Cultura y sociedad

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Quién manda en el mundo, por Ortega y Gasset.

 

Alejandro y Apeles según Tiépolo. Wikipedia.

     

     Ortega y Gasset tenía una fijación intelectual con Cayo Julio César. Establecía una diferencia con su referente obvio del mundo grecorromano: Alejandro Magno. Don José contaba que los grecorromanos tenían una ceguera para visualizar el futuro porque vivían radicados en el pasado. En el modelo de sus mayores. Su vivir era en cierto modo revivir. 

     Por el contrario, los europeos habíamos girado hacia el futuro, hacia el después. Y vemos, veía, a los grecorromanos como anacrónicos o antiguos. La ecuación para juzgar a César se hacía inicialmente fijándose en el modelo de Alejandro como el macedonio se había fijado en Milciades. A esto añadimos aquí que en la Historia del Arte ha sucedido algo igual entre Alejandro y el pintor Apeles como modelo para Carlos de Gante, rey y emperador, y Tiziano.

     Pero César era lo contrario al conquistador macedónico. Son semejantes en la idea de un reino universal. César es el origen del Imperio que su sobrino forjará. César no siguió la conquista de Alejandro en el Oriente, eligió Occidente y buscó un Imperio romano que viviese de la periferia, de las provincias. Un imperio donde colaborasen los más distintos pueblos. Para Ortega esta actitud hacía olvidar la ciudad estado griega. Hoy sabemos que ya rompió con ella Alejandro Magno. Antiseri y Reale nos cuentan que cuando escribe Aristóteles sobre la organización de la ciudad, su discípulo se prepara para establecer las monarquías helenísticas que dominaran el mundo conocido hasta la llegada de los romanos.

      Los romanos crearon un gigantesco cuerpo social, nos dice Ortega, donde cada elemento era a la vez sujeto pasivo y activo del Estado. De ahí surgió nuestro estado moderno. César fue un genio futurista.


Julio César. Coustou. Wikipedia


     

     Colaboraron con él gente de provincias como el reconocido comerciante gaditano Lucio Cornelio Balbo. Un atlántico. El Estado nace cuando se convive con más personas que tu familia. Es decir, convivir con grupos separados. El Estado no es consanguinidad, ni unidad lingüística, ni territorial, ni contigüidad. Es un puro dinamismo manifestado en la voluntad de hacer algo en común, y por ello, la idea estatal no está limitada por término físico alguno.

     El Estado es en todo instante algo que viene de y va hacia. Tiene una unidad de convivencia fundada en cualquier atributo material, pero tiene que realizar otras acciones que hacen superar la unidad original, pero que si cesa de actuar, ese Estado tenderá a desaparecer, independientemente del origen de esa unidad inicial producida por razas, idiomas o fronteras.

      Ortega cree que lo que nuestros ojos ven al repasar la evolución de cualquier nación moderna como Francia, España o Alemania es que lo que en un momento dado parece constituir la nacionalidad, y en una fecha posterior aparece como negado. Primero, la nación parece la tribu, y la no-nación, la tribu de al lado. La nación comprende las dos tribus, que más tarde será una comarca, un condado o un reino. Es evidente la presencia de dos principios: uno variable y siempre superado- tribu, condado, ducado, reino con idioma-; y otro, permanente, que salta todos estos límites y postula como unidad lo que aquel consideraba como radical contraposición.

     Es crítico con la visión de filólogos e historiadores. Para explicarnos cómo se han formado Francia y España supone que Francia y España preexistían como unidades en el fondo de las almas francesas y españolas; porque no existían en realidad y porque se tenían que decantar o forjar en más de dos mil años de faena.

     Las naciones actuales son, para Ortega, la manifestación de un principio variable condenado a perpetua superación. No es la sangre ni el idioma, que es un efecto, y no su causa. Ese principio, para el filósofo, es la “frontera natural”, término utilizado por diplomáticos pero que no debe ser usado por historiadores[1].

     Ortega impresionaba entre sus contemporáneos. Gerardo Diego cuenta la anécdota de cuando fueron presentados el filósofo José Ortega y Gasset y el torero Ignacio Sánchez Mejías. Junto a ellos, José María de Cossío. Rafael Alberti, Federico García Lorca, Manuel Altolaguirre y Diego como narrador. Comenzaron a hablar de toros y se quedaron pasmados, más aún Sánchez Mejías, cuando José Ortega y Gasset relató sus recuerdos y teorías. Les habló de Lagartijo y para explicar su toreo, se levantó y concitó la atención también de camareros y resto de comensales, agarró la servilleta grande que disponían antes de la guerra, y dibujó imaginarios pases taurinos, colocándose después la servilleta al hombro de forma mayestática[2].

     No conocían o no sabían de la afición taurina de su padre, José Ortega Munilla, que había diseminado en su familia.

     En 1935 redactó Historia como sistema en la que nos cuenta que la vida no puede comprenderse fuera de su contexto histórico. Recordando su famosa frase, el hombre es inseparable de sus circunstancias. Y siguiendo las pautas del artículo citado de 1930, el hombre es una realidad en constante construcción, moldeada por las decisiones y situaciones que cada uno se encuentra. El hombre se hace a sí mismo en el transcurso del tiempo. Va siendo. La historia es el propio medio de ser del hombre. Y propone/postula la razón histórica: el conocimiento y los valores son fruto de la vida y la experiencia concreta de los pueblos a lo largo del tiempo. Cada época posee su propia perspectiva y comprender el pasado hace entender el modo vital que lo originó. Crea así una filosofía de la historia.

Ortega y Gasset hacia 1950. Wikipedia




[1] El Sol, 13-07-1930.

[2] Conferencia inédita, 1957. Obras Completas de Gerardo Diego, Tomo V. Alfaguara. Madrid. 1997. Consultado 27-4-24 Archivo Museo Sánchez Mejías.




13-03-26 23:23 Actualizado 14-03-26 15:45

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