecieron esta oportunidad al general Espartero.

     Salta directamente al 7 de julio de 1854, cuando se publica un documento redactado por Antonio Cánovas del Castillo y firmado por el general O'Donnell, en el que se exigían importantes reformas, fundamentalmente una nueva Constitución, la reconstrucción de la milicia nacional y un nuevo marco legal capaz de garantizar las libertades[9]

     Como se sabe, durante un breve espacio de tiempo, el Cuartel General de los sublevados, y vencedores al final de esos turbulentos días, estuvo en la localidad de Manzanares, comandado por el general en jefe del Ejército constitucional, Leopoldo O'Donnell, conde de Lucena.

General Espartero. Wikimedia




[1] ABC, 26 de febrero de 1903, páginas 3-4.

[2] ABC, 7 de agosto de 1931, página 15

[3] ABC, 5 de febrero de 1933, página 23.

[4] ABC, 8 de octubre de 1946, página 9. Luis Araujo-Costa no recordaría que las revoluciones y golpes de estado están muy relacionados con las revoluciones de Francia. Y la de 1854, de inicio incierto, evocaba todos los intentos de avance democrático de los estados liberales europeos, con mejor empeño o no.

[5] ABC, 30 de marzo de 1951, página 3.

[6] ABC, 6 de julio de 1954, página 21.

[7] ABC, 9 de julio de 2008, página 3. Observe el lector que comparan el manifiesto de Manzanares con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, el Manifiesto Comunista y como versión laica de los diez mandamientos de Moisés.

[8] ABC, 25 de agosto de 2007, página 5-6. Obviamente, en la Restauración de 1875 pensará de forma distinta.

[9] Revista Ejército de tierra español, número 846, septiembre de 2011. Año LXXII. Páginas 107-111.



2 de julio de 2026 20:25, actualizando...

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